Del
legado prehistórico a la realidad histórica.
Los
yacimientos arqueológicos que aparecen distribuidos y
diseminados a lo largo y ancho del levante almeriense,
convierten a esta gran comarca en punto obligado a la
hora de estudiar y de analizar la presencia del hombre
durante la prehistoria en el contexto de la Península
Ibérica. Intentar realizar una descripción detallada
de tan prolija temática, requeriría un estudio
exclusivo y altamente especializado que no pretende ni
persigue una obra de carácter divulgativo como ésta.
Sin embargo, sí es posible y recomendable establecer
una aproximación esquemática a lo que fueron los
primeros pasos del hombre que en el Sudeste ibérico.
Hablar
de arqueología en Almería implica necesariamente
nombrar a Luis Siret, ingeniero belga cuyas obras más
recordadas no son precisamente las vinculadas a la
ingeniería comarcal del siglo pasado en las que
participó activamente, sino el descubrimiento de
multitud de yacimientos prehistóricos y de dos
“culturas almerienses”: el Argar y los Millares.
Los
restos más antiguos hallados en la comarca se remontan
al Paleolítico, cómo las puntas y láminas de sílex
encontradas en la Cueva del Serrón (Antas), con una
antigüedad que oscila entre los 100.000 y los 15.000 años
a.d.C., abarcando desde el Paleolítico Medio hasta el
Superior. Corresponden al período Musteriense los
restos hallados en la Cueva de la Zájara I y al Paleolítico
Superior, los raspadores y buriles encontrados en la
Cueva de la Zájara II, ambas en el término municipal
de Cuevas de Almanzora.
Pequeñas
ocupaciones, con un carácter menos nómada que las
anteriores, y que presentaban un incipiente desarrollo
de la agricultura y la ganadería caracterizaron al
periodo en Neolítico en la región (4000-3000 a.d.C.).
El asentamiento mejor conocido lo constituye Cuartillas,
en el bajo Aguas.
Restos
Neolíticos dispersos aparecen también en la
Sierra de Cabrera (Cueva del Barranco de Mahoma,
Cuevas de La Palmera, Cueva del Cerro de las
Minas) o en la Playa de Los Cocedores (Pulpí),
donde Siret encontró una fantástica hacha de
diorita y una hoja de pedernal.
En
Antas destacan asentamientos del Eneolítico, como El
Aljoroque donde aparecieron objetos de piedra tallados y
pulimentados, así como silos para el almacenamiento de
grano y La Pernera donde se halló un idolillo de
pizarra actualmente expuesto en el Museo del
Cincuentenario de Bruselas.
El
Calcolítico, identificado en esta región con la
Cultura de los Millares (3000-2250 a.d.C.) se caracterizó
por una sedentarización de las poblaciones agrícolas y
ganaderas y el desarrollo de una primitiva artesanía y
metalurgia del cobre, dentro de una estructura social
compleja y jerarquizada. A esta época corresponden los
yacimientos de las Pilas, Campos y Almizaraque, situados
en la Sierra de Cabrera, así como algunos
enterramientos hallados en los alrededores de Turre,
como los de la Casa Alta, la Cañada del Palmar y
Albolunca.
La
Cultura del Argar (2300-1550 a.d.C.) confiere una
personalidad propia a esta comarca, hallándose
enmarcada en la Edad del Bronce. Se caracterizó por el
desarrollo social y político de sus poblamientos. Se
trataba de verdaderas ciudades organizadas y con
diferenciación de clases sociales. El asentamiento por
excelencia y que da nombre a ésta cultura es El Argar
(Antas), donde Siret desenterró más de un millar de
tumbas, encontrando en alguna de ellas hermosísimos
ajuares funerarios. A esta misma cultura pertenecen
también Lugarico Viejo (Antas), Fuente Álamo en la
Sierra de Almagro y Cabezo del Oficio en la Sierra del
Castillarico (Cuevas del Almanzora), San Miguel (Overa),
Barrancos de La Ciudad (Mojácar), Gatas, La Losa y La
Parralera en la Sierra de Cabrera (Turre) y tres
yacimientos situados en los márgenes de las ramblas que
atraviesan el municipio de Pulpí.
Los
fenicios, atraídos por los yacimientos metalíferos de
la zona, fundaron alrededor del siglo VI a.d.C. la
ciudad de Baria, la actual Villaricos, que se convertiría
en el centro económico y político de la comarca.
Asimismo, crearon otros pequeños núcleos entre los que
destaca el Cabecico de Parra. Cartagineses y
posteriormente romanos fueron ocupando en siglos
posteriores estas ciudades y fundaron otras nuevas, como
el poblado íbero romano de Cádima, continuando con los
aprovechamientos minerales y desarrollando la
agricultura. La entrada en la escena de los visigodos
supuso el desmoronamiento social previo, ubicándose la
principal población de la época en el Cerro de Montroy,
cerca de Baria; restos de este periodo también han
aparecido en la Isla de Terreros.
La
llegada de los árabes a la comarca a partir del año
750 supuso importantes cambios sociales y económicos
que, con el tiempo, se transformaron en el desarrollo de
una sofisticada agricultura de regadío que permitió la
puesta en funcionamiento de tierras hasta entonces estériles
y el abandono de la minería como principal recurso económico.
En la ubicación de las poblaciones predominaron, sobre
todo, criterios estratégicos y de defensa. Durante el
periodo mozárabe hubo diferentes asentamientos en la
Sierra de Cabrera, como los situados en los Cerros de
Tiján, Inox, Las Palomas y en las proximidades de las
cortijadas de las Carrascas y de Mófar; todos ellos
quedarían despoblados tras la expulsión de los mozárabes.
Durante el Reino Nazarí de Granada se poblaron nuevas
localidades como Turre, a partir de gentes venidas de
Mojácar, y dos importantes núcleos situados en la
Sierra de Cabrera, Teresa y Cabrera, que quedarían
abandonados en 1570 tras la guerra de las Alpujarras.
La
conquista cristiana, a partir del siglo XVI, supondría
una profunda transformación económica y social. De una
agricultura de subsistencia se pasaría a un modelo
latifundista cuyo objetivo principal era la creación de
excedentes de grano, aun manteniendo un escaso
poblamiento, y que se continuaría prácticamente hasta
el siglo XIX. Las grandes extensiones de terrenos
dedicadas al cultivo de cereales de secano y
roturaciones de áreas forestales debieron tener una
nefasta influencia sobre los bosques preexistentes, que
se encontraban en el límite de su estrés hídrico,
constituyendo ecosistemas realmente frágiles. En este
sentido, cabe destacar que durante la segunda mitad del
siglo XVIII hubo una oleada de incendios forestales
provocados con la intención de aumentar la superficie
para cultivos; así mismo el carboneo para fines
comerciales alcanzó durante el mismo periodo niveles
muy importantes, hechos que sin duda contribuyeron
decisivamente a la deforestación de amplias zonas. Los
incendios forestales intencionados continúan siendo
actualmente una de las causas más importantes de pérdida
de monte bajo y matorral en la Sierra de Cabrera.
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