ALGO
MÁS QUE PALABRAS
MÁS
DESASISTIDOS QUE ASISTIDOS
18-09-04
Todos
esperamos un mayor talante social, así como talentos más serviciales,
sobre todo por parte de los poderes públicos, obligados por conciencia y
abonados con nuestros impuestos en vida, porque la realidad es bien
distinta a la que se nos pinta.
Cualquiera que mire a su alrededor o así mismo, se adentre en su mismo
colmenar de cemento o comparta soledad con el vecino, hallará multitud
de ancianos enfermos que viven solos, dejados de toda mano protectora,
más desasistidos que asistidos, tratados como mercancías de desecho, sin
una mano que halague las arrugas del tiempo y avive el corazón con un
beso.
Ahora que tanto se habla de querer cambiarlo todo, de evolucionar y
revolucionar, propongo cambiar la sociedad de aires, edificada y
cimentada desde los sanos y para los sanos. Se olvida, casi siempre, que
podemos caer enfermos y que nos hacemos mayores. Justo, cuando más
necesitamos de la ayuda (familiar y del Estado), mostramos indiferencia
y falta de corazón. Nos estorban, molestan y nos complican la vida.
¡Cuántas humanidades perdidas! ¡Cuántas insuficiencias de prestaciones
sociales ante situaciones de necesidad! Seguir este descontrolado paso,
de pasar de todo, es un abuso total; un escándalo en el que todos somos
cómplices, en mayor o menor grado.
Ahí está el creciente número de enfermos de Alzheimer que reclama
mayores apoyos sociales para hacer frente a la tragedia que supone este
calvario, que nos planta como una planta vegetal en la vida.
Precisamente, las asociaciones de esta enfermedad, aparte de reclamar
mayor protección, advierten a ciudadanos y poderes, que en el 95% de los
pacientes, la asistencia socio-sanitaria y los cuidados corren a cargo
de los familiares. Hemos quebrantado las níveas relaciones armónicas,
como la de ponerse al servicio de aquellos que nos necesiten, y
legislado cantidad de inutilidades, que lo verdaderamente fundamental
mora en el baúl de los recuerdos.
La
atención a tantos desamparos comporta otros portes y otras pautas, como
puede ser: estar con ellos, y ser en ellos la sílaba que dice y la salve
que calla, sus ojos, el oído, las manos o sus pies; conocerles y
reconocerles sin falsas compasiones; ponerles en vida y darles vida.
Todo esto se hace con amor y por amor. Un afecto, por cierto, que nos
quieren hacer ver que está pasado de moda. Que jamás es eterno. El
desprecio al matrimonio es un claro ejemplo de aprecio a intereses
mercantiles. Ante lo cual, servidor, se pregunta: ¿Si en familia ya no
se viven los grandes acontecimientos de nuestra existencia: nacer,
crecer, gozar, sufrir, enfermar y morir; y si las instituciones
asistenciales del Estado tampoco promueven con suficiencia económica y
mediante un sistema de servicios sociales tantas necesidades, qué
sentido tiene contraer matrimonio y qué la ciencia avance? A veces los
padecimientos se curan en familia, con una sonrisa compartida, un abrazo
de corazones o una caricia de alma en el alma del enfermo.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -