Golpe de Estado
Por Omar Edgardo Rivera Pacheco
Tegucigalpa, MDC – 29 de junio de 2009
La noche del 27 de junio de 2009 llegue tarde a
Tegucigalpa, procedente de Granada, Nicaragua, donde había participado,
representando al Gobierno de la República, en la reunión del Consejo de
Integración Social (CIS) del Sistema de Integración Centroamericana
(SICA).
Por la tarde ese día, había charlado telefónicamente
con Elena Freije, Gerente General del gubernamental Canal 8, y le había
consultado sobre mi participación en la cobertura de la Encuesta de
Opinión en la cual se le preguntaría a la población si estaban de
acuerdo en convocar a una Asamblea Nacional Constituyente; la señora
Freije, me había indicado que participaría como comentarista de ese
evento durante la cobertura televisiva, que iniciaría a las seis de la
mañana y culminaría por la noche del pasado domingo 28 de junio. No me
dio la hora exacta de mi intervención, y acordamos vernos temprano en la
mañana en los estudios del canal, para finiquitar horarios.
Luego de algunos minutos, Martha Peck, asistente del
ministro asesor presidencial Allan Fajardo, me comunicó que mi turno
sería de diez de la mañana a la una de la tarde en el estudio, por lo
que no tendría que madrugar y repondría fuerzas de una semana intensa de
trabajo fuera de casa.
Casi al filo de la media noche del sábado, revise
correos electrónicos y actualice mi cuenta de Facebook, hice algunas
llamadas telefónicas y sintonice la televisión. El presidente Manuel
Zelaya Rosales estaba en un conversatorio, junto a Carlos Eduardo Reina
y Eduardo Maldonado, en la televisora oficial, dando instrucciones a los
coordinadores departamentales y municipales de la Encuesta de Opinión, y
contestando llamadas telefónicas de sus simpatizantes; con la voz de
aquellos tres caballeros de sonido ambiental, me fui durmiendo como un
lirón, hasta despertar a la mañana siguiente con la noticia que un
contingente militar había asaltado la residencia del mandatario y lo
había llevado a la base aérea para mandarlo en un avión hacia Costa
Rica, con la intención de despojarlo de su cargo y evitar así, que la
consulta popular planificada se llevara a cabo.
Pese al acuerdo al que habían llegado Elvin Santos,
Roberto Micheletti, Carlos Flores y Manuel Zelaya Rosales, sobre la
Encuesta de Opinión y la Cuarta Urna (Plebiscito Constitucional), que
consistía en ceder ante las pretensiones del titular del Poder Ejecutivo
a cambio de transferir el control político y la conducción proselitista
de la consulta plebiscitaria al Congreso Nacional, las constantes y
confrontativas arengas presidenciales y una perorata conjunta con el
presidente de Venezuela, Hugo Chávez, hicieron dudar Micheletti del
cumplimiento del pacto; fue entonces donde el progreseño se fue a los
cuarteles, a retomar el viejo plan que ya habían considerado, e invito a
los militares –que estaban recluidos por orden de Zelaya Rosales- a dar
un Golpe de Estado.
Se le hizo fácil a Micheletti poner a trabajar a los
fiscales del Ministerio Público y a los magistrados de Corte Suprema de
Justicia en una acción judicial que removiera de su cargo al Presidente
de la República, ya que él había sido factor determinante para la
reciente elección de estos operadores de justicia, y le “debían una”. A
la velocidad de un rayo, el más alto tribunal del país ordenó, de forma
inusual y arbitraria, a solicitud del Fiscal General del Estado, a Romeo
Vásquez, Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, proceder
a “capturar al Ciudadano Presidente de la República de Honduras: José
Manuel Zelaya Rosales, a quien se le supone responsable de los delitos
de: contra la forma de gobierno, traición a la Patria, abuso de
autoridad y usurpación de funciones en perjuicio de la Administración
Pública y del Estado de Honduras, lo anterior a raíz del Requerimiento
Fiscal presentado en esta Corte por parte del Ministerio Publico”.
Mientras doscientos militares allanaban la morada del
presidente Zelaya Rosales en la colonia “Tres Caminos” de Tegucigalpa,
para lograr su aprehensión, Elvin Santos y Carlos Flores –a quienes se
les había despertado con la infausta noticia- se tiraban de los pelos;
el primero, sollozando y lamentándose que lo hayan “jodido” con esta
acción que –seguramente- tendrá enormes repercusiones políticas
negativas para su candidatura presidencial, y el segundo, pidiéndole a
Dios que nadie lo vinculara con este hecho bochornoso.
Sacado a empeñones de su vivienda, y aun vestido en
pijamas, el presidente Zelaya Rosales fue trasladado de la base aérea
ubicada en el aeropuerto internacional “Toncontín” a San José, Costa
Rica; fue expatriado, violentando lo establecido en la Carta Magna, sin
seguir el ordinario proceso que obligaba a capturarlo y ponerlo a la
orden de la autoridad correspondiente.
Y ese fue el gran error.
Si, fue el gran error, porque los militares debieron
haber trasladado al acusado ante un Juez, y no hacia el extranjero;
ahora este exceso es la principal causa por la que la comunidad
internacional condena este acto y lo tipifican como un Golpe de Estado,
y es una inequívoca señal que mas de alguno desea volver a tener la bota
castrense en el cuello.
Este hecho es inadmisible e intolerable; la fuerza
militar no debe servir para destruir la institucionalidad democrática
que tanto nos ha costado, ni para lograr el botín gubernamental que
tanto alegría causa a los inescrupulosos, al contrario, deben velar por
el respeto irrestricto a la Constitución de la República y la
consolidación del Estado de Derecho.
Tegucigalpa, MDC – 29 de junio de 2009
Comentarios:
ml_rivera@hotmail.com