ALGO
MÁS QUE PALABRAS
QUITARSE LA VIDA
10-09-04
Eso
de quitarse la vida, tan de moda hoy, es un modo de locura colectiva y
una manera de huir propia de enfermos mentales. Uno debe quererse
asimismo por encima de todo. La cuestión de poner fin a la existencia es
más grave de lo que parece. Revela que hemos perdido el sano juicio de
la conciencia, a pesar de tantas ciencias humanas. El patrimonio del
espíritu, el que emociona y reaviva, cuenta más bien poco en esta
sociedad de mercaderes. Ahí están sus frutos. Han espigado las
ansiedades del alma, las que no se pueden saciar con el patrimonio del
capital. La vida no se compra, ni se vende. Porque no es un objeto de
libre disposición. Esto pasa por ser analfabetos en moral, por guiarnos
de una cultura que nos mece en la esclavitud y adormece en el
pensamiento, que para nada nos libera de los tormentos. Nos han metido
por los ojos el complejo a las referencias éticas. Hablar de Dios se
censura y de la vida depende si es productiva.
Ante el
panorama desolador, cada día son más las personas que se emborrachan de
pastillas, píldoras y grageas, para poder tenerse de pie y hacerse valer
como ser humano. Unas para huir de la triste soledad, otras para
conciliar el sueño y calmar el colmo de la desesperación. Somos una
sociedad, ensuciada por las dependencias y por la constante sumisión a
la pornografía, alcoholismo, superstición y cultos satánicos. Descarado
negocio, que habría que controlar más y hacer cumplir las leyes. Para
servidor, además, contribuyen al delirio e irracionalidad, los famosos
escaparates televisivos, a los que ningún poder precinta, y que son
verdaderos supermercados de carne humana, donde se pueden encontrar todo
tipo de incitaciones consumistas, excitaciones salvajes y agitaciones
bárbaras. Así no hay cuerpo que lo aguante, ni tampoco alma que se
encuentre en paz.
Todo vale
con tal de tener poder para poder aplastar al vecino. Y también, todo
sirve con tal de subirse al carro de los que nadan en la abundancia del
euro. Olvidamos que la economía sin corazón, es como un barco sin mar,
un cielo sin tierra, un mundo sin universo. Luego pasa lo que pasa. El
desquicio nos envicia. Los productores de muerte se ponen las botas,
pero ellos no se matan. Las luces se tornan sombras y los asombros
gigantes matarifes que nos compran como muñecos de feria. A veces, más
desorientados que don Quijote con los molinos de viento, cuesta subir la
cuesta de la existencia, resistir e insistir en lo de vivir a pesar de
los pesares.
Por desgracia, en ocasiones, más de las
debidas, las leyes humanas se han endiosado de tal manera, que no
importa que vayan contra natura, contra la salud de la vida y de dejar
vivir, con tal de producir un bienestar que nos ciega, porque es más
falso que la falsa moneda, o comprar unos votos para contentar al
pueblo.
En vista de
los visto, cada día tenemos menos vida interior y más inercias absurdas
que rayan el escándalo. Con este aire de despropósitos y angustias,
tristezas y frustraciones, agobios y confusiones, resulta irrespirable
tomar aliento y caminar sin ahogos, con la sonrisa en los labios y la
risa en la mirada. El terrorismo psicológico nos quiere imponer hasta la
muerte como derecho. Sólo hay que mirar y ver. Se camina con los
bolsillos vacíos de ilusiones, sin la fuerza armónica de la esperanza,
rotos por las ratas dominadoras. Es una derrota difícil de salvar, sobre
todo, si no ponemos empeño en plantar cara y en reencontrar equilibrios.
Pero, en ningún caso, la muerte debe ganarnos la vida que se nos ha dado
para vivirla y beberla compartida. Así de vivo, porque vivir es lo más
grande que se nos ha transmitido, para administrarlo bien.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -