ALGO
MÁS QUE PALABRAS
LA CREDENCIAL RELIGIOSA EN EL MUNDO
ACTUAL
16-01-04
Al contemplar la situación actual del mundo contemporáneo
parece que lo religioso nos espanta, especialmente en el campo de la
ética y de lo moral. Es una opinión injustamente difundida más que un
pensamiento generalizado, puesto que son muchas las personas que viven
en soledad la cuestión devota. Algunos medios de comunicación han tomado
por costumbre ridiculizar el hecho religioso y sembrar contrariedad para
confundir. La atmósfera se agrava todavía más, cuando los teólogos con
posturas enfrentadas, en vez de hablar claro y profundo, lo hacen a
medias tintas, halagando oídos y aliándose a doctrinas de fácil
popularidad. Así, desde luego, resulta más complicado enderezar caminos
y aderezar horizontes.
Cuando todo se tergiversa hacia unas independencias
camufladas, lejos del servicio al bien y a la justicia, se camina a la
deriva, con un montón de esclavitudes a cuestas. Ahí está la añorada
guinda de la libertad. A todos nos gusta poseerla. La hemos santificado.
Sin embargo, es tan vociferada como enviciada. Hoy está de moda
considerarla como una rentabilidad personal, aquello que me procura un
beneficio o un goce personal. Realmente, son más bien pocos los que
hablan de la verdadera libertad, aquella ordenada hacia el Creador,
fruto del crecimiento humano y de una bondadosa semilla en desarrollo,
dádiva a compartir todos con todos los seres humanos, voluntad que rige
el orden moral del universo. Ya lo dijo Willian Hazlitt: “el amor a la
libertad es amor al prójimo; el amor al poder es amor a sí mismo”. El
lector dirá con qué amor andamos.
La ceguera de los nuevos tiempos concibe al hombre como
un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su interés
propio en el goce de las cosas, en su mayoría ocultando toda credencial
religiosa, tanto en su forma de ser como en sus actuaciones. Claro, así,
con esta forma de pensar, ciertamente, no se necesita una Constitución
europea que haga mención a los valores del Evangelio, la confirmación
más plena de todos los derechos del hombre, y mucho menos a nuestras
raíces cristianas centradas en el hombre, un ser para el que la única
dimensión adecuada es el amor sobre todo lo demás.
Se nos dice que la Constitución europea, próximamente
sometida a referéndum, es una etapa importante de la construcción
europeísta. Que ha sido redactada con el fin de responder a los desafíos
que plantea la Europa del mañana: una Europa de veinticinco Estados
miembros y cuatrocientos cincuenta millones de habitantes; una Europa
democrática, transparente, eficaz y al servicio de los europeos. Creo
que a todos nos satisface la idea, aunque también a muchos nos invade la
duda. Ya me dirán cómo pueden cambiarse estructuras que acrecientan las
desigualdades desde la sola lógica humana y racional de la economía, de
la política y de la sociedad, sin contar con renovar actitudes más
humanistas y éticas, en la medida de más amor hacia los que más amor
necesitan; porque el bien, ha de ser común, para el común de los
humanos. Se olvida que muchos de los valores constitucionales están
contenidos en las enseñanzas religiosas, que también se pretenden
defenestrar de los planes docentes.
En este sentido, cuando tanto se nos llena la boca de
europeístas defensores de derechos, cuesta entender que padres y
docentes, a estas alturas del constitucionalismo español, tengan que
movilizarse todavía y presentar millares de firmas, para que no se les
prive a sus hijos de una educación conforme a sus convicciones
religiosas, filosóficas y pedagógicas. ¿Qué libertad es ésta?
Sorprendentemente, sin sentido alguno, se relega de una disciplina que
da una visión armónica del mundo y de la vida humana. Téngase en cuenta,
además, que para entender nuestra cultura, cuyos valores y expresiones
artísticas hunden sus raíces en la fe cristiana, ha de profundizarse en
los valores teológicos y espirituales desarrollados a lo largo y ancho
de nuestra historia. ¿Por qué esa vergüenza? ¿O quizás es miedo a la
religión como fuerza transformadora? Si las religiones no deben ser
usadas como trágico pretexto para antagonismos, ya que nadie tiene
derecho a invocar a Dios en beneficio de sus propios intereses egoístas,
tampoco es de recibo que el mundo actual, sobre todo el europeo,
desvirtué continuamente lo religioso y lo devore a la indiferencia.
El fomento de lo religioso ayuda a liberar al hombre
contemporáneo del miedo a las ataduras creadas por el propio hombre.
Aunque sólo sea por eso, todo pueblo necesita ser religioso por
naturaleza, por su propia razón de vida. Un pueblo que se aleja de lo
religioso morirá entre los poderes terrenos, porque nada le alimenta la
virtud. Considero, pues, que el mundo actual, confunde el sano papel de
la religión, como expresión de identidad de los pueblos, que tienen en
su haber la justicia y la paz como un desafío siempre presente, para
contrarrestar el desorden social que nos circunda, desde la anarquía a
la guerra, partiendo de la injusticia a la violencia y a la supresión
del otro. O sea, como diría Voltaire, si Dios no existiera, sería
necesario inventarlo.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -