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El plástico: alternativas para gestión de sus residuos. La estructura molecular del plástico lo convierte en un elemento altamente resistente al paso del tiempo y a su degradación natural, características que se potencian en los desarrollados específicamente para uso agrícola, aportándoles componentes que aumenten su durabilidad y resistencia. La exposición de grandes superficies de este material a la insolación y a distintos agentes meteorológicos hacen que tengan que ser sustituidos periódicamente. El volumen de residuos plásticos que genera la agricultura almeriense es difícil de cuantificar, aunque puede ser indicativo el hecho de que tan solo en el término municipal de El Ejido se hayan conseguido recoger anualmente más de 8 millones de kilos de este tipo de deshechos. Esta situación plantea una problemática ambiental sin parangón en el resto de Europa, precisando de actuaciones tan novedosas como urgentes.
Una de ellas ha sido la puesta en marcha de plantas de reciclado de plástico, en las que se aprovecha la parte más selecta del material usado para su reutilización. Esta medida, aunque acertada, afecta actualmente a menos de un 30% de los residuos plásticos generados, por lo que es insuficiente para la resolución global del problema. Sería recomendable desarrollar una política específica no sólo de apoyo gubernamental frente al mercado deficitario que caracteriza actualmente a estas industrias, tanto públicas, como privadas, sino encaminado a potenciar y desarrollar la creación de diferentes utensilios para su utilización en el propio sector agrícola donde se generaron, como vigas para la estructura y construcción de invernaderos, contenedores, cajas para el transporte de productos, mobiliario urbano, etc. Actualmente existen algunas empresas pioneras en esta línea de actuaciones, que podrían ser apoyadas por las distintas administraciones implicadas. Otra de las medidas planteadas es la incineración controlada de los residuos plásticos en altos hornos, como los de la central térmica de Carboneras o la cementera de Gádor, sustituyendo puntualmente a los combustibles fósiles de uso habitual en los mismos. Aun constituyendo un método efectivo y rápido, solo sigue siendo aplicable a un porcentaje muy selecto del residuo limpio y pretratado. Por lo tanto, continua faltando la solución para el residuo marginal de rechazo, que puede cifrarse en el 50% del total. Además de la emisión de dióxido de carbono, durante la combustión del plástico se liberan diferentes gases, entre los cuales destacan como especialmente nocivos los que se generan a partir de las combinaciones de algunos elementos químicos como el cloro. En este sentido, se podrían aplicar medidas profilácticas, como exigir a los fabricantes de plásticos para invernadero la eliminación de estos elementos y su sustitución por otros más inocuos en la manufacturación del mismo, así como su participación económica en los gastos generados durante el proceso de eliminación de los residuos, tal y como se viene realizando en otros países de la Unión Europea. Existen otros residuos plásticos menos considerados pero mucho más nocivos, porque ni siquiera se prevé una solución teórica, como es el caso de las muchas toneladas de rafias y los envases, con el componente adicional de la toxicidad derivada de su lavado. Además hay algunos tipos de plástico y de resinas sintéticas que no son susceptibles de reciclado, como el PVC, la EVA, y otros similares. La contaminación biológica: venenos y residuos vegetales. Jean Dorst, en su libro “Antes que la naturaleza muera”, afirma: “Nadie osará ingerir cantidades diez o cien veces superiores a las prescritas por el médico para que el remedio actúe diez o cien veces más rápido; esto es, sin embargo, lo que el hombre ha hecho con los plaguicidas”. De esta forma tan gráfica y contundente este mismo argumento puede aplicarse en la actualidad a ciertas comarcas de la Almería de finales del siglo XX. Los biocidas se han convertido en un mal necesario que acompaña a la agricultura, además de constituir uno de los sectores más prósperos de la industria química. Sin embargo, ningún cronista medianamente serio debe obviar el hecho de que constituyen uno de los factores de riesgo más importantes, tanto para la salud pública, como para el medio ambiente. El cultivo bajo plástico consume más del 20% de los productos fitosanitarios en España, sin contar aquellos derivados de la venta ilegal y que pueden ser altamente perjudiciales al carecer los controles reglamentarios. La nocividad de estos elementos radica principalmente en su mal uso y abuso, aunque también depende de su propia estructura química. Los actuales organoclorados que se utilizan de forma habitual en la agricultura, constituyen un grupo de biocidas cuya estructura molecular es similar a la del famoso DDT, prohibido desde hace décadas aunque todavía presente en la mayoría de los seres vivos del planeta. Al igual que éste, se trata de potentes y eficaces venenos capaces de producir cuadros de intoxicación crónica por la acumulación de sus compuestos en nuestro organismo; entre las patologías más frecuentes destacan afecciones del sistema nervioso central, lesiones degenerativas de diversos órganos, especialmente del riñón e hígado, y desarrollo de tumoraciones malignas, como se ha demostrado en estudios realizados sobre animales de laboratorio. Asimismo, poseen un marcado carácter mutagénico. En este sentido destaca el trabajo de García Lirola y Motos Guirao (1991) según los cuales “en la actualidad se dispone de bases científicas como para poder afirmar que un gran número de insecticidas son capaces de producir alteraciones genéticas en el hombre, pudiendo transmitirse a su descendencia en forma de enfermedades y malformaciones, tanto por contacto directo, como por acumulación de estos residuos en el suelo, en los vegetales y en el propio tejido animal”. Los que tienen una mayor probabilidad de afectación por este tipo de patologías son aquellas personas que están en contacto directo con estos venenos, quedando por analizar cual es el factor de riesgo real sobre las poblaciones aledañas y sobre los propios consumidores de los productos. Aún es común en los invernaderos almerienses, preparar las mezclas, fumigar o “curar” sin ningún tipo de protección, como guantes, gafas, gorro, mascarilla y botas, que constituyen utensilios imprescindibles a la hora de efectuar este tipo de operaciones y que garantizarían una menor incidencia de las intoxicaciones que anualmente se producen. Aunque existen algunos estudios que coinciden en la necesidad de realizar un seguimiento exhaustivo, tanto médico como medioambiental, así como seminarios anuales de expertos que expongan en común sus trabajos al respecto, la realidad es que no se efectúan sistemáticamente muestreos y estudios epidemiológicos completos y serios, indispensables para evaluar correctamente el alcance y proporción de este problema. Asimismo, el uso incontrolado de los organoclorados puede causar importantes pérdidas en las propias cosechas, la aparición de formas resistentes al producto, la destrucción de especies predadoras y la consiguiente aparición de nuevas plagas que escapan al control de las mismas y alteraciones irreversibles en los ecosistemas donde son utilizados, incluyendo a las aguas subterráneas.
Los residuos de vegetales tratados con estos productos pueden llegar a presentar una elevada toxicidad y los mismos riesgos potenciales para la salud y el medio ambiente. A modo de ejemplo, puede señalarse que tan solo en el Poniente Almeriense se generan más de 450.000 toneladas anuales de residuos vegetales, lo que equivale a la basura producida por un núcleo de población que contase con 1.200.000 habitantes. Algunas prácticas, como la alimentación del ganado con broza de los invernaderos, según algunos puntos de vista, contribuye a eliminar parte del acúmulo de este tipo de recursos; habría que determinar el volumen de la cabaña, el consumo diario por animal y cuantificar la medida en que generan una “solución definitiva” de parte del problema.
Un problema estacional, pero no por ello menos importante, es la acumulación que se produce en ocasiones de grandes contingentes de residuos de frutos, bien por su desnormalización o por cuestiones ligadas a los precios de mercado que provocan su abandono, teniendo especial incidencia en la aparición de plagas de moscas, así como en los lixiviados que generan dado su alto contenido en agua. Cabe destacar, que durante los últimos años los residuos procedentes de sustratos inertes, tipo perlita y lana de roca, cada día tienen un mayor protagonismo y precisan de un control adecuado. Ante esta situación, cabe destacar el esfuerzo realizado por las distintas Administraciones implicadas por controlar y regular el ingente volumen de materiales de deshecho que derivan de esta actividad. Al igual que en el tema del plástico, se están tomando medidas paliativas y se mantienen líneas de estudio encaminadas a la resolución efectiva de esta problemática. La creación de un vertedero mancomunado en la Cañada de Onáyar, inaugurado en 1996 es uno de los logros más recientes en esta línea de actuaciones, aunque contrasta con la caótica gestión que se ha realizando desde el consorcio creado a tal fin y que va a provocar la clausura prematura del mismo. Asimismo, resulta sorprendente que la Junta de Andalucía no tuviera en cuenta la existencia tan evidente de este tipo de residuos a la hora de redactar la Ley de Protección Ambiental, de la que quedan expresamente marginados, y que regula los tratamientos y procesos de eliminación y depósito de los residuos tóxicos y peligrosos en el ámbito autonómico. En cualquier caso, parecería prudente presentar las oportunas modificaciones a la actual Ley, adaptándola a esta tangible realidad. La concentración en este punto de miles de toneladas de residuos vegetales no tratados está aliviando, de momento, a esta Comarca de la existencia de vertederos incontrolados que han sido mayoritariamente clausurados. Las medidas de seguridad aplicadas en el vertedero, como el sellado inicial del mismo, no eximen de la responsabilidad de un seguimiento posterior a su clausura. Las sustancias acuosas producto del lixiviado de estos residuos constituirían una amenaza biológica de primera magnitud en el hipotético caso de una filtración al exterior. Aunque parece improbable que esto ocurra, resulta alarmante la intención por parte de la empresa ACUSUR, dependiente del Ministerio de Medio Ambiente, de llevar a cabo en esta zona diferentes obras dentro del programa denominado “Defensa y Recarga de Acuíferos en el Poniente Almeriense: Sistema General de Evacuación de Pluviales en El Ejido” y que con otro nombre ya se intentó poner en marcha por el anterior Gobierno de la Nación, a través de la Secretaría de Estado para el Medio Ambiente.
En cualquier caso, el futuro para la eliminación de este tipo de residuos no puede continuar bajo la dinámica de ir llenando y tapando boquetes más o menos acondicionados. La magnitud del problema merece un tratamiento específico a medio plazo, mucho más oneroso, más serio, pero también mucho más seguro, como es el que ofrecerían plantas específicas para el tratamiento de residuos vegetales que, tras su tratamiento, podrían convertirse finalmente en abono orgánico y, sus lixiviados, en agua para riego. Por último, no se puede obviar en el contexto de la agricultura el impacto ambiental que supone la rotura del entorno natural con la preparación de infraestructuras para los invernaderos, tanto en lo referente a las propias explanaciones, como a todas las labores de “obras públicas” y su impacto sobre las ramblas naturales. |