ALGO
MÁS QUE PALABRAS
DEL
DICHO AL HECHO VA MUCHO TRECHO
28-11-04
Ahora
que se ha puesto más fácil acudir a las hemerotecas y confidenciales
periodísticos, en un santiamén vía internet, resulta muy cómodo
refrescar la memoria y probar incoherencias dichas de hoy para mañana,
quebrantamientos a la palabra dada, falta de tino y de tono, tormentosos
deslices y dislates, cambios de chaqueta y recambios de posturas,
estilos sin alma y lenguajes sin verdad. El ciberespacio lo chiva todo.
Nos enseña que entre lo que se dice y lo que se hace, por lo regular
media mucha distancia, y que, quizás hoy más que nunca, no se debe
confiar en las promesas. Así se lo recomienda don Quijote a Sancho
cuando éste decide dedicarse a la ociosidad. En la misma línea, salvando
las distancias de la época, el escritor portugués José Saramago, expresó
recientemente en Guadalajara de México, ante multitud de jóvenes, que la
sinceridad es quizás el valor “fundamental” de sus novelas, valor que le
ha permitido emocionar a millones de lectores de todo el mundo en un
mundo hambriento de franqueza y saciado de hipocresía.
A poco que
naveguemos por el espacio virtual, lo que se tarda en tomar un café, y
cotejemos declaraciones, nos daremos cuenta del descaro de algunos
personajes y líderes, que rebuznan en vez de dialogar, con el consabido
efecto de crispación generado, imposible de ennoviar con el consenso, un
fiel paradigma de que su palabra de servicio al bien común no vale nada.
Ante esta atmósfera contradictoria que nos asedia, de política oscilante
y de políticos irresponsables con el compromiso que libremente han
tomado, es inevitable poner límites con un verdadero código de conducta
que nos oriente hacia la verdad y aplicar justicia en igualdad para
todos. Se nos llena la boca de dignidades y parabienes en favor del
bienestar, pero luego resulta que la calidad de vida que tenemos es de
auténtica servidumbre, de esclavitud al poder para tener más, en lugar
de afanarnos en buscar las raíces y en formar alianzas con otras
identidades pluriculturales.
Hay que volver a
la racionalidad política, donde la autoridad de la palabra dada, sea un
principio de autenticidad. Además, los servidores de lo público debieran
saber que cuando un Estado democrático se encuentra ante desafíos,
incluidos en la carta magna como parte dogmática, se requiere una
voluntad de obrar acorde y unánime, al unísono y conforme a la mayoría,
independientemente de la opción política de cada cual. En Fuenteovejuna
todos estuvieron a una. Pues siguiendo esa misma estela, estimo que el
Estado y sus principios fundamentales, están antes que la voz de los
partidos y sus intereses partidistas. Todo lo que obstaculiza
convivencias debiera tenerse en cuenta, porque las normas han de aplacar
antes que provocar y templar antes que enfurecer. Resulta absurdo
sembrar vientos para recoger tempestades. Yo no comprendo la fiebre de
aquel Estado que legisla por legislar o legisla para convulsionar.
De un tiempo a esta parte, los enfrentamientos entre políticos de todos
los signos han crecido, las coacciones y patinazos de sus dirigentes
están a la orden del día, ciertamente algunos más que otros, pero en
cualquier caso, pienso que más de lo debido, cuestión que conduce
irremediablemente a la disgregación, para servir en bandeja la lucha
enfermiza de unos pueblos contra otros, de unas autonomías contra otras,
poniendo en entredicho la indisoluble unidad de la Nación española, con
romances de autodeterminación y separatismos que no ha lugar en una
patria común e indivisible, como dice la constitución en vigor, a la que
está sujeto tanto el ciudadano de a pié como los poderes públicos. A mi
juicio, debemos limar las diferencias de matices o emancipaciones
separadoras, armonizando opiniones y pactando ideas, lejos de cualquier
medida represiva o punitiva, casi siempre inadecuada para alcanzar los
objetivos de la auténtica unidad.
Teniendo presente que los partidos políticos expresan el pluralismo, y
que concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular,
debieran estimular a sus afiliados o simpatizantes, que el compromiso en
la vida política es pura vocación y jamás profesión, con fecha de
caducidad porque no hay cuerpo que lo aguante, puesto que exige entrega
incondicional y paciencia, pasión y desvelo desmedido, lucidez y
capacidad de previsión, desinterés y servicio en favor de un horizonte
esperanzador para todos. Las continuas actuaciones de ciertos políticos,
portadores de llaves altaneras y de coaliciones enviciadas,
desestabilizan instituciones y desmoronan libertades ganadas. Se olvida,
entre tantos dimes y diretes, que el motivo fundamental de la
colaboración entre asociaciones políticas, culturales o eclesiales, con
el Estado, ha de ser siempre el bien de la persona humana. La receta del
escritor español Juan Goytisolo, de que es muy bueno mirar tu propia
cultura a la luz de otras, tu propia lengua a la luz de otras lenguas,
es una buena medicina para comprender otras formas de vida y otros
fondos de ser. Pero ya me dirán, si nos cerramos en banda y abrimos
cismas, la manera de convivir sin sobresaltos en un mundo globalizado,
de zarzas enzarzado que ahoga hasta la vida.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -