Pepinos, hipotecas e incongruencias
Por Vicent Boix,
Escritor, autor del libro El
parque de las hamacas.
Artículo de la serie
“Crisis Agroalimentaria”, ver más
aquí.
14 de junio de 2011
Hace
unos años España empezó a transformarse en una inmensa estepa de color marrón
grisáceo, gracias a la expansión atroz de ladrillos y cementos. En la estela de
semejante transformación y por inercia se generó riqueza, creció la economía y
muchos se subieron en la cresta del “sueño ibérico”. Fueron los años de la España
abducida y feliz. De la orgia económica colectiva. Del lujo para hoy escasez
para mañana. Una lapidaria, repetida y mítica frasecita -hoy degradada a la
categoría de timo de la estampita- resumiría aquellos alegres años: “Sí, mi casa
me ha costado un riñón y parte del otro, pero yo he invertido en una vivienda
porque los precios no bajarán, a lo sumo se mantendrán”.
Era el ciclo del pack:
hipoteca, más crédito para muebles de diseño, más otro préstamo para un coche
guapo, más otro para un viajecito por el Caribe para liberar tanto estrés
acumulado. Todo con una nómina. Quién no se atrevía estaba lerdo. Mientras los
bancos encantados, que cuando vino la mala “papá estado” ya se encargó del boca
a boca revitalizante.
Se comenta esto
porque en esa época dorada donde el consumismo adquirió rango de religión y en
el estado español se vivía en una tómbola lisérgica de luz y de color, la
agricultura y sus agricultores ya estaban en la UVI
con encefalograma plano profundo. De hecho, desde hace lustros que el campo está
de luto, en horas bajas y tocando fondo. Todo por una bacteria más dañina y
peligrosa que la E. Coli,
llamada economía de mercado, que ha permitido que multinacionales y grandes
intereses económicos se hayan hecho con las riendas de la alimentación mientras
ahogan y exprimen al pequeño agricultor y campesino. Una bacteria que ha
condenado a la inanición a millones de personas. Que ha transformado la tierra y
la vida en un gran negocio donde ya no es preciso generar alimentos, trabajo y
futuro, y sí grandes réditos que unos pocos se reparten ante la desazón e
impotencia generalizada de los agricultores.
Ante esa
bacteria -que se reproduce en ministerios, parlamentos y cumbres de diversos
organismos multilaterales- no ha existido esa indignación generalizada que ha
surgido ahora ante las decisiones irresponsables, dañinas y precipitadas de
ciertos estamentos alemanes ante la “crisis de los pepinos”. El rechazo social
ha sido unánime y mucha gente se ha cabreado con el trato recibido, pero me da
la sensación que este mosqueo tiene un origen más bien chovinista y patriotero
similar al que brotó con la “ocupación de Perejil”,
L’Estatut o el
codazo a Luís Enrique.
La palma en todo
este show se la ha llevado algún que otro medio de comunicación, de esos que,
por una parte anuncian las ventajas de comprar la comida a los principales
verdugos del agricultor (la distribución moderna y cadenas de supermercados), y
que por otra se solidarizan, pepino en mano, con las desgracias de los
agricultores ante la vejación recibida. Sin olvidar, por supuesto, el papel del
“bipartidiato” que se ha turnado en el poder durante los últimos 30 años, que
ahora clama justicia cuando durante años ha hecho oídos sordos a las quejas de
una agonizante agricultura tradicional.
Pero, pasarán
los meses, la E.
Coli se
olvidará (hasta que deje más muertos por ahí) y la “crisis de los pepinos” será
historia. Y cuando esto suceda la bacteria sistémica del mercado libre seguirá
campando a sus anchas para que los agricultores sigan sin cubrir costes,
abandonando la tierra y claudicando ante los intermediarios y distribuidores.
Todo para que estos últimos se enriquezcan y para que muchos ciudadanos que
ahora se rasgan las vestiduras por los agravios que han recibido nuestros
pepinos, puedan ahorrarse hasta el último céntimo al comprar un kilo de
melocotones y así poder sufragar la hipoteca, los muebles de diseño, el coche
guapo, el crucero en el Caribe, las cuotas del gimnasio y la cirugía estética
para unos decaídos pechos. Melocotones por cierto, que tal vez se importen de
países del sur porque allí los costes de producción son más económicos. De esta
forma se machaca a los agricultores que ahora reciben la solidaridad colectiva
ante el golpe alemán, mientras en los estados del sur la tierra se destina, no a
la labranza de alimentos básicos para sus poblaciones sino a la siembra de
cultivos que acaban en nuestros supermercados.
El consumidor ya
sabe que
la E. Coli
es un clásico de los percances alimentarios. Pero hace unos meses fueron los
piensos con dioxinas y agroquímicos también hallados en Alemania. Antes saltaron
a la palestra las vacas locas, las gripes aviares y los pollos belgas. Ahora ya
suena la campana en China con lo que podría ser otro episodio de inseguridad
alimentaria y en un mundo globalizado el flagelo puede extenderse sin parar.
Y es que los “avances
de la humanidad” no pueden contrarrestar estos incidentes porque predomina un
sistema alimentario donde priva el negocio por encima de todo. Un modelo
alimentario donde multinacionales y gobiernos apuestan por una agricultura
intensiva a base de semillas transgénicas y agroquímicos. Un modelo alimentario
donde los ganaderos alimentan a sus animales con piensos de dudosa procedencia.
Un modelo alimentario fuertemente dependiente del petróleo. Un modelo
alimentario sintético donde los sabores y los olores naturales se han
substituido por sus sucedáneos químicos.
Por tanto, que
se calmen los ánimos y que se pidan compensaciones pero sin estridencias. La Eurocopa
es el próximo verano y los que simpaticen con la selección del deporte rey ya
tendrán sus minutos de éxtasis. Quién en verdad quiera apoyar a los agricultores
que escape de este modelo alimentario socialmente injusto, sanitariamente nocivo
y ecológicamente insostenible. Que adquiera sus alimentos directamente del
agricultor o en mercados y pequeñas tiendas de barrio asegurándose la
procedencia, la calidad y el comercio justo. Que estos productos sean de
temporada y a ser posible ecológicos. Que luche al lado de los campesinos para
que éstos reciban precios dignos y no sean saqueados temporada tras temporada. Y
si algún día usted ve a un grupo de “indignados” llevarse alimentos de un
supermercado perteneciente a una cadena transnacional… no les silbe y apláudalos
porque al fin alguien hizo justicia. Recuerde siempre que quién roba a un ladrón
tiene cien años de perdón.