Hay un ambiente de conmoción en la sociedad por el alegato de la
Asociación de Víctimas del 11-M. Es una especie de campana que, como
siempre, se siente porque la expresan los políticos y porque la difunden
o sesgan los medios.
No quiero entrar aquí en la carga emotiva y dramática del discurso de
Pilar Manjón, que la tiene, ni tampoco en los contenidos de un
planteamiento lleno de conceptos muy claramente entendible “incluso por
todos”.
De lo que sí quiero llamar la atención, y sólo porque está en la
línea de docenas de reflexiones que hemos hecho antes, es por qué esta
vez parece que un mensaje claro ha llegado a ser oído por sus
destinatarios. Ciertamente no es porque lo que dice sea sorprendente o
revelador, ni siquiera porque el drama humano nos esté abriendo los
sentidos.
A estas alturas, estamos acostumbrados a escuchar a intelectuales
presentando sus ideas y haciendo sus propuestas sin que pestañee la
sociedad. Estamos habituados a ver tragedias, abusos, genocidios y
violaciones a la vida de una dimensión mucho más tremenda, si es que el
drama pudiera medirse.
¿Qué es entonces lo que tiene de novedad este discurso? En mi
opinión, dos cosas claves:
- Cuando ha presentado el dolor, lo ha hecho empleando nombres
personales, no ha hablado de colectivos.
- Cuando ha subido a la tribuna de comparecientes, lo ha hecho sin
ninguna bandera de grupo al que pertenece, lo ha hecho como una
ciudadana casi a título personal
Tema a reflexionar:
- Si hubiera sido una representante de los hutus o los kurdos, nos
hubiera parecido un problema menos asumible, no hubiéramos visto su
mirada de pavor aún contemplando su muerte en directo.
- Si hubiera sido una representante de un partido político,
automáticamente sería “de los otros” para todos los demás, y sus
palabras no hubieran superado el filtro de la desconfianza, aún antes de
salir de su boca.
Ha hecho su discurso y ha conseguido que los políticos pidan
expresamente disculpas, que los medios reflexionen sobre su vergüenza,
que el gobierno tome decisiones inmediatas, y todo eso está muy bien.
No puedo tener la más mínima desconfianza sobre la sinceridad de sus
palabras, ni la más mínima restricción mental sobre la validez de todas
estas reacciones. No puedo, ni quiero, sentir ninguna lejanía a lo que
representa esta señora y todo lo que hay detrás de ella. No puedo ser
ajeno al ruido generado como si afectara a otros, cuando yo soy un
miembro de esta sociedad.
Soy consciente de que, por primera vez que yo recuerde, se ha
escuchado a un ciudadano, y sus palabras han sido tan limpias que han
puesto en marcha cosas, aunque sea sólo por unos días. Lo que me da pena
de toda esta historia es la simpleza de limitar las reacciones a lo que
se ha escuchado, y no aprovechar esta oportunidad para ir más allá, y
aprender que una sola persona ha podido dar un empujón mucho más
trascendente al parlamento que centenares de padres de la patria a lo
largo de muchas legislaturas. Me da pena perder la oportunidad de que
cale en la sociedad el valor de las opiniones y el trabajo colectivo de
personas honestas, y la necesidad de regenerar por esta vía un mal de
fondo mucho más profundo, como es la no representatividad de los
partidos políticos, el alejamiento de la ciudadanía de la cosa pública y
los tremendos poderes fácticos ejercidos por los medios.
Todos nosotros, colectivamente y en nuestra cotidianeidad, nos hemos
hecho tan autistas sociales que necesitamos de un atentado para ir a
donar sangre, un Prestige para ceder nuestro fin de semana limpiando una
playa, o un discurso así para ver despreciable la actuación de los
partidos.
Sería una lástima que no prendiera la mecha en muchos otros
individuos, colectivos y asociaciones para que, al toque de esta
trompeta, sentaran delante a los encargados de gestionar la
administración local, las leyes, la economía, la salud, la educación, el
medio ambiente, y tantos frentes abiertos con desesperanza y les
dijeran: “Vale, este es el problema que tenemos ¿lo ves claro? Porque si
ni siquiera ves el problema es imposible que estés orientado. Pues vamos
a arreglarlo y voy a trabajar contigo, porque sólo yo puedo decirte
dónde te estás equivocando representándome. No tengo ni idea de cual es
la buena solución pero, al menos, puedo decirte cuáles son las malas,
cosa que tú no sabes”.
El cambio cualitativo es tan radical, tan esperanzadora la mejora y
tan trascendente el resultado que me quedo como un bobo preguntándome:
¿Por qué no lo hacemos?
Pilar ¿cómo lo has hecho?
Por favor, no me digas que sólo es posible cuando matan a nuestros
hijos de un modo más expreso del que ya están empleando