ALGO
MÁS QUE PALABRAS
NO
HAY PEOR SORDO QUE EL QUE NO QUIERE OIR
12-12-04
Resulta
inútil obstinarse en persuadir a quien, con tozudez (algo muy hispano) y
en ocasiones con manifiesta malicia, rehúsa aceptar verdades como
templos. Es cuestión de cultura y de conciencia, de estética y de ética,
de vínculos y de pactos, de educación y de vida. No hay tal maestro como
fray ejemplo. Ya lo decía Séneca: “lento es el modo de enseñar por medio
de la teoría; breve y eficaz, por medio del ejemplo”. Por mucho que el
Ministro de Administraciones Públicas vocifere el panfleto del código
para el buen gobierno de todo gobierno, la confianza hay que ganarla día
a día, con hechos más que con palabras, con actuaciones pacificadoras en
vez de generar continuos focos de tensión, que a nada conducen, sino a
crispar más el ambiente.
Para aplacar voces
hay que estar a pie de obra, actuar con previsión y provisión
educativa, mediante una buena dosis de paciencia y de capacidad de
diálogo, sólo así es posible achicar las maléficas fuerzas contagiosas
destructivas. Esto sólo es posible elevando el nivel cultural y social
de las gentes, sin discriminación alguna y desde el más escrupuloso
respeto a lo religioso y a otras formas de vida. Me niego a seguir el
juego de: divide y vencerás; porque el cociente será el odio y el resto
será la destrucción del amor. Tan importante, pues, es vivir como dejar
vivir, que la existencia exista bajo un denominador, si se quiere
cervantino, de que la hermosura que se acompaña con la honestidad es
hermosura, y la que no, no es más que un buen parecer.
Hay que gobernar para todos y tener la habilidad de coaligarse con el
oponente, pericia que le falta a mi juicio al risueño capitán zetapé.
Está bien invitar a remar, pero antes hay que formar e informar, con
sentido de escucha e intensidad de que la verdad no necesita el empaque
de la retórica literaria. No se puede pedir participación y ayuda sin
una actitud comprensiva hacia la diferencia, constructiva y accesible al
proyecto común, como actualmente debiera serlo el europeísmo, más de
salón que de creencia por parte de algunos servidores de lo público.
Para empezar todavía, a estas alturas del tiempo, los políticos han sido
más incapaces que capaces de entusiasmar a los españoles con Europa y de
concienciar el espíritu europeísta.
La astucia puede tener vestimentas que engatusen, pero a la verdad le
gusta ir desnuda, a pecho descubierto, en contraposición a tantas
cubiertas encubiertas actuales. Por eso, la autenticidad triunfa por sí
misma frente a la falsedad que necesita siempre de cómplices. De ahí que
sea vital, para que la estirpe europeísta piense en Europa como familia
en familia, aunar la coherencia con la certeza, en un mundo que,
desgraciadamente, la opinión de figurines tiene más fuerza que la
veracidad, el cultivo de la belleza artística o la misma bondad, reflejo
de la grandeza del alma humana. El carácter humano de la persona ha sido
relegado, hasta el punto que doquier poder es considerado como un valor
supremo, muy superior a la evidencia, lejos de un medio privilegiado
para discernir y proteger la dignidad de todo ser, por muy ínfimo que
sea, siempre rector a doquier cosa viviente.
Si el problema fundamental de que no hay peor sordo que el que no quiere
oír, es la apatía y el pasotismo, es necesario primero atraer la
atención, seducir el interés de la gente más solitaria que la una, a
tenor del creciente número de personas que viven solas. Es conveniente y
convincente, además, dejar a los ciudadanos caminar por el camino
elegido, permitirles la emancipación de identidades impuestas, con las
que no comulgan. Europa puede ser un destino colectivo enriquecedor, por
su libertad bien entendida, a cambio de que se ensanche la cultura de
los valores y se acorten las fortalezas de poder, aquellas que se
apoderan de los pobres para que se maten por los ricos. Fanatismo total
que hemos de frenar y afrontar. En todo caso, como advertencia a los
sibilinos leones, digo lo que dijo Miguel de Cervantes: “donde hay
fuerza de hecho, /se pierde cualquier derecho”.
En este sentido insisto, cuando alguien asume libremente un cargo
público, debe considerarse a sí mismo como pertenencia pública, y más
que convencer ha de buscar cuidar la vida de todos desde la autenticidad
más libre, sin tantas exaltaciones, chantajes o reclamos partidistas.
Urge, por tanto, recuperar el genuino sentido de que la libertad no es
tener un buen político protector, ni un gobierno que todo lo quiere
gobernar, alejado de palacios si se quiere ser justo. En suma, pienso,
que el oportunista puede trepar y atraparnos, el sagaz puede reptar y
raptarnos, pero sólo la ecuanimidad y rectitud es la verdadera
esperanza; por eso es bueno esperar, que los gobiernos confundidos,
rectifiquen.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -