ALGO MÁS QUE PALABRAS
RESPETOS GUARDAN
RESPETOS
28-03-05
Todavía
hoy es una credencial cotizadísima haber estudiado en colegios
religiosos, no sólo para alcanzar puestos en los que se requiere una
altísima formación, sino incluso para hacer vida social. En este tema no
hemos cambiado apenas. Para desgracia, prosigue la diferencia entre los
centros de pago (con un determinado ideario cristiano) y los públicos,
cuestión inconcebible en un país que propugna, a través de la educación,
el pleno desarrollo de la personalidad humana desde el respeto a unos
principios básicos de convivencia. La realidad nos da la razón. A estas
alturas del siglo, aún la gran preocupación de los padres es que sus
hijos estudien en colegios religiosos. Consecuencia: las plazas duran
menos que un pastel en el patio de un colegio. Por algo será. Este
desvelo debiera decirles algo a los responsables de garantizar este
derecho, a fin de acortar esas absurdas diferencias que si perjudican a
alguien, siempre son a los mismos, a los de menos poder adquisitivo.
Está
visto que los jóvenes, cada día más, deben empaparse de un saber
integral amplio, sobre todo humanizador y humanista, que no suele
impartirse en los centros públicos. Esto es de suma importancia, puesto
que les capacita para el discernimiento, en un mundo que se nos queda
chico, y en el que hemos de convivir culturas muy dispares. Por eso,
causa espanto la actitud de algunos cualificados universitarios que
rehúsan de la pasión por la búsqueda de la verdad, sin sensibilidad
alguna, ni compromiso de servicio. Lo de hacer litronas es un claro
ejemplo del fallo de un sistema educativo sin principios, donde nadie
respeta a nadie. No debiera ser antiguo lo de alabar la cortesía en
quien todavía la ejercita, entre los que se encuentra también una
sustanciosa parte de la juventud, que casualidades de la vida suelen
haber estudiado en centros de inspiración cristiana. Debo subrayarlo, al
césar lo que es del césar.
Postergamos que respetos guardan respetos,
cuando es recíproco. Uno de los llamamientos que, con más insistencia y
de manera mayoritaria se viene haciendo en contra de lo que se dice, es
el del respeto a la vida; la gran injusticia del nuevo siglo. En este
drama inhumano, todo el mundo es víctima y no hay un vencedor. Si acaso
vencidos, por lo que se ha dado en llamar la cultura de la muerte. De
nada sirven los orgullos académicos, ni los poderes por muy democráticos
que se nos vendan, si no son capaces de frenar el ciclón devastador de
la violencia. Hay que plantarle cara a la evidencia, y para ello se
precisa una formación cultivada en la ética, que ponga al descubierto
intereses mezquinos que no conducen nada más que a la desesperación. Ya
se sabe, gloria falsamente alcanzada se cae al primer viento. La
atmósfera del desespero se acrecienta, otro nuevo sino, para los peor
instruidos en moralidad que ni atiborrados de pastillas pueden caminar.
El panorama es más bien desalentador. Los
ojos de la ciega noche se clavan en la vista a poco que uno salga a
tomar vida por los horizontes del cielo. Hay crispación en el ambiente.
Desasosiego en las miradas. Tristeza en el semblante. Tipos que sacan
pecho irreverente, descortés, desvergonzado, en doquier esquina. Todo
anda como muy desmadrado y a destiempo. ¿Por qué la autoridad sostiene
estas conductas? –me pregunto. Quizás por puro dividendo –pienso. Al
poder, con más sombras que transparencias, le sostiene una obediencia
aborregada, servil, una ciudadanía entretenida en cotilleos de poca
monta. No importa que todo se destruya en un santiamén, que el ser
humano se vuelva un salvaje, con tal de permanecer bien servido y poder
servirse del cargo. Los irresponsables nos ganan la batalla, y lo que es
peor, en cualquier momento alguien puede dictar un sms, sin un
sos que lo cepille, y cepillarnos la existencia. Por desgracia,
estamos vendidos como un producto más de mercado al uso.
Tampoco hay respeto por las raíces
históricas. Olvidamos que ellas son las que nos sostienen. Su lenguaje
ya es literatura que hemos de saber leer, porque lo literario ayuda a
digerir las ofensas de la vida. Todos los testimonios, todos los
memorandos, todas las efigies, son vitales para poder caminar con la
experiencia de lo vivido. En el diario de la deshumanización que
soportamos, pueden ser muy saludables moralmente los golpes que la vida
ha soportado en el curso de la historia. Si los tuviésemos en cuenta
quizás actuaríamos de distinta forma. Ese afán de cambio continuo cuando
menos nos pone en alerta. A veces nos faltan mesuras y libertades. Si
acaso lo que debiera desvelarnos, es tomar en consideración lo que
propugna la ONU, vivir sin miseria y sin temor, en dignidad. Una buena
propuesta para llevar a buen término. ¿Qué mayor miseria y temor para un
padre no tener la libertad de poder llevar al colegio que uno quiera a
su hijo, por ejemplo?
El respeto es una de esas libertades que
germina de los derechos fundamentales. Respeta para que te respeten.
Cuestión que no es nada fácil. Abarca todas las esferas de la vida y
todos los entornos. Por ejemplo, la clave contra la guerra, pasa por el
aprecio al ser humano como tal. Si aceptarse en este mundo de
superficialidades ya es difícil, no menos fácil resulta
comprender a los demás, su forma de pensar y de
sentir. Por eso, es tan significativo cultivarse por dentro para
comprender situaciones y mundos. Atmósfera que no suele darse en la
educación pública, donde los docentes han perdido toda la autoridad y
autoestima. Cuando se pierde la estima también nos abandonan todos los
estilos, por muchos programas curriculares o encantos mediáticos que nos
implanten los asesores de imagen. Esto genera una pérdida de papeles
total por todos los bandos y bandas.
Debido a esta falta
de consideración hacia todos e incluso hacia nosotros mismos, la
prevención sólo reside en una educación universalista, que fomente y
fundamente su docencia, en valores que nos dignifiquen. Tanto los que
acuden a una enseñanza como a otra, debieran ser merecedores de este
derecho. Y esas diferencias que apuntaba al principio de recibir una
enseñanza u otra, no se producirían. Lo que resulta lamentable es que un
valor tan elemental como el derecho a la educación y a la libertad de
enseñanza, se ponga tantas veces en entredicho, y que nuestros políticos
sean incapaces de poner orden en esta materia, con soluciones de
equilibrio, que satisfagan a unos y otros en un asunto de tanta
trascendencia. Que cada gobierno legisle a su modo y manera, como le
parece oportuno y conveniente, sin pacto alguno, es un mal talante que
debiéramos atajar con urgencia. Si algo habría que enaltecer para que se
produzca ese respeto mutuo, es una nueva didáctica educativa.
Necesitamos, pues, retomar el timón del aprendizaje. No se puede
permitir por más tiempo que navegue como un barco a la deriva del
político de turno.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -