ALGO MÁS QUE PALABRAS
LA
CONVENIENCIA DEL MÁS FUERTE
27-02-05
Si
escribir es una forma de aprender a leer del libro de la vida, la
literatura es la mayor de las utilidades para poder caminar por este
mundo en el que la justicia –coincido con Platón- no es otra cosa que la
conveniencia del más fuerte. El viaje con las palabras suaviza los
corazones y enternece, invita al intercambio de ideas, armoniza a los
fanáticos con fonéticas que moderan y sin levantar la voz se reblandecen
los leones. El reino de la equidad es más una atmósfera de almas que de
vientos humanos. No es fácil abrir la ventana de los oídos y tener el
coraje de mirar dentro de sí, volver la vista atrás y soñar
posibilidades que nos encaminen a la ecuanimidad.
Tal vez, por las prisas, nos falte tiempo para hallarnos. Lo de crear
análisis interior, cada uno consigo mismo, forja el pensar en los demás.
Por ello, considero que es una buena manera de hacer ley, sin
conveniencias interesadas, el que un grupo de catedráticos de Historia
del Derecho de varias universidades españolas constituyan un grupo de
trabajo, para analizar la vertebración territorial de España desde una
perspectiva científica e histórica, cuyas conclusiones serán expuestas
en un libro en el año dos mil siete. Ya es hora de que las gentes de
cátedra sienten sus ideas y asienten sus posturas en un mundo tan
desordenado como desorganizado. Esto siempre es saludable. A mayor
profundidad en el conocimiento, mejor capacidad para preocuparse y
ocuparse de transmitir experiencias vividas. Porque el estudio, en parte
es eso, vida existida y asistida.
Lo justo no es
dejarse llevar por el poder y convenir callarse. Puede ser cómodo y
encima da su beneficio. Se olvida que el tiempo, al final, todo lo pone
en su sitio. Es el más imparcial de los críticos. Los nacionalismos,
puestos tan en boga hoy en España, no son más que un conjunto de
exclusiones interesadas. Bajo estas contiendas es bastante difícil que
las generaciones futuras sean educadas en el respeto a las
manifestaciones plurales de la lengua y la cultura. Esteban Ibarra,
presidente del Movimiento contra la Intolerancia, ha puesto el dedo en
la llaga al afirmar que hasta el ocio contradice la solidaridad entre
las personas. Claro que habría que poner límites a esos ociosos
noctámbulos que han tomado como divertimento, destruirlo todo a su paso.
Quizás antes tendríamos que borrar de los vídeo-juegos, televisiones y
demás menús embaucadores, la continua dosis de violencia que siembran,
darle una solución al calvario que soportan algunos jóvenes nacidos en
familias disgregadas, ofrecerles otra enseñanza más educativa en valores
de verdad.
Ciertamente, sin
corazón unido al corazón del mundo, no se puede vivir, se llegará a un
horizonte de cuerpos vacíos, a una jungla movida por el instinto del más
fuerte a morir. Deberíamos comenzar a revelarnos contra ese poder en el
que uno vale por la capacidad que tiene para el consumo. Tras la
conveniencia del más fuerte, propongo la avenencia con el débil. Esta
sociedad, con sus poderes al frente, suele castigar con más dureza al
manso que al guerrero, o escuchar a los sembradores del terror antes que
a las víctimas. Ya está bien de levantar muros que nos separen, en vez
de tender puentes que nos acerquen. Se han perdido estilos de buena
educación que habría que recuperar.
La falta de una
formación para la vida, en un mundo repleto de información, nos impide
saber discernir. Por tanto, el que los ministros de Educación de la
Unión Europea destaquen la importancia formativa como algo prioritario,
debe esperanzarnos. Considero vital cumplir ese acertado propósito.
Ahora hay que ponerlo en práctica, más pronto que tarde. Las escuelas
son la base de la civilización. Precisamos reeducarnos para
reintegrarnos, sin otra fuerza que la humanizadora. La propia vida nos
exige una constante educativa. Al fin y al cabo, sólo se puede ser
ecuánime siendo humano. Seguro que con otras miras educadoras, seríamos
incapaces de establecer dispensas de unos territorios sobre otros, de
unas comunidades sobre otras, juego injusto que lo único que produce es
la ira que tanto ofusca a la mente.
Por todos estos
desajustes, los efectos están ahí. Vivimos unos momentos verdaderamente
alarmantes, puesto que empezamos a ser considerados como una especie más
entre tantas. Lo que impera es el indiferentismo hacia lo espiritual, la
ignorancia hacia todo aquello que no sea útil, la permisividad moral y
la pasividad ética. Pienso que la juventud tiene derecho a otro tipo de
cultivos, a una educación que le forme para pensar. El educador no debe
pretender hacer de sus alumnos personas adictas a sus ideas, debe
ayudarles a redescubrir su propia verdad y a ponerse en la piel de los
demás. Ya lo decía Cervantes, cuando la cólera sale de madre, no tiene
la lengua padre, ayo ni freno que la corrija.
Se han salido
tantas cosas del tiesto, que la intolerancia está a la orden del día.
Nos falta fraternizarnos, bajo la distribución de bienes y de recursos,
prestando especial atención a la vida en su camino natural. Un buen
andar vale tanto como un buen patrimonio. Se precisan caminantes, con
carácter de dueño de sí, antes que los artefactos incendiarios del odio
nos exploten en la propia mano. El divorcio último entre la humanidad y
los distintos lenguajes, entre la razón y la semántica, el diálogo y la
esperanza, se precipita en suplicios, donde los poderosos y los siervos
se anulan en vez de complementarse. Y así la sociedad, que es la unión
de los hombres, se va con viento fresco y el mundo con huracanes de
víboras.
Víctor Corcoba Herrero
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Escritor -