El hombre es probablemente el principal factor en la evolución de los ecosistemas mediterráneos. La destrucción del tapiz vegetal en las zonas áridas implica la eliminación de las condiciones edáficas e hídricas que otrora permitieron la existencia del bosque. La roturación de grandes extensiones de terreno que se han llevado a cabo durante los últimos 500 años constituye la causa fundamental de desertización en la Sierra de Filabres, a lo que también han contribuido los aprovechamientos mineros y los devastadores incendios forestales de la última década. Pero este macizo no es tan solo un abanico de ricos hábitats. Desde la prehistoria la influencia humana constante ha convertido a esta serranía en un lugar de encuentro entre paisaje y paisanaje, donde se entremezclan pinturas rupestres, castillos y calles morunas o la alta tecnología del Centro Astronómico de Calar Alto. 

La destrucción del bosque

La presencia de bosques compuestos por encinas, quejigos, alcornoques y pinos en la Sierra de Filabres es un hecho que se puede constatar fácilmente, tanto por la existencia de documentos históricos que así lo ratifican, como por la subsistencia de pies centenarios y antiguos rodales de éstas y otras especies. Sin embargo, el panorama actual está marcado por procesos de erosión grave y denudación del suelo que están siendo combatidos, desde hace medio siglo, a través de ingentes campañas de reforestación. 

Los bosques de encina han quedado reducidos a pequeños rodales. © JJMG.Inicialmente cabría pensar que este cambio substancial en la cobertura vegetal podría deberse a un aumento de la aridez climática, caracterizada por un descenso de las precipitaciones y que habría limitado el desarrollo de la foresta inicial.

Sin embargo, no existen indicios razonables que apoyen este hipotético cambio climático. De hecho se puede afirmar que durante los últimos milenios no han existido transformaciones significativas del clima dentro del Sudeste peninsular y menos con capacidad suficiente como para alterar radicalmente el tapiz vegetal. De lo anteriormente expuesto puede inferirse que el hombre ha sido el principal agente responsable de esta transmutación. Los bosques del Mediterráneo árido constituyen ecosistemas tremendamente frágiles, cuya capacidad de crecimiento y regeneración es muy inferior en comparación con los de la España húmeda. El aprovechamiento secular de sus recursos ha provocado la degradación y/o destrucción de la mayor parte de estos. 

La colonización árabe de esta comarca, que hasta entonces permaneció prácticamente despoblada, se caracterizó por el desarrollo de sofisticadas técnicas de regadío y sistemas de aterrazamiento dentro del contexto de una agricultura intensiva de bajo impacto, casi de subsistencia, teniendo los cultivos de secano y los aprovechamientos ganaderos una importancia secundaria. Tras la expulsión de los moriscos, a finales del siglo XVI se incrementaron notablemente las roturaciones de terreno, contribuyendo a la destrucción de las masas forestales. Se asistió entonces al nacimiento de una agricultura extensiva que perseguía el auto-abastecimiento y la producción de excedentes de cereales, hasta entonces mayoritariamente importados, al repartimiento de las tierras de labor entre los colonos cristianos y a un crecimiento sin precedentes de la cabaña ganadera. Así, desde este momento hasta mediados del siglo XVIII, la superficie cultivada en la Sierra de Filabres se incrementó en un 118 %, mientas que la población almeriense lo hizo en un 500 %, generándose una escalada progresiva en el aprovechamiento de los recursos forestales con fines domésticos y comerciales, contribuyendo a la asolación del territorio. 

Las repoblaciones de pináceas intentan frenar la erosión. © JJMG.El siglo XIX se caracterizó también por el crecimiento de la población que se duplicó durante esta centuria y por el gran porcentaje de habitantes residentes en el interior de la provincia. A los aprovechamientos forestales ya mencionados hay que añadirles la recolección masiva de esparto con destino a factorías de celulosa en Inglaterra, que devastó aún más la maltrecha piel de los montes almerienses.

El aumento de las zonas de cultivo de cereal y vid en Los Filabres, influenciada por la privatización de las áreas comunales, continuó su expansión hasta alcanzar las cumbres serranas, esquilmando los últimos restos del bosque autóctono. El florecimiento de la minería del hierro, consumió grandes cantidades de madera en sus hornos de fundición, concentrándose en algunos yacimientos de Serón y Bacares, explotados ya por los árabes y clausurados en 1968. 

En el “Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico” (1845-50) de Pascual Madoz se encuentran diversas referencias a dicho período: “... esta jurisdicción (Bayarque) contaba, antes de la guerra de la Independencia más de 200.000 encinas, con cuyo fruto se alimentaban de 4 a 5.000 cabezas de ganado lanar y cabrío y 160 cerdos; pero en el día no llegan a 1.000 las primeras, por haber sido destruido el arbolado; tanto por la falta de este como por lo desnuda que se halla la sierra de Filabres que contenía en la misma época sobre 25 millones de árboles”... . “La sierra de Filabres estuvo antes muy poblada de carrascas y pinos maderables, principalmente en la jurisdicción de Laroya y Macael, pero ha decaído notablemente la plantación por haberse roturado casi en su mayor parte...”. Para finalizar, merece la pena citar una frase del libro de Martínez Oña, titulado Mis rutas por los Filabres (1975): “Son sugerencias íntimas, que la imaginación dibuja para tanta gente sufrida, nómada y emigrante, por falta de una explotación racional de los recursos de esta sierra matriz de Almería”

Entre incendios forestales y canteras de mármol.

Uno de los factores que influyen más directamente en los procesos de desertización son los incendios forestales. La quema zonas arboladas, matorrales o pastizales en zonas áridas es aún más trágica. La escasez de precipitaciones retarda la regeneración de la cubierta vegetal y favorece la denudación del suelo que queda a expensas de los agentes erosivos. Los incendios en Filabres son, desgraciadamente, noticia frecuente durante el estío almeriense. Entre estos destaca el “incendio de Líjar” que en 1994 calcinó más 8.500 hectáreas, lo que supone un 10% de la superficie serrana. Tras el análisis estadístico puede inferirse que tan solo el 5 % de estos incendios se deben a causas naturales o fortuitas, el 15 % se producen por negligencias, más del 35 % son intencionados y del 40 % restante se desconocen sus causas concretas, aunque se les supone un origen antrópico.  Algunos ecólogos afirman que más del 90 % de los incendios forestales se desarrollan en zonas previamente reforestadas.

Quizá algunas alternativas para la solución a este problema podrían pasar por la recuperación en lo posible del antiguo paisaje vegetal mediterráneo con la presencia de comunidades mucho más complejas que las que ofrecen las tradicionales reforestaciones. En las repoblaciones con pinos los pies deberían permanecer prudencialmente distanciados entre sí tal y como marcan los cánones de su desarrollo en medios naturales, precisando de tratamientos selvícolas correctores. En los “clareos” del monte sería necesario actuar con suma prudencia mediante podas selectivas que respeten la existencia de otras especies menos resinosas y más ignífugas, como son los matorrales mediterráneos. 

El aprovechamiento agrícola hizo desaparecer prácticamente los bosques preexistentes. © JJMG.Esta situación garantizaría una menor incidencia de los procesos erosivos y aumentaría la humedad del suelo mediante la creación de mayores superficies de sombra capaces de contrarrestar la evaporación masiva que se produce en estas latitudes. Este tipo de vegetación aumenta potencialmente la biodiversidad del hábitat y se regenera más rápidamente en caso de incendio.

Otro de los actuales problemas de Los Filabres es la sobreexplotación ganadera, situación que paradójicamente es subvencionada por la propia administración. Como auténticas segadoras, el hambriento y voraz ganado aprovecha cualquier brote vegetal en estos áridos parajes, provocando una progresiva denudación del suelo que, incapaz de regenerarse cuando la presión supera sus ciclos biológicos, queda a expensas de los implacables procesos erosivos. Similares resultados causan la recolección de plantas aromáticas, frecuente en los secarrales almerienses; durante los últimos días de la primavera, varios miles de toneladas de tomillares son arrancados del suelo, práctica regulada recientemente por legislación ambiental andaluza. 

Canteras de mármol. © JJMG.La extracción de mármol se ha convertido en la segunda fuente de ingresos del sector primario almeriense, tras el cultivo bajo plástico. Además de ser una de las principales bases de la economía provincial, lleva aparejada la creación de numerosos puestos de trabajo en la comarca y contribuye positivamente al desarrollo sociocultural y económico de diversos pueblos que, de otra forma, estarían abocados al éxodo de sus habitantes y a un progresivo envejecimiento de la población.

Sin embargo, no podemos obviar el alto coste medioambiental que produce este tipo de canteras a cielo abierto, cuyas cicatrices sobre el terreno se observan claramente incluso desde las fotografías que envían los satélites espaciales. La realización de planes de restauración adecuados y eficaces que no solo sirvan para cubrir el expediente, así como un estudio con detalle sobre la viabilidad económica y técnica de extracciones soterradas que producirían un menor impacto ambiental, debe tener un carácter prioritario si se pretende conjugar ordenadamente el aprovechamiento de los recursos naturales con la conservación del medio ambiente.