Las
siete virtudes del gobernante (I):
HONRADEZ
Desde México, por Jesús Martínez Álvarez.
01-08-08
La convocatoria
para realizar un ejercicio de cuáles pueden
ser las siete virtudes del gobernante, ha tenido una gran
aceptación.
He
recibido muchas propuestas, por lo que resulta difícil seleccionarlas,
ya que todas son válidas, por ello, elegiré las que, a mi juicio,
pueden representar las recibidas.
Las siete
virtudes del gobernante no pueden jerarquizarse,
puesto que su importancia está a la misma altura, pero como algún
orden ha de seguirse, reflexionemos sobre la HONRADEZ.
Más que real o
aparente ineficiencia de los gobernantes, más que la pose de
infalibilidad que algunos se asignan, más que los posibles errores en
las decisiones, más que el afán de protagonismo o la vocación turística,
más que el estilo autoritario o la debilidad en el ejercicio del poder,
más que cualquier otro motivo de reclamo, la falta de honradez de
algunos de nuestros gobernantes es lo que más ha lastimado a los
mexicanos.
La carencia de
honradez o, para decirlo de otra forma, la corrupción, daña
profundamente no sólo porque afecta al erario, dinero común, dinero de
todos, sino porque agrede y traiciona la confianza, pilar de toda
relación social.
Tan arraigada está
esta agresión en la conciencia nacional, que nos ha llevado a la
pasividad y al desencanto, ya que frecuentemente escuchamos a alguien
decir respecto al gobernante entrante: nos conformamos con que no
robe mucho. Perdonada la falta, lo único que se temía era el
exceso.
La expresión es
reveladora y vergonzante. La fatalidad de la corrupción por encima de la
posibilidad de evitarla o castigarla. La resignación sustituyendo a la
indignación.
Pasivos,
espectadores silenciosos, todos hemos sido testigos, y cómplices, de la
tragicomedia.
Primer acto:
personajes sin antecedente de riqueza, se hacen de un espacio en el
gobierno, entre más alto, mejor; segundo acto: los personajes
negocian, arreglan, venden, traicionan, trafican con influencias,
exigen, suman montos insólitos en su haber secreto, efectivo y
propiedades al bolsillo; tercer acto: los personajes, antes
escasos de bienes y recursos, se despiden de su período de abundancia
repentina y se prepararán para saltar al siguiente cargo, teniendo en
sus haberes incontables y múltiples propiedades, cuentas bancarias, y lo
más usual, nombres prestados para "ocultar" las huellas.
Pero ni la
felicidad ni la riqueza pueden ocultarse: los espectadores han de
presenciar la obra que no termina nunca y asombrarse de la opulencia
construida en unos meses, unos años, instantes generosos de negocios en
las sombras.
Esos recursos
debieron haber sido devueltos a los ciudadanos en obras públicas,
escuelas, hospitales, seguridad, servicios, pero han quedado atrapados
en la ambición de unos cuantos. El lenguaje sabe decirlo bien: han sido
robados, saqueados, exprimidos por el gobernante y sus cómplices.
La virtud de la
honradez se construye desde la infancia. Ya decía Napoleón que la
educación de un hijo empieza veinte años antes de que nazca.
El gobernante que
alcanza su posición sin una clara conciencia del valor de la confianza
que se deposita en él, suele extraviar el rumbo, sustituir la visión
del bien común por el interés personal, y suele perder la perspectiva
del dinero: ve el presupuesto y lo siente propio, como propio lo ejerce
y a cada instante se oye el sonido del robo en el bolsillo.
Más extremo, desde
luego, es aquel que no puede argumentar extravío porque desde que se
propuso llegar sabía para qué quería el puesto.
La honradez es
virtud innegociable e inexcusable.. En el ejercicio del gobierno,
alguien puede equivocarse, decidir erróneamente, dudar o precipitarse;
no es deseable, pero es comprensible. Pero robar (y no hay por qué
buscar otra palabra más fina) es inaceptable. No hay justificación
posible, aunque algunos intenten disfrazar o diluir el robo.
Sólo hay dos
motivos por los que alguien no delinque cuando la tentación se presenta:
o por principios o por temor. Los principios corresponden al orden de la
virtud; el temor, al de la sobrevivencia.
Cuando los
principios no operan, deben establecerse los controles. Una sociedad
saturada de controles, a veces inoperantes, revela la profundidad de su
descomposición. México disputa lugares relevantes en la lista de la
corrupción.
Podrá alguien
decir que la corrupción es una actividad que llegó para quedarse, así lo
dice la historia, pero esto es falso. Si no se puede cortar el problema
de raíz, sí existen medidas de fondo que ayudarían mucho si demandamos
medidas concretas.
En mi siguiente
colaboración propondré cuál puede una de estas medidas y veremos cómo
está al alcance de nuestras manos y es factible de realizar… lo que
necesitamos es participar, participar y participar, no importa la
trinchera.
jema444@gmail.com
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