ACERCA DEL
“PANGOLFISMO”
Por Abel La Calle Marcos. 23-03-06
Preguntas críticas sobre el «pangolfismo»
El Instituto Cajamar tiene el buen criterio de
fomentar la reflexión económica sobre el desarrollo de Almería y, en
ese marco, organizó un debate sobre el «turismo residencial». En él
se habló, entre otras cuestiones de aquellas promociones
urbanísticas residenciales que integran un campo de golf.
El economista Federico Aguilera Klink siempre insiste
en que es necesario identificar los actos por el interés que les
mueve. Para empezar por estas reflexiones hay que decir que, según
reza el título, su interés es aportar algunas ideas críticas sobre
dichas urbanizaciones.
¿Qué es lo que se promueve?
Si seguimos el buen consejo del profesor Aguilera
Klink y observamos los citados desarrollos urbanísticos, resulta
evidente que su principal interés es el negocio inmobiliario, no el
golf. En estos casos se compran terrenos a precio de suelo no
urbanizable, se conviene con el Ayuntamiento su reclasificación y
promueven urbanizaciones aisladas que ofrecen viviendas con «valor
añadido». Se venden mejor segundas residencias asociadas a imágenes
de clima cálido, espacios verdes, ocio diverso, tranquilo y
saludable, buenas comunicaciones y precios rentables.
Por tanto, nuestra discusión no es sobre el deporte
del golf, ni siquiera sobre los campos de golf en sí mismos. El
debate social está en preguntarnos qué desarrollo queremos y si ese
tipo de negocio inmobiliario, es nuestro modelo de desarrollo.
Pan para hoy ¿y para mañana?
La implantación de estas urbanizaciones generan una
riqueza a corto plazo especialmente para quien las promueve, también
para los Ayuntamientos que ven incrementar sus ingresos de una forma
extraordinaria y para aquellos propietarios cuyos suelos alcanzan un
mayor precio en el mercado. Pero qué ocurre con estas urbanizaciones
a medio y largo plazo. Que acaban moviéndose en la disyuntiva de ser
residencias habituales que reclaman todos los servicios de una
ciudad, o segundas residencias que no quieren enfrentarse a los
gastos que generan esas mejoras estructurales. Los Ayuntamientos de
los que dependen ya no encuentran a los promotores para que
sufraguen los gastos que genera su mantenimiento y en caso de que se
crearan entidades de conservación se encuentran incapacitadas para
dar una solución. Recordemos en este ultimo caso lo ocurrido con
Retamar o Costacabana.
La experiencia nos enseña que las decisiones sobre
nuestro desarrollo siempre deben poner la vista en el largo plazo ya
que es casi imposible un equilibrio económico, social y ambiental
con beneficios a corto plazo.
¿La cebolla o el racimo?
Cuando se habla de urbanizaciones con campo de golf
se aboca irremediablemente al debate entre el desarrollo urbano
continuo como si se tratara de sucesivas capas de una cebolla o el
desarrollo discontinuo como si se tratara de una racimo de núcleos
de población.
Es evidente que un promotor preferirá siempre comprar
terrenos a precio de suelo no urbanizable sin expectativas
aparentes, que suelos próximos a un núcleo urbano que, a pesar de
ser no urbanizables, tendrán un precio mucho mayor.
Sin embargo, ese crecimiento urbano discontinuo
favorece la segregación social y funcional entre núcleos
residenciales de primera y segunda vivienda, reduce o elimina los
componentes rurales y naturales que caracterizan el lugar y ponen en
peligro la personalidad de los núcleos urbanos preexistentes.
Además, el carácter territorial discontinuo de estas
urbanizaciones comporta, en todos los casos, un aumento importante
de los costes de los servicios públicos (carreteras, conducciones de
agua, saneamiento, electricidad, etc.). Pensemos en que la distancia
siempre es un obstáculo para el acceso a los servicios, se reduce la
eficiencia y hace necesario el transporte.
Los promotores han de pagar la implantación de
algunos de esos servicios pero a medio y largo plazo quienes pagan
el sobrecoste son los ciudadanos en sus impuestos o en déficit de
los presupuestos municipales.
Por último, esta discontinuidad aumenta el
fraccionamiento del territorio lo que constituye una de las
principales causas de la reducción de la biodiversidad.
¿Pedirle peras al olmo?
El sentido -no tan- común nos dice que los campos de
golf tienen su implantación lógica en lugares con clima húmedo y
praderas naturales que sólo requieren para su establecimiento unas
leves modificaciones del medio. De hecho, históricamente, estos
campos de juego tuvieron su desarrollo hasta el siglo XVIII en
Países Bajos, Escocia, Inglaterra o Francia.
Sin embargo, esto parece olvidarse. Recordemos que el
clima mediterráneo de Almería es, probablemente, el más cálido de
Europa. La pluviosidad en las zonas donde se implantan oscila los
200 mm (INME) y, no obstante, la superficie de cultivos bajo
plástico ha llegado actualmente a las 26.100 ha (Instituto Cajamar).
Estas condiciones han determinado que se haya roto el
equilibrio entre las demandas y los recursos disponibles. Este
estrés hídrico severo ha ocasionado la sobreexplotación de nuestros
acuíferos que es especialmente grave en el litoral de El Ejido,
Níjar y el bajo Almanzora (Agencia Andaluza del Agua).
A este escenario de escasez económica hemos de añadir
las sequías recurrentes y, todo ello, no parece que haga aconsejable
adoptar como modelo de desarrollo las citadas urbanizaciones con
campos de golf.
Se ha dicho que los campos de golf no consumirían
nuevos recursos hídricos porque se abastecerían de las aguas
residuales depuradas. Pero esta propuesta parece olvidar que los
usuarios agrícolas habrán de sustituir parte de los consumos de las
aguas subterráneas por las aguas residuales, correctamente
depuradas, para permitir la recuperación de los acuíferos. Además,
se parte de que se utilizarán las aguas residuales de las viviendas
que se construyen en la urbanización pero, qué ocurre en los meses
de baja ocupación y por tanto sin aguas residuales suficientes, con
qué aguas se regará en esos momentos.
¿Dónde está Wally?
Parafraseando a Martin Handford nos preguntamos
¿dónde están las Administraciones públicas? Miramos a nuestro
alrededor y echamos de menos la Administración pública que, según
nuestra Constitución, actúa con objetividad y eficacia para servir
al interés general con la participación directa de los ciudadanos en
los asuntos públicos.
Hace falta una coordinación leal de las
Administraciones públicas que no encontramos ¿Cuánto tiempo lleva
elaborándose el Decreto sobre campos de golf entre las Consejerías
con competencias en la ordenación del territorio, turismo y medio
ambiente? ¿Por qué ciertos ayuntamientos promueven duplicar su
población en nuevas urbanizaciones, sin más participación ciudadana
que los limitados períodos de información pública?
¿El modelo es California?
Con frecuencia se dice que el modelo de abundancia de
campos de golf es el de California. Sin embargo nuestra sociedad es
bien distinta a la que mantiene dicha profusión de golf. Tal vez
debamos crear antes la cultura californiana de innovación
tecnológica e industrial, pero difícilmente podemos crear un Silicon
Valley rodeándonos de tantos campos de golf como ellos.
Parece lógico que nuestro modelo de desarrollo debe
ser más adecuado a nuestra cultura, clima y condiciones naturales.
Por otra parte, el turismo a fomentar debe ayudarnos a estructurar
el territorio más que a alterarlo, a proteger nuestro mayor reclamo:
los espacios naturales, el paisaje que siempre recuerdan los que nos
visitaron. La alternativa al modelo turístico «sol y playa» que
tiene sentido común es nuestro medio natural, su paisaje semiárido,
su rica biodiversidad.