Autor:
José
Manuel Capel García –Abogado-
La
deriva de los acontecimientos de las últimas décadas pone de manifiesto la
necesidad de un giro radical en los modelos políticos y económicos de las
llamadas democracias occidentales, y en aquellos países que en otro tiempo eran
llamados “en vías de desarrollo”.
Es necesario un giro de ciento ochenta grados en el modelo de
desarrollo económico. Los movimientos especulativos y la concentración de
capitales, pero fundamentalmente el aumento de la población mundial y de la
demanda de recursos naturales tales como minerales, alimentos, madera y otros,
nos arrojan a la cara la realidad de un planeta finito, poseedor de unos
recursos limitados cuya producción, en el mejor de los casos, aumenta a un ritmo
inferior al de la demanda, cuando no resulta que aquella disminuye y la
obtención de los mismos se hace más costosa.
Pero no sólo es una cuestión matemática. Hasta ahora el
modelo económico imperante se basa en el consumo como motor de la economía. En
este modelo se hace precisa una circulación de capital, y esa circulación sólo
se concibe en el acto de consumir constantemente más, nuevos, y mejores
productos, sin que dicho consumo obedezca a necesidad, sino más bien al impulso
irracional de consumir al que se induce desde los propios oferentes de
productos. El consumo, la circulación de capital, y en última instancia, el
beneficio empresarial, se convierten en el objetivo y fin del modelo económico,
relegando la figura del ser humano, su dignidad y bienestar, a un papel
meramente retórico.
Se hace necesaria la recuperación de la persona como sujeto
económico, frente al consumidor, al contribuyente, al trabajador, al cliente, al
destinatario de productos, al meramente espectador, al ganado en que nos
convierten. Se hace necesario el paso de la consideración de la persona como
sujeto pasivo receptor de bienes y servicios, y de la cual se obtiene capital, a
la persona como fin de la actividad económica, no como medio para la consecución
de un beneficio empresarial, para la obtención de más dinero. Tal vez porque
antetodo, somos personas, no máquinas de generar beneficio.
Pero es igualmente imprescindible un giro en las relaciones
políticas humanas. La democracia, a la que algunos llaman el menos malo de los
sistemas de gobierno, está demostrando no ser más que una palabra vacía de
contenido, cuya defensa y bandera es usada por potencias mundiales para
justificar invasiones y atropellos de derechos en otros países. La esencia del
sistema democrático, “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”,
se ha diluido en la madeja de intereses de los grupos de presión, grandes
empresas, y partidos políticos tradicionales. Estos últimos, perdiendo el norte,
han olvidado tanto el motivo de su propia existencia, el de articular las
distintas ideologías presentes en la sociedad, las distintas corrientes
políticas, como la finalidad del mandato representativo, que no es otra que la
representación de los intereses de sus votantes. Se ha entregado la democracia a
la tecnocracia, a los dogmas de la ortodoxia neoliberal, y a los intereses
particulares de grupos de presión e inversores.
Difícil tienen el viraje los partidos tradicionales,
monstruos apegados al ejercicio del poder, víctimas de la burocracia y de un
disimulado despotismo ilustrado, sordos y ciegos a una realidad que clama al
cielo. Necesitamos de una profunda revisión del sistema político, de la
recuperación, en primer lugar, de una formación ciudadana para la participación,
que evite la situación de apatía posmoderna en la que se encuentra gran parte de
nuestra sociedad y que ha sido deliberadamente provocada por un sistema al que
no le interesa que la gente piense, sino que produzca y consuma. Necesitamos de
la articulación, bien sea a través de partidos políticos democráticos en sus
formas y programas, bien de un tejido asociativo que se involucre en el propio
gobierno, de la articulación digo, de un sistema que atienda realmente a las
necesidades y voluntades de los gobernados, con la sociedad y los individuos
como protagonistas, actores, dueños de sus destinos. Tal vez porque antetodo
queremos ser ciudadanos, no solo votantes.
Y resulta fundamental e imprescindible un cambio igualmente
radical en la concepción de las relaciones del ser humano con su entorno. El
crecimiento desmesurado tanto poblacional como de ritmo de explotación de
recursos y, el incremento exponencial de la contaminación derivada de una
actividad económica y de un consumo irracional, nos avocan de manera
irreversible a una serie de catástrofes medioambientales, de entre las cuales la
de mayor repercusión global sea el cámbio climatico, que conllevan a su vez otra
serie de catástrofes económicas y sociales, amen de la desgarradora pérdida de
biodiversidad de nuestro planeta. Pocos son capaces de ver la auténtica
dimensión de este problema. Pocos llegan a encontrar relación entre los cambios
locales en condiciones climáticas, sequías e inundaciones, o el inexorable y
lento cambio en nuestros paisajes, y el cambio climático global orígen de todos
esos y otros problemas. La construcción desenfrenada de nuestro litoral y el
crecimiento desmedido de nuestras ciudades, la apuesta por medios de transporte
individuales y altamente contaminantes, las formas de producción de energía a
partir de combustibles fósiles, entre otros problemas, no hacen sino empeorar la
situación y restarnos de una u otra manera calidad de vida real a cambio de un
espejismo de vida basada en la felicidad a través del consumo y el desarrollo
sin razón. Se impone una nueva forma de concebir nuestro desarrollo en el
entorno natural al que debemos nuestro propio estilo de vida. Respetarlo y en su
respeto respetarnos a nosotros mismos.
Es el momento, no hay otro posterior. No hay posibilidad de posponer este cambio de rumbo. Cada día que pasa estamos más lejos de la solución y más cerca de un futuro, o tal vez ya de un presente, de desórdenes económicos y sociales, de agrandamiento de las diferencias entre ricos y pobres, de una atmósfera contaminada y alta en niveles de CO2, de una tierra violada por la deforestación y el hormigón, de un ser humano esclavizado por sí mismo, por la mano invisible del capital. Es el momento y hay que actuar.