ALGO
MÁS QUE PALABRAS
MALOS ROLLOS
03-10-04
Hay
borracheras que parten el corazón y tronchan el alma. Contaré la
historia vivida y radiografiaré la histeria colectiva. El reclamo: la
cultura club. Que es un crac a la persona humana. Servidor quería beber
otros cultivos, aunque sólo fuera con la mirada y el tacto del contacto.
Puse interés en verlo todo y oído en vivirlo. También en ofrecer mis
raciones de versos para dar aire al poco aire del recinto. Me quedé más
solo que la una. Los otros estaban en su mundo, convertidos en molinos
de mierda, regados con sustancias mortecinas, los brazos en aspas de
toro, rajados por ruidos estridentes, a dos pasos de caerse muerto en la
pista del diablo, como imbéciles marionetas, en absurdos maratones hacia
ninguna parte.
Bajo esa atmósfera presencié actitudes antisociales, mallos rollos,
ensoñaciones de gente más ida que cuerda, con todos los calificativos de
perturbada, desequilibrada, trastornada, exaltada, lunática, demente,
necia, alocada, atolondrada, irresponsable, temeraria, atrevida...
Desgraciadamente aquello era un campo de maniáticos desquiciados,
enganchados a una energía de sustancias repugnantes. ¡Cuánto vacío en la
muchedumbre! Cada cual iba a lo suyo, a su viento huracanado y a su mar
de soledades. Uno me dice que desea huir del mundo, de este mundo de
golfos, -lo hace a voces-, mientras me intereso por su tos realmente
agarrada a los pulmones. Sin venir a cuento, en uno de esos descuidos,
me asesta un empujón. Las gafas caen al suelo. Como una víbora las
aplasta con su cola de veneno. Se ríe y lo ofrece como una gracia a los
dioses. Levanta dos dedos de victoria invencible.
Ya de regreso a casa, pensé en toda esa gente que había dejado atrás,
prendida en la ciega cultura de no ser nada, deseosos de tomar la guinda
de huir de si mismo y de la vida, denominador común en todos ellos.
Tenían hambre de proyectos de vida y de realizaciones personales. Nada
les saciaba la oquedad que sentían. A lo mejor tenían razón, -pensé en
más de una ocasión-, hay que construir un nuevo mundo más habitable, de
abrazos al alma y de besos compartidos salidos de dentro. La ronda de
injusticias nos roba perfumes que enamoran y la rueda de falsedades nos
arrastra como rastreros. Para colmo de males, se avecina una lluvia de
escarabajos, vestidos de sabios redentores, que todo lo pudren y
amortajan, a la sombra de leyes sin ley, que de no poner sentido natural
dictarán sentencia de muerte con fecha de ejecución. Sólo falta que el
entierro sea un festín de los que vocifera la cultura club, esos leones
en furia, a los que advierto preparados de poner, por mantel, al difunto
después. ¡Qué pena la de penar así!
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -