Las siete virtudes del gobernante (III):
INTEGRIDAD
Por Jesús Martínez Álvarez. Desde México.
21-08-08
A veces por
convicción, a veces por tradición, y en ocasiones por humor, la política ha
sido receptáculo de todas las ironías, imputaciones y reclamos.
Puede que el
desprestigio no sea gratuito. Muchos políticos y gobernantes han contribuido
a incrementarlo.
La mala fama del
ejercicio público llevó a Tolstoi, por ejemplo, a sostener que "el gobierno
es una asociación de hombres que ejercen violencia sobre todos los demás". Y
Platón les dijo a los atenienses: "Si yo me hubiera dedicado a la política,
hubiera perecido hace mucho tiempo y no hubiese hecho ningún bien ni a
vosotros ni a mí mismo".
Pero el caso es que la
política es una actividad necesaria, sin importar el tamaño de la comunidad.
En cuanto hay sociedad, surge la necesidad de convocar esfuerzos, proponer
rumbos, establecer normas, dirimir desacuerdos, administrar recursos
comunes, garantizar la seguridad, realizar obras de beneficio
colectivo, defender el territorio. Y atender estas necesidades sociales sólo
es posible a través de la política.
Hombres y mujeres, en
lo particular, no podrían asumir las responsabilidades mencionadas. Por eso
surge el gobierno: para defender a cada uno con la fuerza común de todos. Y
para hacer gobierno hay que hacer política.
¿Son inherentes a la
política los vicios que se le imputan?
Ninguna actividad
lleva en sí misma los adjetivos que se le adjudican. Los adjetivos no
corresponden a la actividad sino a la forma en que se realiza.
Estoy convencido que
la integridad es fundamental. Incluso, la integridad va más allá de la
honestidad. Si ésta podría definirse como la capacidad de cumplir lo que se
promete a otros, la integridad es la capacidad de cumplir lo que cada quien
promete a otros y se promete a sí mismo..
La integridad tiene
que ver con la congruencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Pero
hay que estar alertas: alguien puede ser congruente sin ser íntegro.
Hitler era congruente, no íntegro.. Lo que supone que la congruencia
que reclama la integridad está comprometida con los valores más altos de la
convivencia humana.
En la política, o en
el ejercicio de un puesto público, la integridad reclama el escrupuloso uso
de la palabra y el impecable y honesto esfuerzo de cumplir lo que se
promete.
La palabra del
gobernante debe construir la confianza que aspira a merecer.
La integridad obliga al gobernante a decir lo que se puede y lo que no se
puede, lo que se propone hacer y lo que no piensa hacer, de manera que su
palabra dé certidumbre. Un gobernante no habla para ganar aplausos ni para
justificarse sino para anunciar, aclarar o explicar su desempeño, e incluso,
para reconocer desaciertos y dar a conocer rectificaciones. Tal importancia
concedía Confucio a esta capacidad, que afirmaba que "gobernar significa
rectificar".
Pero la congruencia y
la honestidad en la palabra es insuficiente para un gobernante: honestidad y
congruencia deben prevalecer en los hechos.
La integridad no sólo
es valor interior, serenidad interna, prenda de satisfacción personal, sino
ingrediente imprescindible en la creación de confianza colectiva y por lo
tanto en la capacidad de persuasión y liderazgo hacia la consecución de los
objetivos que la sociedad reconoce como propios.
Sin la integridad,
un gobernante carece de respaldo social, de autoridad moral y de fuerza para
convocar a la comunidad a propósitos trascedentes.
Por ello los beneficios de la integridad en un gobernante no se reducen a su
tranquilidad personal, sino a su capacidad de crear credibilidad y
confianza, lo que no es una fortaleza opcional sino una obligación
irrenunciable. ¿Puede un gobernante serlo sin confianza, sin credibilidad,
sin respaldo social? ¿Puede un gobernante, con su sola persona, generar
confianza y respaldo político?
Quienes creen que la
sociedad no se percata ni tiene por qué percatarse, del desempeño íntegro o
deshonesto, (puesto que la integridad es un valor interior personal),
olvidan que la sociedad deposita uno de sus mayores activos, la confianza,
en el gobernante, y que no sólo tiene el derecho, sino la capacidad de
verificar si el desempeño corresponde o no a la confianza otorgada.
El gobernante tiene la
obligación de crear un entorno de certidumbre y la mejor forma de lograrlo
es mediante una conducta íntegra, que responda a sus actividades, que no
defraude, que enfrente con responsabilidad y valor las consecuencias de sus
actos.
La integridad no es la
única virtud que debe ejercer el gobernante, pero es el sólido e
imprescindible cimiento que sustenta a las demás.
jema444@gmail.com
www.jesusmartinezalvarez.com.mx
P.D. México Unido
contra la Delincuencia propuso un Observatorio Ciudadano para evaluar el
desempeño de los elementos de la función de seguridad. ¿No podrían pedir
que pasen diversos análisis toxicológicos, polígrafo, patrimoniales, los
responsables de los seis grupos y los 300 nuevos agentes de la Secretaría de
Seguridad Pública?.. Es mejor prevenir.