Madre (Cuento)
Eran
altas horas de la madrugada mientras “Madre” con la máquina de coser que
había conseguido con todo el esfuerzo de una vida difícil, pedaleaba sin
parar emitiendo ese sonido inconfundible “chic-chac-chic-chac…tactactactac…”
que se había convertido en compañero nocturno diario para obtener parte del
sustento con el que alimentar, vestir y dar mejor vida a sus cinco hijos que
dormían plácidamente, entretanto, soñando en que al día siguiente tendría
qué comer.
A la
mujer le dolía la espalda y tenía las piernas entumecidas e hinchadas pero
no cejaba en su esfuerzo para acabar el vestidito encargado por la “señora”
y que al día siguiente luciría su pequeña agraciada en el feliz día de su
primera comunión.
Se le
cerraban los ojos del cansancio y a la luz mortecina de una bombilla pelada
se despabilaba sobresaltada de rato en rato con el otro pensamiento; -“Dios
mío que no me va a dar tiempo a terminar de moler el café que tengo que
vender mañana…”.
Sí,
también molturaba café que vendía, fregaba, lavaba la ropa a otros y se la
planchaba para sacar a su prole adelante, por un mísero jornal que
consideraba un privilegio y un tesoro…
Era la
“cabeza de familia” y su misión nacida del amor, más allá de lo que llamaban
“instinto maternal”, le hacía sacar fuerzas de la flaqueza para ver a sus
hijos crecer felices, alegres y con un futuro mejor que el presente continuo
que desde su adolescencia, en la que concibió a su primer retoño, se había
convertido la rutina de su vida sin un hombre que la abrazara con ternura
ahora y que la auxiliara en los momentos de flaqueza.
Los
vecinos con esa acritud que caracteriza el lado obscuro de los humanos la
apodaban “la madre soltera”, “la malquerida”; ella lo sabía y cunado los
saludaba les regalaba la mejor de sus sonrisas, remarcando las bellas
arrugas que su faz había fraguado después de tantos años de vivencias y de
amores baldíos…
El
cansancio era cada vez más plomizo, los párpados que ocultaban unos
preciosos ojos enrojecidos terminaron por cerrarse, dando paso a un sueño
merecido.
“Dios
era ahora “Madre” y “Mujer” lucía un halo de luz hermoso por cabellera que
se mecía al son de la música celestial del canto de millones de Ángeles
también mujeres… -¿Qué extraño; se cuestionaba en ese segundo mundo de
Morfeo?...
Oía al
mortero molturando, veía como el jabón se bañaba en la vieja pila para a
ratos lavar la ropa sucia y a otros quitarse la cabellera de espuma que le
ocultaba sus picarones ojos sonrientes… el viento elevaba, como si de un
embrujo se tratara la ropa hasta el tenderete para con sus abrazos y
caricias secarla.
-¿Qué
curioso se decía?, cómo es posible que la plancha haya encendido el carbón
para calentarse y ponerse a planchar sola… y ¿por qué la máquina de coser
sigue faenando si no muevo los pies?…
Se sumió
en la paz del silencio y tierno olvido; aunque intentaba despertar no pudo.
Transcurrieron pocas horas cuando la luz del nuevo amanecer de aquel domingo
de mayo, inundado por una fragancia inconfundible de olor de las rosas y
jazmines y la algarabía del trinar de los pajarillos alegres anunció el
regalo de un nuevo día de vida.
“Madre”
con la visión borrosa de unos ojos cansados parpadeó para aclararla aún
aletargada por el corto descanso y con su cuerpo entumecido comenzó a
desperezarse para seguir con su faena inacabada.
De
pronto se sobresaltó; el vestidito que estaba cosiendo no estaba en la
máquina de coser, todo estaba limpio y planchado, el café molido empaquetado
en bolsas de papel de estraza…
El
intenso perfume y la tenue luz del nuevo amanecer le hizo parpadear varias
veces… -Seguiré dormida, pensó; qué sueño tan hermoso si fuera realidad.
Pero cuando al estirarse esforzándose por despertar oyó el crujir de sus
huesos se dio cuenta que el “segundo mundo” había sido real.
Al darse
la vuelta vio a sus cinco hijos que al unísono le dijeron, “feliz día mamá”
y se le abrazaron besándola y dándole por regalo su calor y amor de
“polluelos”.
Desde
entonces todos los años ese mismo día se cumple el mismo sueño en quienes
son “Madres” de verdad.
Por Manuel Matamala García
Almería a 3 de mayo de 2008.
Dedicado a las Madres.