Influencia
del “siglo minero” en el levante almeriense
El
descubrimiento casual de una veta de galena argentífera
en el barranco del Jaroso durante 1838, por parte de un
labrador de Cuevas (Andrés López, alias “El Perdigón”),
supuso el inicio de una frenética actividad extractiva
a gran escala. A las minas de plomo de la Sierra de Gádor,
que ya se encontraban en explotación y que serán
comentadas en el capítulo correspondiente, se les añadió
de esta forma la producción de la galena argentífera
de Almagrera, convirtiendo Almería en uno de los puntos
neurálgicos de la minería y metalurgia mundiales a
mediados del siglo XIX. Entre las minas más ricas y que
arrojaron mayores beneficios destacaron “esperanza”,
“Estrella”, “Observación” o “Virgen del
Mar”. También se crearon importantes infraestructuras
metalúrgicas para la desplatación y fundición del
plomo en Villaricos, Palomares y lo que después acabaría
siendo Garrucha.
Todo
este proceso estuvo acompañado por movimientos
especulativos y operaciones fraudulentas sin
precedentes; así, desde 1839 hasta 1845 se
realizaron en España más de 13.000
transferencias de acciones de las minas de
Almagrera, alcanzando un valor en el mercado
financiero superior a los 60 millones de reales.
Sin embargo, las grandes “fortunas” quedaron
en manos tan sólo de unos pocos accionistas como
Abellán Peñuela, Anglada, Orozco o Soler.
Pero
no fueron estos problemas financieros los que socavaron
el desarrollo del complejo minero, sino otros de carácter
técnico; en 1847 comenzaron a inundarse diversas galerías
por los motivos expuestos en la introducción geológica.
Bombear ingentes cantidades de agua hacia el exterior de
las mismas se convirtió en el primer escollo para los
ingenieros de la época, situación que se mantuvo hasta
el cierre definitivo de las minas. Con la llegada del
siglo XX la minería del plomo y la plata almeriense
entró en una profunda crisis debido a diferentes parámetros,
entre los que pueden destacarse la irrupción en el
mercado europeo del plomo Norteamericano, la
insuficiente dimensión de las explotaciones y las
dificultades técnicas para el desagüe de las minas ya
mencionadas.
Importantes
fueron también las actividades mineras ligadas a la
extracción de otros minerales como el hierro, llevadas
a cabo en distintos lugares de la comarca entre los que
cabe destacar la Sierra del Bédar. El cierre de las
mismas, que fue posterior a las de plomo y plata, supuso
un despoblamiento muy importante del municipio de Bédar;
así, de los más de 8.000 habitantes con los que
contaba a finales del siglo XIX, actualmente mantiene
una población de 536 vecinos, en su mayoría ciudadanos
de otros países europeos.
Desde
el punto de vista ambiental, la actividad minera decimonónica
supuso el acta de defunción para las últimas masas
forestales que aún quedaban en el área. La voracidad
de los hornos de fundición acabó rápidamente con los
exiguos bosques de las serranías adyacentes como
Almagro o Cabrera. Según Sánchez Picón (1996), a
mediados del siglo XIX en la Sierra de Almagro y en el
resto de las estribaciones orientales desaparecen los
bosques de coníferas. En este sentido, cabe destacar la
pronta necesidad que tuvieron las fundiciones de plomo
de importar carbón vegetal de otros puntos, como las
Islas Baleares y de utilizar el “coke” inglés, dada
la intensa deforestación a la que había sido sometida
la zona “... tanto más cuanto que ha desaparecido
el arbolado hasta el de olivos, por haberlo empleado en
combustible de las fundiciones” (Madoz 1845-50).
Otro hecho que indica de la escasez de madera en la
comarca era el uso habitual de mampostería para
mantener las estructuras de las galerías, situación
poco frecuente en el resto de las comarcas mineras de la
provincia.
Sin
lugar a dudas, las explotaciones mineras de Sierra
Almagrera contribuyeron a la “definitiva”
deforestación de las Sierras de Almagro, Cabrera y Bédar.
Sin embargo, no se puede realizar este análisis sin
tener en cuenta otros parámetros que influyeron
decisivamente en la pérdida de la masa forestal
preexistente. El incremento sin precedentes de la
población humana en la comarca, atraída por la minería
y actividades colaterales, supuso una importante presión
sobre el medio; así, se multiplicaron las áreas de
cultivo, se roturaron terrenos forestales y se asistió
a nuevos usos del monte como la recolección masiva de
esparto, demandada entonces por la industria papelera
inglesa.
Realidad
social.
Los
municipios asentados en esta franja del litoral mediterráneo,
como Antas, Bédar, Cuevas de Almanzora, Garrucha, Los
Gallardos, Mojácar, Pulpí, Turre y Vera, han sufrido
cambios socioeconómicos radicales durante el siglo XX.
Después del derrumbamiento de la minería, tanto del
plomo, como posteriormente del hierro, la comarca soportó
un éxodo muy importante de sus pobladores, los cuales
emigraron a distintos puntos de Europa, América y España.
El
desarrollo del “turismo de sol y playa”, con el
“descubrimiento” de Mojácar, ha constituido un
punto de inflexión histórico para la zona, transformándose
en lugar de encuentro y residencia para ciudadanos de
diferentes partes del mundo. En cualquier caso, se ha
mantenido una línea arquitectónica bastante
“respetuosa” con el entorno que la desmarcan,
afortunadamente, de otras zonas de la Costa del Sol,
confiriéndole una personalidad única. Durante las últimas
décadas la economía comarcal ha girado en torno al
sector servicios que continua en auge, afectando a la
mayoría de los municipios a excepción quizá de Los
Gallardos, que se ha transformado en un “pueblo
dormitorio”. Además de Mojácar y “Mojácar
Playa”, destacan otras urbanizaciones costeras como
Puerto Rey, Puerto Laguna y Las Marinas en Vera, e
incluso serranas como Cortijo Grande y Cortijo Cabrera
en Turre, así como la reactivación turística de
antiguos asentamientos como Terreros (Pulpí), Sopalmo (Mojácar)
y Villaricos (Vera); en esta última localidad (Villaricos)
destacan otros sectores como el pesquero, con una flota
de casi setenta barcos, además de contar con un puerto
deportivo. Aunque todavía tímidos, existen proyectos y
realidades concretas basadas en el desarrollo del
turismo rural que, dentro de este entorno, posee
recursos casi ilimitados (fauna, flora, paisaje, fondos
submarinos, yacimientos prehistóricos, etnología...).
La potenciación de este tipo de oferta turística de
bajo impacto es un bien en alza que está siendo
demandado por un numero cada vez más elevado de
ciudadanos, tanto nacionales, como extranjeros.
La
agricultura, de subsistencia en la mayoría de los
casos, dedicada al cultivo de cereales de secano,
olivos, almendros y, en menor medida, cítricos y
productos de huertas está dando paso a una “industria
agrícola” que, hasta hace poco, tiene su mayor
exponente en Pulpí con el desarrollo de cultivos extra
tempranos. Durante los años ochenta, la construcción
del Pantano de Cuevas de Almanzora, antigua aspiración
de la comarca, ha permitido la transformación de
amplias zonas de cultivos de secano, potenciado el
desarrollo del cultivo bajo plástico (invernaderos) que
progresivamente va aumentando, tanto en extensión, como
en volumen de producción. El sector ganadero, con la
aplicación de la Política Agraria Comunitaria, ha
visto multiplicada su cabaña de caprino y ovino, aunque
el porcino sigue constituyendo pieza clave dentro del
mismo, planteando algunos problemas ambientales como la
eliminación inadecuada de purines.
La
industria está concentrada en dos puntos: por un lado,
cerca de Villaricos, se encuentra una central química
de derivados del etilo; por el otro, en Carboneras se
concentra uno de los polos industriales más importantes
del mediterráneo europeo, con cementeras y centrales térmicas.
De su adecuada gestión y del estricto cumplimiento de
la legalidad vigente en cuanto a protección ambiental,
dependerá en gran medida el futuro y buen desarrollo de
los demás sectores dentro de este privilegiado entorno.