Hemos tenido oportunidad de hablar varias veces sobre el papanatismo,
sobre la falta de criterios y sobre la apisonadora de los medios que, en
lugar de contribuir a generar criterios libres, centran sus esfuerzos en
la creación de iconos. Hemos hablado también de la cultura del comic
como representación simple de esta sociedad cada día más empobrecida
intelectualmente.
Hoy, todo occidente se rasga sus sensibles vestiduras ante el espanto
de las imágenes de un soldado (americano, chicano, indio o de donde sea,
eso es sólo una circunstancia irrelevante) que repasa el cuerpo de un
herido desarmado con un barrido de su ametralladora.
Este soldado se convierte en el símbolo y en el chivo expiatorio de
no se qué, las autoridades lo detienen y parece que se convierte en el
culpable de la guerra.
¿Qué pretendíamos? Esto es una guerra y no una coreografía. Este
soldado está tan embrutecido como cualquiera otro en el campo de
batalla, está tan sobreexcitado por el miedo como cualquiera y está
oculto bajo sus generales como cualquiera. Está metido en un horrible
asunto donde cualquier cosa que se mueve puede ser un explosivo capaz de
matarle, los que no tienen su uniforme han destrozado a su colega la
noche anterior y su misión es salir de allí lo más indemne posible,
evitando que quede en pié cualquiera de los malos capaz de volarle la
cabeza al menor descuido.
El otro, el que ha sido asesinado, no se si es sólo una pobre víctima
herida, si es un canalla o un asesino sanguinario, si estaba enloquecido
por haber visto como volaban su casa con sus hijos dentro, haber visto
como su país era invadido por extranjeros, o si sólo era un pobre hombre
que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Hoy todos los medios venden ejemplares y aumentan audiencias porque
han matado a un hombre: Están matando a miles de hombres, de niños, de
mujeres y de ancianos desarmados, están arrasando una ciudad de más de
200.000 personas, están empezando una campaña militar con el bloqueo de
los hospitales y están destruyendo una sociedad para vender luego su
reconstrucción.
Pero nos quedamos en la anécdota, en la terrible anécdota de uno de
los muertos solo porque ha salido en la tele y, ya se sabe, si sale en
la tele es que está pasando. Si no vemos las tripas esparcidas por el
suelo, si no palpamos el horror o si alguien no nos lo pone en la mesa a
la hora de cenar, parece que vivimos en un limbo donde las cosas son
inmaculadas. Incluso la guerra se entiende como una operación quirúrgica
impecable y elegante, con caballeros que portan ideales y con
estandartes cargados de razón.
Podemos opinar sobre la guerra en sus justificaciones o sus
oportunidades, y mencionamos la terrible palabra como si fuera un
término genérico que no significa nada hasta que nos salpica la sangre.
Podemos incluso tachar el sonido de palabras malsonantes mientras
vemos como un ser humano mata a otro.
Es un espectáculo más.
Y nuestros criterios, nuestras escalas de valores han quedado
supeditadas a conceptos de espectáculo: cuan brillante es esta guerra,
cuan exitosa respecto a sus objetivos, cuan bonitos los uniformes. No
nos amargue nadie la vida recordando que tras toda guerra hay horror,
hay sufrimiento de inocentes, hay pérdidas irrecuperables y hay, sobre
todo, una declaración del fracaso de la inteligencia.
Lo digo ya sin fuerzas y sin entusiasmo: Por favor, por piedad, no a
la guerra, si es que alguien sabe lo que es eso.
A esta guerra, a todas las guerras, incluso a las que no salen en la
tele