¿Bosques en el desierto?

El área definida, en su mayor parte, queda por debajo de la cota de los 800 m, ocupando el denominado piso Termomediterráneo. En este rincón del Sudeste peninsular se asienta una “provincia botánica” (provincia fitogeográfica) caracterizada por su gran aridez, la Murciano-Almeriense (Sector Almeriense). Para los fitosociólogos la vegetación climácica, es decir, aquella que debió existir antes de ser transformada y alterada por el hombre, estaría compuesta por distintos matorrales capaces de resistir condiciones de temperatura o termoclima y precipitaciones u ombroclima propias de una región semi árida, como el lentisco, el espino negro, la coscoja, el cornical, el arto, el palmito, etc., que aparecerían dependiendo de la composición del suelo y humedad del mismo, entre otros factores. Asimismo, en las cumbres de la Sierra de Cabrera, de La Atalaya y de Bédar la vegetación clímax (climácica) habría estado compuesta por encinares. 

Sin embargo, existen diversas pruebas que permiten considerar que, amén de los bosquetes de altos matorrales espinosos de los que hablan estos expertos, existieron en el área auténticos “bosques mediterráneos” adaptados a la aridez (xerofíticos), tanto en las serranías, como en las cuencas sedimentarias y pasillos intermontanos. 

Un interesantísimo trabajo de los hermanos García Latorre (1996) aporta múltiples datos que pretenden demostrar la existencia de lo que ellos denominan “los bosques ignorados de Almería”. 

Así, por ejemplo, en la Sierra de Cabrera existía un alcornocal que era explotado comercialmente en el siglo XVIII y del que, además de las fuentes históricas, existen en la actualidad algunos pies testimoniales.

Sierra Cabrera aparece actualmente modelada por diferentes paisajes agrarios. JJMG.

Dentro del mismo complejo serrano, en el Barranco de Tiján, aún sobreviven algunos robles andaluces o quejigos que ya existían en la fecha antes indicada, árboles que al igual que los alcornoques precisan, a priori, de unas condiciones de humedad mucho más elevadas que las existentes en la actualidad. Otro “bosque ignorado” lo constituye el pinar de la Sierra de Almagro que, según un inspector forestal de la Marina, contaba en 1741 con 1.600 pinos carrascos. Asimismo, en los múltiples yacimientos de la edad del cobre y del bronce que pululan por la comarca, se han detectado restos que permiten confirmar la presencia de diferentes clases de pinos, cipreses y especies pertenecientes al género Quercus (encinas, robles, etc.), así como de una fauna donde aparecían osos, linces, corzos o ciervos, que indican inexorablemente la presencia de masas forestales. Sin ir tan lejos en el tiempo los cronistas de Pascual Madoz (1845-1850) al hablar de la Sierra de Cabrera comentan “... abunda la caza de perdices y conejos, pocas liebres y algunos zorros y lobos”. Y es precisamente este último, el lobo, un cazador social predador, principalmente, de grandes ungulados como los ciervos que habitan en áreas boscosas del mediterráneo; estos mismos cronistas indicaban que abundaba la... “caza mayor y menor” en el partido judicial de Vera y citan al lobo en los términos municipales de Mojácar, Antas, Cuevas, Bédar y Carboneras.  

Las zonas más inaccesibles de Sierra Cabrera aún conservan la vegetación potencial del área. FJAD.

Estos datos parecen, al menos, poner de manifiesto cierta estrechez de miras de los fitosociólogos que han analizado este rincón del Sudeste ibérico y que no alcanzan a ver más allá de los raquíticos matorrales y sus series de degradación que dominan el paisaje actual, ignorando descaradamente la existencia de masas forestales en este entorno árido que, en cualquier caso, complicarían y elevarían el número de incógnitas de las “ecuaciones ecológicas” que quedan por resolver en el área.   

Estas sierras prelitorales y litorales y las llanuras sedimentarias que las rodean han soportado desde la prehistoria la influencia constante del hombre, que desde el neolítico comenzó a alterar activamente su medio ambiente.

Estos primitivos bosques xerofíticos extremadamente frágiles, situados en el límite biológico de su equilibrio ecológico, no fueron capaces de soportar y sobrevivir a miles de años de continua intervención humana. 

Tras la destrucción de los mismos, su escasa capacidad de autoregeneración y la existencia de condiciones bioclimáticas altamente limitantes, se sucedieron procesos de pérdida rápida de suelo fértil y denudación del mismo por erosión, tanto hídrica, como eólica, al igual que sucede en la actualidad. Además la desaparición de estas masas forestales parece ser independiente de un hipotético cambio climático; los estudios al respecto ponen de manifiesto que no han debido existir cambios significativos, desde la Edad de los Metales, hasta la actualidad, y que la aridez climática ha sido una constante característica en el Sudeste peninsular desde entonces. La vegetación actual es, por tanto, el resultado conjunto de las condiciones bioclimáticas y biogeográficas del área y de las intervenciones antrópicas desde la prehistoria.