La extracción de áridos y la degradación del litoral

La extracción de áridos del litoral almeriense aún constituye una amenaza para estos delidados ecosistemas. © JJMG.La artificialidad del cultivo bajo plástico implica, en la mayoría de los casos, la construcción de un suelo específico, constituido por arcilla, estiércol y arena. Esta situación ha provocado, durante las ultimas décadas, el nacimiento de un nuevo y lucrativo sector: el aprovechamiento de áridos. Las proporciones de este tipo de actividad son enormes; como ejemplo ilustrativo valga el de la “Cañada de las Norias” (El Ejido) donde, desde 1980, se han extraído aproximadamente 15 millones de metros cúbicos de arcilla y que son visibles en fotografías realizadas desde satélites artificiales, dando lugar casualmente a la creación de un aguazal de singulares características, que no deja de ser la excepción que confirma la regla.El impacto ambiental que produce este tipo de explotaciones es tremendo; el daño sufrido en las playas, dunas y ecosistemas de litoral almeriense es algo evidente, sobre todo para aquellos que las visitamos hace no más de veinte años.

Si algo caracteriza a este tipo de actividades es su falta de control y aparente impunidad. En un gran porcentaje carecen de licencia de Minas, autorización municipal, informe de impacto ambiental, etc. que, como explotaciones a cielo abierto, tienen la obligación de poseer. Asimismo, los planes de restauración, que deben realizarse antes de dar por clausurada la explotación, suelen brillar por su ausencia o cuando se realizan, no parecerse, ni en la forma, ni en el contenido a lo propuesto en los expedientes. Esta actividad, que llega incluso a realizarse dentro de los límites de áreas correspondientes a la RENPA, presenta actualmente otras alternativas, como los denominados “cultivos hidropónicos”, conocidos popularmente como lana de roca. Paradójicamente, estos últimos plantean un nuevo problema como es su eliminación como residuos una vez finalizada su vida útil. Ante lo expuesto, parece evidente que es necesario establecer y desarrollar una normativa más restrictiva o, simplemente, aplicar de forma rigurosa la ya existente. 

La agricultura almeriense del siglo XXI. 

Pese a que tarde o temprano regar el desierto almeriense dejará de constituir el principal y más acuciante problema, la agricultura provincial del siglo XXI tendrá que enfrentarse a diferentes cuestiones que no están exentas de complejidad y que pueden predecirse con cierto rigor. 

Del “siglo minero” (XIX), se ha pasado al que se podría denominarse como el “siglo del invernadero” (XX) y repetir la historia es fácil, sobre todo cuando no se analizan los errores cometidos anteriormente, como la mala gestión de los recursos naturales, la perdida de una visión a medio y largo plazo del mercado en pro de un beneficio inmediato o la focalización de la economía provincial en un solo sector.

Durante las últimas décadas se ha concentrado la actividad productiva de amplias comarcas en la agricultura intensiva bajo plástico. Este hecho es, desde el punto de vista económico, un craso error que puede ocasionar lamentables consecuencias frente a plausibles cambios en los mercados nacionales e internacionales. Un claro ejemplo es la realidad actual del “Poniente Almeriense”. En esta Comarca todo gira en torno al invernadero, apareciendo sobredimensionados, tanto el sector agrícola, como el de transportes. Sin embargo, apenas existe un mínimo desarrollo del sector secundario, que contrasta con el potencial económico que ofrecería la transformación de los propios productos en la zona. 

La idea de que el crecimiento exponencial y sin pausa de la agricultura extratemprana conduce directamente a un enriquecimiento económico progresivo e ilimitado es un error. La saturación de los mercados europeos, la propia competencia con otros miembros de la U.E. y la apertura paulatina de ésta a los países del Magreb o al mercado turco constituyen ya una realidad que va a ir consolidándose a lo largo del siglo XXI. Esta situación está produciendo un abaratamiento en los precios de origen, que conlleva a una escalada progresiva del volumen productivo para contrarrestar el déficit; es la “pescadilla que se muerde la cola”. Así mismo, hay un importante impacto de la dispersión de la oferta en la pérdida de productividad anunciada. Para romper este círculo es necesario, por un lado, consolidar los actuales mercados de exportación, aumentando principalmente la calidad de los productos y anticipándose a las demandas de los países importadores, especialmente los de la U. E., donde las hortalizas procedentes de la “agricultura ecológica” van teniendo cada vez una mayor aceptación; por otro lado, se deben ir abriendo y consolidado nuevos mercados en Europa Oriental y América. Otra estrategia podría ser la de establecer un clima de colaboración e intercambio entre el Gobierno Andaluz y los países del Magreb, especialmente con el Reino de Marruecos. Quizá el futuro no esté en seguir inundando de invernaderos el litoral almeriense, sino en aplicar esta tecnología en aquellos países en vías de desarrollo, llegando a acuerdos económicos que favorezcan a ambas partes. 

En cualquier caso, parece evidente la necesidad de plantear una política territorial seria, responsable, solidaria, restrictiva y construida sobre argumentos científicos y socioeconómicos, si no se quiere perder a “la gallina de los huevos de oro” que, en este caso, viene avalada por más de 150.000 millones de pesetas en beneficios anuales. De nada sirve rasgarse las vestiduras cuando expertos de otros países advierten del peligro que corre la actual bonanza económica derivada de los invernaderos, el "boom" de la construcción y del turismo fácil y barato, mientras que, por el contrario, se actúa con total indiferencia cuando este tipo de declaraciones son realizadas por alguno de nuestros excelentes investigadores y analistas provinciales. 

Por último, o en primer lugar, se encuentra el entramado social que se ha formado en torno a esta reciente “industria agrícola”, que no tiene puntos de referencia dentro del ámbito estatal. Durante el último cuarto del siglo XX se ha asistido a un auténtico proceso de colonización. Estos nuevos habitantes del desierto, llegados de diversos puntos de la geografía, se embarcaron en una arriesgada singladura en la que, pese al naufragio de algunos, con gran esfuerzo y trabajo comenzaron a crearse importantes fortunas personales, inimaginables en otros sistemas agrícolas tradicionales. Tan sólo 10.000 o 20.000 m5 de cultivo bajo plástico generan unos beneficios brutos que superan los 10 millones de pesetas anuales. Estos beneficios convirtieron a los primeros agricultores en solventes empresarios, que fueron transfiriendo el rudo trabajo dentro del invernadero a jornaleros, mientras que ellos se dedicaban a diferentes labores de gestión. La demanda cada vez mayor de mano de obra, incapaz de cubrirse con la oferta local, produjo un importante fenómeno de inmigración entre los que destacan los trabajadores llegados desde el Magreb y del África Subsahariana.

La inmigración constituye actualmente uno de los principales problemas de índole social. © JJMG.Sin embargo, pese a los miles de millones de pesetas que este sector genera dentro de la economía almeriense existen importantes desajustes socioculturales, que se traducen principalmente en un fuerte desarraigo de la población con respecto a los núcleos que habitan.

La mayor parte de estos pueblos y ciudades son usados como dormitorios, careciendo de las infraestructuras y espacios de uso público más elementales, capaces de hacer más confortable y placentera la estancia de sus habitantes dentro de este mar plástico y que contribuyan positivamente al arraigo progresivo de los mismos. Asimismo, un notable porcentaje de los inmigrantes africanos viven en condiciones deplorables, constituyendo el hacinamiento y la falta de condiciones higiénico sanitarias aceptables en sus viviendas un mal compartido por muchos. Sin lugar a dudas queda un importantísimo trabajo social por realizar en estas comarcas, siendo prioritario el acabar con las situaciones de marginalidad antes descritas. No menos importantes son los esfuerzos que han de realizarse en el plano cultural, ofertando a todos y, en especial a los inmigrantes, las herramientas para su integración social y manteniendo un escrupuloso respeto de su propia idiosincrasia. De esta forma seguro que nadie pronunciará la palabra xenofobia, que tan nerviosos pone a algunos representantes sociales de la provincia. Por último, cabe esperar que a lo largo de los próximos años se vaya identificando el concepto de calidad de vida no sólo como la capacidad de consumir más y mejor, sino como la realidad de sentirse cómodos y felices dentro de la parcela de este mundo en el que nos a tocado vivir.