ALGO
MÁS QUE PALABRAS
NO ME
PUEDEN QUITAR EL PENSAMIENTO
06-12-04
Pintan
bastos. Por todos los lados saltan chispas. El calentamiento se sirve en
bandeja. Difícil lo tiene el aire para bajar los desaires y rebajar las
desavenencias. La atmósfera recalentada no puede con los humos del
hombre. Ahí está, la siembra de vídeos tormentosos, la faena de mafiosos
plantando muertes en doquier esquina, los distintos y distantes
gobiernos que nos desgobiernan con sus confrontaciones partidistas y
particulares, la bajada de pantalones frente a los sembradores del
terror y la delincuencia organizada, los baños pornográficos de la red,
la familia como jungla de intereses, los cerebros descerebrados...
Resulta que en el mundo de la globalización, la amenaza contra uno es
una amenaza contra todos; y, por ello, todos hemos de colaborar en que
los ánimos se aplaquen.
Por desgracia, para
la colectividad del mortal, se mortifica a raudales. Hoy cohabitan en el
mundo fanáticos que no quieren razonar, necios que no saben recapacitar,
esclavos que no se atreven a plantarles cara a los que piensan por
ellos, cebos que nos engatusan el tiempo para la reflexión calmada, tan
necesaria para desenredar los nudos anudados de vicios y bravuras. Para
estos casos de abatido desconsuelo, Lope de Vega, tenía una vivificante
gragea poética, que desearía –por motivos de ambiente inseguro- ponerla
en mente en toda mente: “Pero con una cosa me contento: / que aunque
pueden quitarme la esperanza/ no me pueden quitar el pensamiento”. Con
el tiempo, también es más fácil envenenar el bosquejo de ideas y dejar
de ser la persona que pudo haber sido y no fue. Estamos en una selva,
tan panchos, sin pensar en sus efectos. Una legión de ocupaciones
tampoco nos deja cavilar para tomar otros rumbos salvavidas.
El resultado actual
es que una gran parte de la especie humana obra sin pensar, otra piensa
sin obrar, sin mirarse así mismo para verse en los demás. Todo este
clima de rupturas matrimoniales, familiares o sociales, se debe más que
nada a un retraimiento, a un remar sin rumiar, a un modismo sin sentido
en el sentido del vínculo afectuoso. Los afectos se rompen y el amor se
troncha, porque no se es nada, el que a nada, ni a nadie ama. Por esa
falta de oír con los ojos y de escuchar con el alma el liderazgo del
amor, golpean con fuerza las guerras entre Estados, la violencia dentro
del Estado, con inclusión de inciviles batallas, la pobreza, las
enfermedades infecciosas, las degradaciones del medio ambiente, las
armas nucleares, radiológicas, químicas y biológicas, el terrorismo y la
delincuencia trasnacional organizada.
Nos queda el
pensamiento humano, la inquietud de la razón, por hacer valer la gnosis
natural, el conocimiento cabal, en este mundo de máquinas.
Vargas Llosa declaró recientemente que el terrorismo
internacional “ha encontrado los instrumentos para interferir en
nuestras vidas políticas”. También en nuestras vidas diarias. Por
cierto, cada día más inhumana que humana, quizás por esa ausencia de
interrogarse cada cual, sobre el por qué de las cosas y su finalidad.
Somos demasiado importantes, por el mismo hecho de ser, como para estar
vendidos al capricho de alguien. Tal como esta el patio, asegurarse la
vida es una responsabilidad compartida y debiera ser una habilidad
pactada. Unir siempre de manera armónica las cuestiones de vida, con las
del corazón y el pensamiento, creo que es una buena manera de hallarse
todos con todos y en todos.
Esa alianza de
culturas de la que tanto ahora se habla, no puede tratar al ser humano
como algo que está ahí, sino como alguien que vive con su propio
pensamiento e identidad, por muy ínfimo que sea. A veces da la sensación
que vivimos en un mundo irracional y sin sentido. Hace falta un renovado
consenso avalado por el entendimiento a lo diverso. Ahí está la
cuestión. Lo de hacer unas naciones unidas más eficaces para los nuevos
tiempos que se nos avecinan es tan urgente como necesario.
Hemos perdido tantos valores en el tiempo, inherentes a la propia vida
del nacido, que urge redescubrir esos horizontes humanos, donde se
reconozca, respete y ampare la existencia de todo individuo, aunque
piense diferente a nosotros.
Siempre será peligroso aquel que no tiene nada que perder, porque para
él la vida es un juego de azar, le importa poco hacer camino y dejar que
se camine. La nueva moda de alistarse voluntariamente para cometer
ataques suicidas, es un fiel reflejo de lo que representa vivir para
algunas personas. Por eso, es tan vital, que los estados existan para el
beneficio del mundo, y el mundo para beneficio de sus ciudadanos, y los
ciudadanos para que la vida sea una esperanza permanente. La vida es
demasiado corta para que la tornemos un campo de batalla, en vez de un
campo de conquista reconquistada en el amor. Y es que el amor no ve con
la vista, sino con el alma. Un corazón es lo que le hace falta a la
tierra para que vuelva a latir la poesía del viento en la faz del
hombre.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -