Las siete virtudes del gobernante (V):
TEMPLANZA
Por Jesús Martínez Álvarez. Desde México.
18-09-08
El poder suele
perder a quien lo ejerce. Cercado por voces de adulación, alentado por la
sensación de que todo lo puede, deslumbrado por las candilejas del escenario
político, el gobernante corre el riesgo de perder el rumbo, olvidar su
naturaleza falible, llegar a los más extremos excesos y acariciar la certeza
de que lo merece todo.
De no estar alerta, el
gobernante puede destruir con este extravío sus aciertos, sus promesas, sus
afectos y hasta sus buenas intenciones. Aunque no todo el que ejerce el
poder se marea por las alturas, es un hecho que la mayoría de los que
alcanzan una cumbre llega a perder la perspectiva. Y cuando ocurre aparecen
las acciones desproporcionadas, las actitudes vanas, los despropósitos, las
aberraciones, la soberbia, la ceguera, la intolerancia, las poses de
conquistador imbatible, el despotismo, el abuso, la prepotencia, la
ligereza, la necedad, la ira…
Por ello es
absolutamente imprescindible que el gobernante cultive la virtud del
equilibrio: la templanza.
Sin esta virtud, el
gobernante se transformará, para efectos prácticos, en tirano, y deambulará
entre la vanidad y el ridículo. Más grave aún, su gobierno será tiempo de
frivolidades, de represión, de rezago e injusticia.
Cuando el
gobernante deja de escuchar, sólo se oye a sí mismo; y cuando deja de mirar,
sólo a sí mismo se contempla; cuando abandona la prudencia, no hay límite
para su precipitación; cuando reclama un sitio en el Olimpo, se aleja de sus
deberes terrenales.
La historia remota y
la reciente ofrecen múltiples ejemplos: Calígula hace senador a su caballo y
Bucaram se perdió en exhibiciones de locura; Leónidas Trujillo se compara
con Dios y a muchos presidentes de México, el pueblo los identifica de
inmediato y la historia lo confirma.
Debería existir un
registro de todas las transformaciones y de todas las deformaciones que el
poder promueve para que ningún pueblo volviera a permitirlas, y para que
todos aquellos que aspiran o tienen el poder político recordaran los riegos
del exceso.
Si todo se redujera a
la propia destrucción, con todo y su magnitud seguiría siendo un mal menor.
Pero las verdaderas víctimas se cuentan por millones y a veces por
generaciones: el poder sin templanza compromete el presente y el futuro. Aun
después de años, incluso de décadas, los pueblos siguen padeciendo los
estropicios de un poder sin moderación ni brújula.
La falta de templanza
no cobra una factura pasajera: sus secuelas siguen dañando más allá de
cualquier cálculo.
Sólo la templanza
evita el abuso, la desmesura, el hedonismo, el desenfreno, la indiscreción,
la temeridad, el amiguismo, la ligereza, el exceso, y cualquiera de los
otros frutos de la intemperancia.
Sólo el gobernante que
se deja gobernar por la templanza merece el poder. Sólo así el poder se
traduce en bien común.
Si el gobernante no es
capaz por sí mismo de moderar sus apetitos, su sensación de eternidad, su
auto fascinación, producirá el desconcierto, tal vez el miedo, la
inconformidad social, seguramente el desaliento, la protesta, el retroceso.
Como al dinero, con
frecuencia se atribuye al poder atributos destructivos, pero, como en el
caso del dinero, no es el poder el que destruye sino el excesivo apego a él,
lo que conduce al error de creer que el poder es un bien en sí mismo cuando
en realidad sólo tiene sentido en la medida en que hace, edifica, crea.
El poder sirve para poder hacer, y si está respaldado por valores en
la conciencia de quien lo ejerce, cuanto haga será a favor de la sociedad
que lo sustenta.
Habría que promover,
cuando menos, la vigencia de dos vertientes para evitar que el poder
conduzca a la locura: educar en función de valores de conciencia: verdad,
justicia, libertad, y en valores de conducta: templanza, serenidad,
responsabilidad, respeto.
La otra vertiente es
procurar y alentar la formación colectiva de un pueblo alerta, crítico,
defensor de sus derechos, y verdadero mandante de sus gobernados.
Habrá que evitar el
elogio constante y desmedido, y sustituirlo por el reconocimiento justo
cuando lo merezcan los actos de gobierno, y por la actitud crítica y
demandante cuando las acciones del gobernante se desvíen de la finalidad que
le es propia.
Para que el gobernante
mantenga la templanza será necesario su propio equilibrio interior,
erradicar la adulación y la sumisión, y crear una verdadera conciencia
social que recuerde que el poder reside en el pueblo y que haga valer todos
los días esta condición de la democracia.
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POSTDATA:
En mi próxima
colaboración y a petición de un sinnúmero de deudores de tarjetas de
crédito, daré a conocer esta situación y el grave problema que se avecina.