ALGO MÁS QUE PALABRAS
DEL UNIVERSO AL VERSO
DE JUAN PABLO II
03-04-05
Siempre
ha sido del verso y la palabra, porque los poetas nacen y brotan como la
primavera. Juan Pablo II cultivó los jardines del verbo desde el perfume
de la belleza e hizo con ellos un mar de autenticidad al que se llega
con el corazón muerto y se sale con el corazón vivo. Su lenguaje es
claro y hondo, de verso en pecho. Pienso que todas sus obras han sido
injertadas por la poesía. Nos elevan como si fuera un cantautor de la
vida, parece que un poeta en guardia es quien nos habla, con las pausas
del silencio y los tonos del abecedario. Alaba el amor del Creador
recreado en pura mística y sus irrepetibles loas nos invitan a crecer en
las ideas del ser y de la existencia: ¿Quién es
Él?/ Es como un espacio inexpresable que abarca todo/ Él es el Creador:
/ Abarca todo llamando a la existencia a partir de la nada, / no sólo en
el principio sino para siempre…” Hay conmoción en su decir, propio de un
poeta cristiano que reflexiona en voz alta, sin estridencias, sobre los
temas de nuestro tiempo que tanto nos conmueven, siempre cruzando el
umbral de la esperanza, evocando vivencias vividas, en continua
meditación versátil, sin perder la memoria, ni la identidad.
Cuentan
los biógrafos de Juan Pablo II que sintió con tal fuerza la misión de
anunciar al Señor y la necesidad de quitar el hambre de Dios a toda la
humanidad, que quiso culminar sus estudios teológicos con una tesis
sobre un hombre de experiencia de Dios, un místico y maestro de verbo,
San Juan de la Cruz, el poeta de la Noche oscura y del enamoramiento de
Dios. Se comenta la predilección de unos versos que al Papa llenaban su
corazón, que bien pueden servirnos hoy para evocar su camino y su cruz:
“Oh noche que me has guiado; / oh, noche más amable que la aurora; / oh,
noche que has unido al Amado con la amada”. También se ha dicho que la
tesis a la que había dedicado tanto tiempo no era sólo una investigación
científica, era una necesidad de acercarse a un hombre como San Juan de
la Cruz, que le sedujo desde el primer instante, para así prestar la
vida y dar a conocer a este Dios que se nos ha revelado en Jesucristo.
Llevados por este horizonte penetrante de pureza que nos trasciende, se
comprende más profundamente estos versos del Santo Padre cuando se
refiere a Jesucristo: “No estáis solos en vuestro camino. / Jamás, ni
siquiera en un instante, / se separa de vosotros mi mirada”.
Se ha
dicho que el Papa falleció tras participar en misa de la fiesta de la
Divina Misericordia, proclamada por él mismo hace cinco años. Y una vez
más, nos trae a la mente, en cierta forma, soplos de versos que nos
avivan: el anuncio de la piedad, compasión, clemencia, indulgencia,
bondad, gracia, perdón, ternura…de Dios con cada ser humano. Una
atmósfera tan espiritual como piadosa, tan poética como clarividente.
Todo se funde y se infunde como si de su propio verso manara: “El
final es igual de invisible como el principio. / El Universo fue creado
por el Verbo y al Verbo regresa”. El camino de la Divina
Misericordia acompaña a Juan Pablo II en estos momentos en los que su
poesía es una estela de esperanza que nos renueva y renace, una
extraordinaria donación por la que todo el mundo, sin diferencias de
credo, siente admiración. Se ha hecho valer y ha sido la persona mejor
valorada en el mundo. Ha venido a vernos y nos ha dejado cautivos por la
palabra, por ese verso salido del alma y por esa voz en favor de los sin
voz.
Se ha
pasado la vida entregado a comunicar la verdad que percibe en su propio
corazón, y al igual que todo verdadero poeta, versifica los asombros que
percibe hasta asombrarnos su manera de expresar tan níveo sentimiento: “Lo
que tuvo forma se volvió informe. / Lo que era vivo, he aquí muerto. /
Lo que era bello, he aquí ahora la fealdad del despojo. / ¡Mas no me
muero entero, / lo que es indestructible en mí, permanece!” Tras de sí,
ese vivir de amor plasmado en versos, espiga una tierra nueva, renovada.
En toda su poesía hay un denominador común, una gran profundidad
teológica y espiritual inspiradas en la sagrada Escritura. Cantó
todas las expresiones de la caridad divina de Cristo, como las presenta
el Evangelio.
Ya se
sabe, la poesía es eterna, es del tiempo, para el tiempo y para todas
las edades. El libro del universo, al que tanto amó Juan Pablo II y que
tanto le gustaba respirar desde la soledad de la montaña, donde se
confunde el horizonte con el cielo, no tiene fecha de caducidad. Como
tampoco la tienen poemas escritos hace miles de años y que todavía hoy
nos siguen conmoviendo, llevándonos a reflexionar sobre nuestra
ingenuidad y nuestro misterio. Por este motivo, considero que ha sido de
suma importancia esa apertura del Santo Padre en relación con el mundo
de las letras y de los artistas, pues como él mismo dijo: “la belleza
salvará al mundo”.
Ahí
queda para toda la eternidad su libro de poemas “Tríptico romano”, en el
que el Pontífice medita sobre la vida y la muerte, recuerda cuando fue
elegido Papa en la Capilla Sixtina y habla del día en que los cardenales
se reunirán para nombrar a su sucesor. “¡Se
permitió al hombre morir una sola vez y, luego, el Juicio! / La
transparencia final y la luz. / La transparencia de los hechos / La
transparencia de las conciencias / Es preciso que, durante el cónclave,
Miguel Ángel / concientice a los hombres / No olvidéis: Omnia nuda et
aperta sunt ante oculos Eius. / Tú que penetras todo, ¡indica! Él
indicará...” Desde luego, Juan Pablo II ha sido un verdadero
poeta, que nos abrió la ventana del verso, como una invitación a gustar
la vida y a degustar del amor, a vivir en paz con todas las culturas y a
soñar un futuro en poesía. Ese ha sido su poder, el de saber podar para
que la rosa acreciente los pétalos y perfume a toda la humanidad de ese
halito creador que el santo Padre tuvo por bandera, la alborada del
verso estrechamente vinculado a su vivencia de fe y a su convivencia
sembradora de luz.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -