ALGO
MÁS QUE PALABRAS
EL PAPEL DE LAS CULTURAS EN LA ALIANZA
25-09-04
Considero
vital abrirse a las culturas para que la paz nos encierre en el amor.
Todas ellas, en el fundamento y su razón de ser, nacen de afectos y
donaciones, crecen con la ternura y se desarrollan en un mar de
identidades. Cada ola necesita de otra para formar un océano de sosiego,
porque la vida es un aliento compartido de almas. No hay otra forma de
vivir en paz, que fusionando culturas y compartiendo cultivos. Cuando
las personas se impersonalizan, pierden su singularidad, se vuelven
menos auténticas y más falaces. Tampoco el corazón entiende de
desigualdades, cada uno es como es, y así debe considerarse a la
persona, con el respeto más absoluto a su dignidad. Algo innegociable.
El ser humano, por el hecho de ser, tiene una sabiduría abierta a los
demás, y por el hecho de estar en la vida, debe ser considerado como
tal. Ninguna cultura, por muy poderosa que sea, debe tener licencia de
explotación y dominio sobre sus jardineros.
Por esa potestad de injustos aprovechamientos de unas
culturas hacia otras, surgen los odios y las venganzas. Olvidamos que
ninguna es Dios y que todas son de Dios, lo que conlleva que nadie es
más que nadie. En el momento que se acrecienta la desigualdad, el
diálogo es un amor imposible y la paz un horizonte inalcanzable. Ninguno
debe dominar y todos debemos dominarnos hacia el respeto a la
diversidad. Frente a la multitud de desajustes que vive hoy el mundo,
más ciego en el cultivo del ojo por ojo que luminoso en el cultivo del
amor de amar amor, se precisan sembradores que nos revaloricen como
personas humanas y nos revitalicen como humanos corazones. Unas veces a
la ofensiva y otras a la defensiva, lo cierto es que un cuadro sombrío
de intereses nos capitaliza el mal, devaluándonos el valor trascendental
de la vida, cada día con menos garantías de que mientras viva tengo
derecho a vivir. ¿No hay personas que crean en la paz, que nos recreen
la vida, y que nos recríen en el amor bajo la crianza del perdón?
Pienso que las religiones, tan criticadas en los últimos
tiempos y tan profundamente inmersas en la cultura de los pueblos,
pueden hacer mucho bien, o mucho mal, a la sociedad del mundo
globalizado. Todo depende de la consideración debida y pende de la
autenticidad transmitida. Son algo más que asociaciones políticas o
civiles, puesto que contribuyen a la cultura de nuestras sociedades
desde tiempos inmemoriales y al debate de ideas. En cualquier caso,
estimo que han de ser oídas siempre, por muy endiosados progresistas que
nos sintamos. Todas se esfuerzan por responder de varias maneras a la
inquietud del corazón humano, proponiendo caminos y moradas. Sesgar las
raíces de la espiritualidad, provoca tensiones absurdas y revoca
quietudes, fomenta cultos perecederos y fermenta egoísmos hacederos,
hedonismo al cuerpo y destierro al espíritu. La vida, por consiguiente,
no tiene sentido, ni valor alguno. El fruto de todo ello, es el de una
nueva sociedad derrumbada, sostenida por el quita y pon, usar y tirar,
sin un sostén de esperanza, donde más que servir se sirven de nosotros,
sin cultura de pulso y pausa, ni acogida de latidos. Así el mundo, cada
noche es más anochecer y cada día más atardecer en nubarrones indignos y
vejatorios.
Para que las alianzas no se hagan en falso se precisa el
consenso de las culturas lo antes posible. Más allá de las palabras,
deben venir las acciones. La situación actual del planeta es tan
preocupante como alarmista. Falta amor verdadero y sobran negociantes
de amor que comercian con personas como objeto de disfrute y moneda de
cambio. Es la nueva esclavitud. Creo que debemos reafirmar en todos los
foros de naciones al ser humano en sí mismo. Todos somos conocedores de
que el racismo, la xenofobia, la discriminación y la intolerancia se
hallan en la ignorancia, la ofuscación y el desprecio, manado de una
educación incorrecta e inadecuada así como del uso distorsionado de los
medios de comunicación.
Volviendo los ojos a nuestra casa, con el inicio del
nuevo curso académico, hemos oído alabar las virtudes de la educación y
de la universidad, en todos los discursos, y yo mismo pensaba que era un
sueño o que estaba en otra galaxia. No hace tanto tiempo que estudiar
era un lujo de unos privilegiados y volvemos a las andadas. Ahí están
esos cursos formativos que cuestan un riñón, para acrecentar currículo y
aprobar disciplinas necesarias. También esas libertades de cátedra mal
entendidas en ocasiones, puesto que no preparan para ganarse la vida
dignamente y menos para la convivencia. En cada autonomía la educación
camina según el político de turno. Esa es la realidad, una continua
incertidumbre y preocupación. La necedad de mentes y la sandez de
mentiras, conllevan unos planes de estudios que para nada humanizan esa
nueva humanidad que se percibe. Lo de los medios de comunicación, sobre
todo algunos televisivos, son de juzgado de guardia.
En suma, y como reflexión última, juzgo que para avanzar
hacia la convivencia se precisan otras alturas de pensamiento, más libre
y puro. Mal nos puede servir una educación, que ignora los valores de
unidad de la familia humana, comulga con ruedas jerárquicas y
prepotentes, parcela la dignidad según poderes, utiliza distintas varas
de medir la justicia, enseña una cultura privada de lo trascendente,
relativizadora e interesada y tan utilitarista como materialista. La
cultura no admite rehuir las elecciones personales inspiradas en la
libertad. Es también más eterna que provisional, más verdadera que de
apariencia, más de confianza que de sospecha. Deduzco, pues, que las
alianzas hay que mamarlas (y mimarlas) en la escuela, con una educación
más educativa, que contribuya a la consolidación del ser humano, abierto
a dimensiones ético religiosas, para que así pueda estimar las culturas
y los valores espirituales de las diversas civilizaciones, que han de
atenderse y entenderse.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -