ALGO MÁS QUE PALABRAS
DE LA SUMISIÓN A LA REBELIÓN
22-03-05
Ha llegado la primavera, con la semana santa, en un momento en que
todo está como muy desesperanzado y hasta la cintura de los árboles
resienten nuestro cansancio. Caminan muchos corazones rotos de pena,
mutilados, mudos de versos, con la mirada caída de tanto beber tristeza.
Andamos como borrachos: de vacío en vacío. Así no hay flor que nos
levante. Todo está como muy dislocado. Por una parte está el típico
señorito insatisfecho, que pretende tener todo los derechos y ninguna
obligación. Su máxima complacencia, en todo caso, es acrecentar
sumisos. Por la otra banda está un nutrido grupo de ciudadanos que han
optado por la pasividad, nada les hostiga, se someten a la jerarquía
social digan lo que digan o fomenten lo que fomenten. Sin embargo, cabe
preguntarse si éstos que han llegado a esa cúspide jerárquica,
considerados élites o estrellas, líderes especialistas que no suelen
admitir discernimiento alguno, se consideran dioses en su especialidad,
desatienden responsabilidades de ilustrar con el ejemplo, con la
autoridad del sentido común y de la coherencia.
A mi juicio hemos perdido equilibrios tan vitales como aquellos que
nos desordenan el orden natural, que es innato a la existencia. Lo
asumimos aunque descienda la amargura a los portales de la primavera y
nos reconozcan como víboras a ras de suelo. En el pecado va la
penitencia. Verdaderamente habría que sublevarse contra la legión de
cínicos y corruptos, esos garbanzos negros que se aprovechan de la
democracia, culpables de que la humanidad rompa lazos solidarios, porque
no puede haber riqueza sin justicia social, libertad sin orden,
pluralidad sin familia bien avenida. A juzgar por las manos que se
extienden en la calle, la pobreza aumenta en España. A poco que nuestros
políticos fuesen menos gastosos, se podría establecer un salario vital
con aportaciones de empresarios y administraciones, para esos hogares
que malviven en doquier chabola de un polígono marginal. Eso sería
predicar con argumento, a favor de una Europa más sensible, poniendo los
avances de la ciencia, de la economía, y del bienestar social en lugar
distinto a un consumismo sin sentido, sino al servicio de todo ser
humano necesitado.
El mundo de la marginalidad avanza de muchas maneras. Hay un eco
desesperante en los cielos tristes de esa infancia que crece en las
chabolas, mientras dos pasos adelante está la otra frontera, la de la
sociedad de la opulencia que pasa de reconocer la responsabilidad de
hacer extensivo el bienestar a todos, aunque un malestar espiritual
también nos empobrezca de forma diferente, por mucho barniz de cirugía
estética que uno se embadurne por el cuerpo. El alma no entiende de
tintes, sino de entregas a una existencia que, para ser agradecida, debe
ser entregada sin condicionante alguno a toda vida. Quizás sea un buen
tiempo, el actual, para reflexionar sobre todo ello, puesto que la
atmósfera pascual está penetrada de un sentido meditativo y de un
despertar primaveral. Son nuevos los corazones de los cristianos,
renovados por la semana santa. Y no menos vivo es el zumo de la
primavera. También ayuda a renacer por dentro, dejando en el aire una
estela de amor que se agradece, para que la convivencia reconduzca pasos
perdidos.
“Paz, paz, paz para leer/ un libro abierto en el alba/ y otro en el
atardecer”, dicen unos versos de Alberti. Y yo me pregunto: ¿cómo puede
haber paz si matamos a la primavera, ese embrión que es pura poesía, el
primer brote de la existencia de un ser humano? Todos hemos sido ese
verso, la vida que germina. Aquí no cabe la sumisión, ni lavarse las
manos como Pilatos, porque la primavera humana no puede desaparecer, hay
que cultivarla para que florezca, sin vasallajes, la cultura de la
familia y de la existencia. Las irresponsabilidades, más pronto que
tarde, se pagan. Hoy tampoco se educa para la responsabilidad, cuestión
vital para que la madurez afectiva retoñe. El resultado del desenfreno,
ya lo percibimos. La misma sanidad nos dice que un altísimo porcentaje
de nuevos casos de sida en nuestro país contrajeron la infección por vía
sexual.
En consecuencia, ante tantos desajustes que perturban la ansiada
primavera, pienso que la docilidad cuando la degradación de la educación
y la cultura salta a la vista, requiere pasar de la sumisión al plante;
plantar nuevas actitudes que nos regeneren de las barbaries que
coexisten y cohabitan. Pese a las guerras de intereses, la injusticia de
la justicia y las dificultades porque los desiguales alcancen a los
iguales en el bienestar social, cuando vemos las cosas con ojos de
compartir todo se ve muy diferente. Nos falta esa mirada crecida de
esperanza, cuya unidad se funde en la auténtica libertad. ¿Cómo puede
nacer una generación juvenil abierta a la verdad, sentir la belleza como
algo propio, revalorizar la nobleza, si la familia ya no se presenta
como una primavera expansiva a la vida y al amor desinteresado? Tal y
como está el patio de revuelto en sombras, debiera conmovernos gestar un
nuevo renacer, donde puedan contemplarse sin sobresaltos las bellas
flores de la alegría, la humildad, la sencillez y el servicio. Donde el
amor, al amor, mueva los corazones.
Ya se sabe que la nueva civilización comienza con cada uno de nosotros,
con cada corazón que se decide a amar, y amar hasta las últimas
consecuencias. Podemos y debemos hacerlo. Es el momento. Y, al forjarlo,
podremos darnos cuenta de que hasta las lágrimas salidas del alma
fructifican, preparan el terreno para un nuevo florecer, más en el
espíritu que en el cuerpo. Annan propone crear un nuevo Consejo de
Derechos Humanos como parte de la reforma de la ONU. Puede ser un buen
comienzo para el florecimiento y un buen principio para que la
discrepancia se analice, no suponga inacción, sino acción concertada en
el optimismo y en la capacidad humana. Yo apuesto por esta rebelión en
favor de una vida más digna para todos, puesto que el escenario
contemporáneo de guerras, injusticias e inmoralidad, no me deja ver la
sonrisa primaveral, donde anida luz y savia.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -