Los bosques de Sierra Nevada. 

Al descender en altitud son cada vez más frecuentes las formaciones arbóreas y arbustivas que, aunque degradadas y sustituidas por pinares de repoblación, aún conservan parte de su antiguo esplendor. A lo largo de los últimos 500 años, Sierra Nevada ha sufrido importantes procesos de deforestación que, en algunos casos, han supuesto la pérdida definitiva de los bosques preexistentes.

Los pinares de repoblación cubren buena parte del complejo. © FJAD.En la década de los treinta del siglo XX se iniciaron intensos trabajos de repoblación que aún continúan en algunas áreas, desde las zonas basales de la sierra, hasta los 2.200 m, ocupando una extensión aproximada de 20.000 hectáreas en el sector almeriense.

El resultado actual es, en amplias zonas, un paisaje monótono donde los “cultivos” de pinos tapizan de verde gran parte del complejo serrano, llegando hasta la base de los escarpados roquedales de sus cumbres. Estas reforestaciones monogenéricas contribuyen a la aparición de diferentes plagas, como la procesionaria y algunos perforadoradores de la madera, como el gorgojo pequeño del pino y los hilesinos de los pinos, que causan auténticos estragos en la masa forestal. Entre los distintos “pinares artificiales” que jalonan la serranía destacan el pino carrasco y el piñonero, situados en la base de la montaña sin llegar a superar los 1.000 m de altitud, mientras que el pino salgareño, el marítimo, el silvestre y el negro se han llegado a plantar en cotas superiores a los 2.000 m.

Los encinares ocuparon gran parte de las laderas y partes basales de la sierra. © FJAD.La vegetación potencial del bosque de Sierra Nevada estuvo presidida por la encina en combinación con otros árboles y arbustos, según la altitud y el tipo de sustrato.

Como testimonio de estos espléndidos encinares existen en la actualidad multitud de pequeños rodales, testigos vivos de un pasado reciente; pero no solo aparece en encinar de forma puntual, sino que no ocasiones llega a ocupar extensiones considerables como en algunas zonas de Montenegro, Bayárcal, Paterna del Río y Abrucena, aunque probablemente sea en la primera localidad donde se encuentra mejor conservado.

Entre los 1.400 y los 2.000 m, en el denominado piso supramediterráneo, la vegetación climácica que acompaña al encinar depende principalmente del estrato sobre el que crece.

Así sobre los suelos calizos se sitúan bosquetes de quejigos, servales, arces, mostajos y tejos que aparecen entremezclados con algunos arbustos como el majuelo o el endrino bético, aunque es el agracejo la especie más representativa, mientras que el eleboro sería la bioindicadora dentro del estrato herbáceo. Las series de degradación de las anteriores están formadas por retamares compuestos principalmente por hiniestas y retamas negras, espinares de lastonar y piornales donde dominan el rascaculos y el piorno azul.

Potenciados por el hombre, es frecuente la presencia de enormes y centenarios castaños. © JJMG.Las precipitaciones que se registran en esta franja altitudinal son lo suficientemente abundantes, como para mantener bosques de hoja caduca. Así, en suelos silíceos especialmente húmedos aún persisten formaciones de roble melojo, fresno, acebo, cerezo silvestre y castaño entre otras. Este último árbol, al igual que el nogal, ha sido favorecido desde muy antiguo por el hombre que ha aprovechado, tanto su madera, como sus frutos que maduran desde octubre hasta noviembre, mientras que florece entre abril y mayo. En el sector almeriense de Sierra Nevada existen ejemplares centenarios de este árbol, que puede llegar a alcanzar los 30 m de altura y vivir hasta 1.500 años. En este tipo de suelos ácidos los matorrales de degradación aparecen compuestos por rascaviejas, retamas negras, enebros y genistas y, en las últimas etapas, por jarales y piornales, entre los que destaca el piorno de escoba.

En algunos puntos húmedos de la sierra aún se conservan rodales de acebos. ©JJMG.La parte más baja del bosque que se sitúa entre los 800 y 1.400 m, constituyendo el piso mesomediterráneo, continúa estando dominada por el encinar. Sobre los suelos más básicos, donde afloran los materiales calizos, la vegetación clímax que acompañaría a la encina estaría formada por espárragos, madreselvas y majuelos, entre otros. Sin embargo, la vegetación actual que la acompaña aparece constituida por formaciones arbustivas y herbáceas, entre las que destacan distintas retamas y arbustos espinosos como el agracejo, así como tomillares y otras plantas aromáticas como la salvia, además de diversos tipos de gramíneas. Por debajo de estas cotas, el bosque va haciéndose más denso dando lugar a otra formación característica: “el maquis”. El encinar se entremezcla entonces entre coscojas, acebuches, lentiscos, hiniestas, espinos negros y algunas variedades de orquídeas.

En zonas donde el suelo es escaso aparecen otras especies como el esparto, la aulaga, el tomillo o la zahareña

El azor es una rapaz adaptada a las masas boscosas. ©JJMG.Las áreas degradadas sobre suelos silíceos suelen presentar formaciones en la que abundan de la retama de bolas, la rascavieja y, en etapas seriales finales, diversas clases de jaras, bolinas, cantuesos y algunas aromáticas como la mejorana.  Las rapaces más representativas de estas espesuras son el azor, el gavilán, el águila calzada y el ratonero común entre las diurnas y el búho real y el autillo entre las nocturnas.

Las aves constituyen en estos hábitats el grupo más numeroso de vertebrados. Entre las típicamente forestales destacan el pito real, el agateador común, los carboneros común y garrapinos, el herrerillo común, el mito, el reyezuelo listado, el pinzón vulgar, el piquituerto, el lúgano, el verderón serrano o el torcecuello.

Entre los mamíferos desaparecidos de este hábitat destacan dos ilustres predadores, el lobo y el lince ibérico. Ambas especies, que se encuentran actualmente en peligro extinción, merodeaban antaño por este bosque mediterráneo. Como grandes cazadores ocupaban el vértice superior de la pirámide alimenticia, controlando el aumento excesivo de la población de otras especies y contribuyendo decisivamente al siempre complicado equilibrio del ecosistema. A pesar de haber pasado mucho tiempo desde que los últimos lobos fueran masacrados por el hombre en esta serranía, aún se le imputan los daños causados a la ganadería, desconociendo que los responsables de estos desmanes no son sino perros asilvestrados, cada vez más frecuentes dentro de ámbitos rurales. Estos parientes lejanos del gran cazador poseen la inteligencia y capacidad del mismo, además de gozar de una mayor cercanía y confianza hacia el hombre, lo que los convierte en predadores muy eficaces sobre especies domésticas. 

Entre la espesura del bosque aún abundan las ardillas. ©JJMG. Uno de los grandes beneficiados de la desaparición de estos grandes cazadores es el jabalí, que actualmente no posee predadores directos a excepción del hombre. El gato montés, felino cada vez más escaso en la Península Ibérica, aún conserva algunos ejemplares entre la espesura del bosque. Otros pequeños carnívoros y también hábiles cazadores como el zorro, la comadreja, la garduña, la gineta y el turón o el omnívoro tejón, aún abundan en los montes nevadenses. También están presentes diferentes especies de pequeños mamíferos como erizos, musarañas, musarañitas, topos y distintas variedades de murciélagos, así como la ardilla común, quizá la mejor adaptada a los medios arbolícolas.

Los vertebrados heterotermos o de sangre fría están aquí representados por la lagartija cenicienta, el lagarto ocelado que presenta una subespecie propia de esta serranía, la culebra de escalera y la culebra de cogulla, entre los reptiles, y por el sapo común, el sapo corredor y la salamandra entre los anfibios.