ALGO
MÁS QUE PALABRAS
REPELENTES POLÍTICAS EXCLUYENTES
17-10-04
Lo
de tirar balones fuera, lavarse las manos, decirse y contradecirse, se
les da muy bien a los políticos. Ahora se nos pide, con más descaro que
corazón, que dediquemos parte de nuestro sueldo a las ONGs para
socorrer, erradicar la pobreza y la exclusión social. La culpa de que
los pobres crezcan resulta que es nuestra. El cinismo tiene estos
ademanes. Saben que el problema, no es tanto el de suministrar migajas,
cuestión que suele avivar más los enjambres de zánganos que el deseo de
ponerse manos al trabajo, como el de la realización de políticas serias
y posibles, encaminadas a frenar los mecanismos que generan la pobreza
en un mundo de ricos que aplasta a los pobres, cada día más
contradictorio, fruto de esas repelentes políticas excluyentes,
generadoras de una insociable sociabilidad, con la victoria del
individualismo por bandera.
Hay pocos signos
de esperanza, en los hogares pobres españoles, a pesar de tantos
altares bajo la advocación de bienestar social. El día que la Iglesia
católica cierre los comedores sociales y las casas de acogida, será para
ponerse a temblar. La triste realidad es que muchas personas, todavía
carecen de ese mínimo vital para desarrollarse dignamente y realizarse
sin complejos, dentro de un sistema productivo, injusto y excluyente más
veces de las debidas. Trabajar es realmente esencial, sobre todo para
los pobres. Por consiguiente, ha de aguantarse uno con la cruz del
penado, con más deberes que derechos, lo que ocasiona el síndrome del
quemado, de bajar cabeza y seguir con la carga como los burros.
Cada día son más
las familias que tienen que endeudarse para levantar cabeza. Sumado a lo
dicho, está también esa otra pobreza, de igual importancia que la
anterior, nacida de la necedad del ilustrísimo que se cree Dios y del
espíritu de los imprescindibles, jerarquía sembrada por los falsos
dioses, que cierra puertas por soberbia y pone barreras a la promoción
en términos de capacidad para ensanchar completamente ese potencial
humano que todos llevamos dentro. Así difícilmente podemos ser los
arquitectos de nuestra propia vida, en un mundo donde campean a sus
anchas los especuladores, que compran hasta carne humana para saciar sus
vicios ocultos.
Por mucho que se
diga, los hechos están ahí, y nos dicen que las políticas son tan
excluyentes como las de ayer. A veces más traumáticas si cabe, porque el
engaño mata a traición la luz de la esperanza. Si se tuviese más en
cuenta el bien de todos y de cada uno, el de las familias que malviven
salpicadas por la miseria, con unos salarios muy bajos y unos
condiciones laborables de oír, ver y callar, que esto es lo que hay,
seguramente no tendríamos tanta delincuencia en la calle. Dicho lo cual
me afirmo y reafirmo que el estado del bienestar no existe porque su
semilla, la familia del bienestar, está más podrida que sana, o lo que
es lo mismo, más descompuesta que saneada.
Los gobiernos,
poca diferencia hay entre unos y otros, prosiguen centrados en políticas
de ricos para ricos. Son incapaces de incluir la voz de los marginados
porque sus acciones de limosneo excluyen más que incluyen, y así, es
imposible la cohesión, a pesar de tanto cacareo de planes y programas de
inclusión. La mayoría se quedan sólo en el papel, en las buenas
intenciones, en palabras incumplidas. Lo cierto es que la política de
rentas es muy desigual, y la mínima muy mínima, que la política de
empleo sigue sin contar con las personas en situación de exclusión
social y que la vivienda está verde para muchos ciudadanos. Con estas
artes de exclusión, de nulo talante y nada de talento, también poco
puede hacer nuestra caridad, si los gobiernos no gobiernan para los que
menos tienen, antes que para los que lo tienen todo.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -