AUTONOMÍA A LA AUDITORÍA SUPERIOR DE LA FEDERACIÓN
Por
Jesús Martínez Álvarez. Desde México. 13-08-08
Ahora que el
gobierno federal festeja montos inéditos en la recaudación tributaria en los
primeros seis meses del año, se impone reflexionar en torno del ejercicio de
los recursos públicos y de su fiscalización.
Se trata de
cuidar y de hacer transparente el gasto público y de acabar con la impunidad
de quienes por dolo, corrupción, actitud patrimonialista o descuido ejercen
el dinero de todos con ligereza, mala fe o falta de responsabilidad; de que
los recursos contribuyan al desarrollo del país y a la expansión de la
infraestructura y los servicios; de que, en fin, los impuestos sirvan para
lo que fueron creados: reunir recursos, con la aportación colectiva, para
destinarlos a las causas que nos son comunes, lo que excluye, desde luego,
los beneficios personales o de grupo, sean para enriquecimiento o para fines
partidistas o ajenos al bien común.
Actualmente,
México cuenta, como órgano de fiscalización, con la Auditoría Superior de la
Federación (ASF), cuyo fundamento jurídico puede consultarse en el Diario
Oficial de la Federación de fecha 20 de julio de 1999. Posteriormente, el 20
de diciembre del año 2000, la Cámara de Diputados aprobó a la ASF como
entidad de fiscalización, a la cual se le dio "autonomía técnica y de
gestión".
Pero esa
autonomía se entrampa en las estructuras actuales: la ASF está sujeta a la
Comisión de Vigilancia de la Cámara de Diputados, y fiscalizada
permanentemente por un ente denominado Unidad de Control y Evaluación, que
es un órgano auxiliar de esta Comisión, cuya función (¡Oh, México!) es
fiscalizar al fiscalizador; por lo tanto, la ASF se encuentra bajo la
dependencia y sometimiento de uno de los tres poderes de la Unión.
La ASF
permanentemente se encuentra presionada por partidos para realizar
auditorías que tengan un beneficio político para ellos y en deterioro para
el partido en el gobierno. La asignación presupuestal lleva un mensaje
implícito de los partidos que pueden verse afectados por la ASF. Este
órgano, siendo ya autónomo, estaría ajeno a los intereses partidistas y a la
contienda política, y como consecuencia, realizaría auditorías estratégicas
en beneficio de México.
A pesar de
esto, la ASF cuenta hoy con prestigio y reconocimiento general.
¿Es posible
acabar con estas disposiciones que parecen estar hechas para que se revise
todo y no se resuelva nada? Desde luego.
La primera
condición es que la Auditoría Superior de la Federación sea un órgano
verdaderamente autónomo y que se le otorguen constitucionalmente las
facultades que requiere. La propuesta no es nueva, pero no ha querido
llevarse a la práctica.
Es un
elemental derecho de los mexicanos saber con precisión y oportunidad en qué
se gasta cada uno de los centavos que el gobierno, en todos sus niveles,
recibe por concepto de contribuciones.
Sin la
autonomía del órgano fiscalizador este derecho sigue siendo una declaración
retórica.
Históricamente, en el ámbito internacional la aprobación de todo presupuesto
y la fiscalización de las políticas públicas son tareas que están a cargo de
los diferentes Congresos. Sin embargo, la tendencia, que ya es general, es
que los órganos de fiscalización estén fuera del ámbito de cualquiera de los
tres poderes. Hay países que se sustraen a esta tendencia, desde luego, como
Uganda, Tanzania y Somalia.
Francia,
Italia, Irlanda, como muchos otros países, han constatado los beneficios de
contar con órganos autónomos en materia de fiscalización..
Países
latinoamericanos que decidieron, sin ningún temor, contar con estos órganos
independientes, son: Colombia, Chile, Ecuador, Perú y Nicaragua, y en éste
se dio precisamente cuando terminó su gobierno el muy cuestionado Presidente
Alemán.
A pesar del
retraso que tenemos en ello, es tiempo de que a la ASF se le otorgue en
nuestra Constitución el carácter de órgano autónomo y es indispensable,
asimismo, que los mexicanos tengamos la oportunidad de conocer oportunamente
y no de manera tardía en qué se gastan los dineros públicos y si
éstos son aplicados con eficiencia a los objetivos para los que
supuestamente estaban presupuestados.
La ASF, al
servicio de todos y de la transparencia, debe contar con autonomía o
independencia, no solo formal, sino también financiera; debe ser totalmente
apolítica y ser órgano técnico; los titulares deben ser inamovibles, a
excepción de que incurran en irregularidades.
La ASF
contribuiría a controlar, mediante su operación autónoma,
a controlar y
a equilibrar los poderes.
Si se hiciera
una encuesta nacional y se sometiera este tema a la consideración de los
mexicanos, ¿cuál cree usted que sería el resultado?
Señor
Presidente, ¿es muy difícil que los mexicanos podamos contar con un
verdadero órgano autónomo de fiscalización? ¿O es que no es prioritario ni
necesario?
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