ALGO
MÁS QUE PALABRAS
PACIENCIA Y BARAJAR
13-11-04
Hay
un dicho que aparece tanto en el Quijote como en el Guzmán de Alfarache,
que nos recomienda sobrellevar los pesares con serenidad, pero sin
mengua de coraje. Reconozco la dificultad de abrir hoy las rejas del
mundo, cuando éste es la mayor prisión, pero nada es irrealizable.
Quizás tendríamos que responder con la huida del verso, ante la necia y
persistente guinchada de dictatoriales, que nos someten al imperio
oscuro de la destrucción, para goce de sus maniáticas noches y alborozo
de amaneceres. Envejecer con el alma herida, empapada de traiciones y
abandonos, comienza a ser una ardua tarea para la ciencia, incapaz de
dar vida cuando el corazón está muerto. Es el efecto de un mundo helado,
donde nadie conoce a nadie y todo se resquebraja, el comienzo de un
naufragio que hemos de contener.
Una casta
de cretinos, porque se creen dioses, se ha puesto a legislar contra
natura, como si fuesen los dueños de nuestro andar. A su aire, como
leones en circo, bailan los asalariados de la política que reniegan (y
niegan) las raíces de sus pueblos, para imponer el pensamiento único a
cualquier precio. Para ellos, somos un objeto más, sin libertad para ser
uno mismo como quiera serlo, siempre que no perjudique a los demás. La
orquesta suele tocar a los caprichos del poderoso de turno, fruto del
egoísmo endiosado y de la ausente búsqueda de libertades, por lo que va
siendo necesario enderezar las palabras torcidas con respuestas
derechas. Esta euforia de ventas y compras, que alcanza todas las cimas
de los buenos modales, hay que ponerle freno, sino queremos caer en el
caos abismal con el que algunos prepotentes, desde su pedestal de
señores, se obstinan en robarnos como si la vida nuestra fuese de ellos,
volviéndonos adictos a su farsante forma de vivir, siempre en continua
dependencia de máquinas y de sumisión al falso goce de cuerpos sin alma.
Más que
nunca hace falta alzar la palabra y pedir la voz de los sin voz. Que
ellos digan y que los poderosos escuchen, por una vez, a los que han
desterrado al silencio. Sin el intercambio de verbos, entre la
diversidad de corazones vivos, es imposible conjugar el amor en todos
los tiempos y para todas las edades. Se precisan, pues, lenguajes
independientes, con urgencia, capaces de desautorizar autoridades
corruptas. La historia nos dice que lo primero que hace un gobierno
dictatorial es exiliar, recluir o matar a los cultivadores de la verdad,
porque sabe algo que nosotros olvidamos con frecuencia, y es que la
palabra, cuando es auténtica, siempre acaba espigando. También hoy, bajo
la sombra demócrata, se esconden tipos autoritarios, tan mezquinos como
los dictadores, que se cierran a escuchar propuestas que no sean las
dictadas por su propio clan, con discriminaciones aberrantes y
partidismos inconcebibles, ahuyentando otras sensibilidades científicas,
artísticas o de pensamiento.
Olvidamos
que la cultura hispánica tiene un patrimonio maravilloso que ha de
hacerse valer en el mundo, una lingüística que es poesía viva y
trascendencia pura. Su belleza invita al diálogo compartido, pero hace
falta conciencia y creencia en lo nuestro, menos guerras de lenguas en
casa y más citarse con los clásicos que duermen en los museos y
bibliotecas. Desarraigarse de la historia como algún gobierno proyecta,
anteponiendo sus intereses y el de los privilegiados, por encima del
bien de la generalidad, conlleva pérdidas irreparables para la
convivencia, como es la justicia y la libertad. Si los hechos nos dicen
que algunos católicos les puede más la identidad partidista e ideológica
que la identidad eclesial y cristiana, nos menos verdad es la hipoteca
que han de pagar algunos intelectuales que han de servir al poder, para
saldar la deuda contraída, antes que a la verdad. Ante este clima de
contrariedades gestadas, inyectadas o pactadas, sólo una efectiva y
transparente concordia cultural, en el que nadie quede excluido, puede
reanimarnos y animarnos el verso que vive en la vida y que no vemos,
porque nos lo han sustraído de la mirada, los dueños de la nada.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -