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Medidas contra la crisis económica: Por un ajuste verde y social
Para cuando
falle el Estado: mejor una justa austeridad ecológica
Por
David
Hammerstein.
21-05-10
Es evidente que la economía
española vivía en una burbuja irreal y especulativa durante muchos años,
lo que ahora nos obliga a una clara austeridad en el gasto público y en
el consumo en general. Pero aún así, nos podemos preguntar si sería
posible una respuesta anti-crisis practicable y eficaz que fuera a la
vez mas justa y más ecológica. Y la respuesta es que si, aunque la
actual voluntad política de nuestros gobernantes parece mirar hacia otro
lado.
Según muchas opiniones
cualificadas, el déficit del estado podría beneficiarse de más presión
fiscal sobre las actividades contaminantes para aliviar así la
intensificación de la presión fiscal sobre los sueldos. Existen
un sinfín de actividades muy contaminantes y nada rentables que se
mantienen solo porque reciben grandes y continuadas subvenciones
públicas año tras año, como es la minería de extracción del sucio carbón
y su quema en centrales térmicas para la producción de electricidad. Que
sea el propio Estado quien impulse y siga reflotando económicamente
estas peligrosas actividades carece de toda cautela y sensatez dada su
alta contribución a la destrucción de ecosistemas locales de montaña con
alto valor en biodiversidad, y dada su alta participación en el
calentamiento global del clima. Esta economía mortecina artificialmente
mantenida con los impuestos ciudadanos este año recibirá más de mil
millones de ayuda del Estado para mantener menos de 5 mil empleos (más
de 85 mil euros por cada empleo minero, todo un lujazo aristocrático de
despilfarro para las debilitadas arcas públicas). En este caso el agente
económico que amenaza nuestro clima y nuestra salud no son las libres
fuerzas del mercado, sino el propio Estado.
También se podrían recortar las cuantiosas subvenciones agrícolas a las
explotaciones más químico-intensivas, que
envenenan con pesticidas y nitratos las aguas, las tierras fértiles y
los alimentos que consumimos. Las ayudas deberían redirigirse desde
criterios acoplados: sociales y ambientales, y pasar de las grandes
explotaciones agrarias y propietarios con altas rentas hacia los
pequeños productores locales, los que al tiempo que producen alimentos
de alta calidad nutritiva y ecológica a la vez se convierten en
guardianes de la naturaleza al regenerar y proteger los ecosistemas
agrícolas, y establecen una relación más próxima con los consumidores.
En época de crisis como la actual, es precisamente un momento apropiado
para reconocer estas incongruencias y acometer las reformas
estructurales necesarias para los desafíos socio-ecológicos del presente
y futuro.
En cuanto a las obras
públicas, no es lógico que se siga con el mismo ritmo de
construir más autovías y de promocionar el uso del coche privado con
motores de combustión de derivados del petróleo. Si se declarara una
moratoria sobre la construcción de nuevas autovías, se podría ahorrar
mucho y se podrían concentrar parte de los recursos del Estado en el
transporte público, el que da un trato más benigno a los bienes
naturales comunes. Con ello ganaría el clima y el bolsillo de las
personas más necesitadas.
En el campo energético
sufrimos las consecuencias de un superavit de producción de energía y de
nuevos proyectos a consecuencia de la miope megalomanía de los
últimos decenios. Plantear ahora, como hace el Sr. Felipe González, el
renacimiento de la carísima energía nuclear resulta un disparate que
está totalmente fuera de cualquier lógica económica realista. Además,
también hay que paralizar muchos proyectos en marcha de plantas de
producción eléctrica mediante ciclos combinados de gas, como los de
Asturias y otras comunidades, y cerrar de una vez las centrales térmicas
de carbón más inactivas. Cuesta mucho más dinero a los contribuyentes el
mantener las humeantes plantas abiertas que queman los muy contaminantes
combustibles fósiles, que generar empleo en otros campos socialmente más
útiles e intensivos en mano de obra y ambientalmente más bondadosos.
Para conjugar una política social y verde, este dinero seria mucho mejor
gastado en ayudas a una multitud de pequeñas obras domésticas e
industriales de eficiencia y ahorro energéticos.
Para defender la sanidad
pública urge rebajar más el enorme gasto público farmacéutico. Las patentes privadas sobre los medicamentos de
las grandes empresas farmacéuticas pesan como una losa sobre el
presupuesto de la Seguridad Social. En tiempos de crisis de las cuentas
del Estado la promoción de medicamentos genéricos debe tener absoluta
prioridad por encima de las estrictas reglas de la propiedad
intelectual. Urge aliviar la asfixiante presión de los lobbies de "la
salud" para salvar la salud pública de la ruina. Incluso se debería
considerar la concesión de "licencias obligatorias" (que obvian las
patentes) para fabricar ciertas medicamentos genéricos en contra del
cáncer y el SIDA, además de "premios a la innovación" para sacar
adelante nuevos avances en medicinas genéricas con patentes públicas.
También, se debería lanzar una seria campaña en contra de la
sobremedicación tanto de cara al público como hacia los mismos
profesionales de la medicina. La actual crisis económica también puede
servir para fomentar unos hábitos de vida más saludables.
Otro recorte obvio y
sustancial podría darse en los gastos militares, sobretodo en la compra de nuevos aviones y
barcos. También se deberían eliminar muchas trampas fiscales que
permiten a las personas más ricas en ingresos económicos, como son los
grandes futbolistas de alta competición, pagar menos impuestos.
También, para avanzar en la
eliminación de los gastos públicos más inmorales, se
puede empezar por cortar todas las partidas presupuestarias para las
corridas de toros y otras fiestas que incluyan el
maltrato animal en nombre de la diversión y el entretenimiento.
La banca debe ser la
primera en hacer sacrificios con
un límite sobre sus espectaculares beneficios, con unos controles
draconianos sobre operaciones especulativas y unos verdaderos fines
sociales para las Cajas de Ahorro. Huelga decir que hay que imponer una
mayor transparencia al sector bancario español. A escala europea y
mundial se debería instaurar una tasa sobre las transacciones bursátiles
y otro impuesto global sobre las emisiones de CO2 en el comercio
internacional. Lo que no puede ser es que los estados salven a la banca
y sus beneficios con el dinero público, mientras la cuentas públicas se
van hacia la ruina.
Finalmente, todos y todas debemos admitir la necesidad de consumir menos pero mejor, tanto por la crisis económica como por la ecológica, las dos cabalgan a la vez y las dos muestran sus temibles consecuencias por todos los lados, y por ello estamos ante la oportunidad de diseñar cambios estructurales de fondo para intentar dar inteligentes y complementarias respuestas a ambas. La urgencia de la crisis económica no puede dejar en el olvido las necesidades imperiosas de la vida que muere y se esquilma por cada rincón del planeta. Las leyes ambientales han de avanzar al igual que ha de crecer el enorme potencial de una economía verde respetuosa con el mundo viviente y la salud de nuestros cuerpos y nuestras vidas. La cruda realidad es que no podemos seguir con el voraz y adictivo consumo actual, y la única opción económica razonable, deseable y posible es un decrecimiento organizado, equitativo y verde.
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