ALGO
MÁS QUE PALABRAS
LAS
PENURIAS LABORALES
06-09-04
A
juzgar por el incremento de bajas laborales, amparadas bajo el
diagnóstico de síndromes depresivos y ansiedades, al igual que por las
continuas denuncias de acoso y Mobbing, (las mujeres y personas débiles
continúan padeciendo más inseguridad que los hombres y más tipos de
inseguridad), existe un conflicto solapado, que cada cual lo soporta
como puede, entre el mundo del capital y el mundo del trabajo. Ahí está
el diluvio de dolores: Los portadores del síndrome del quemado crecen
como la espuma. Se ha olvidado que detrás de todo trabajo, por muy
insignificante que le parezca a los señores del capital, hay siempre un
ser humano con alma. Dados estos descarados abusos, pienso que es el
momento de poner orden y concierto en la primacía del ser humano sobre
todo lo demás. Es el momento de llevar a las mesas de negociación
colectiva, propuestas justas y realizables, y no los cuentos de la
lechera, que permitan a los trabajadores ser ellos mismos, no el muñeco
de su jefe, y realizarse como persona creciente en humanidad.
Ahora que tanto se
dice, se comenta, y se dispone sobre el diálogo social, es la ocasión
de apoyar una nueva solidaridad fundada sobre la clase obrera,
maltratada como nunca, dispuesta a tragar carros y carretas, con tal de
salvarse del paro. La realidad es así de dura. Los obreros, clasificados
como de clase baja, cada día cuentan menos. Para colmo de males, sus
posibles representantes, (los liberados de la quema laboral), dan la
sensación que se han vuelto pasotas o cómplices. Los hechos cantan por
si solos: la mayoría de trabajadores los desconocen, no se afilian, y
tampoco quieren saber nada de los sindicalistas. Lo cierto es que, a
poco que deje uno el sillón, baje al tajo y comparta bocadillo con el
currante, se verá que el trabajo humano es de lo más inhumano y que
hasta las máquinas, en ocasiones, son más mimadas que los obreros.
Precisamente, luchar por los derechos y que no se practique ningún tipo
de diferencia injusta, debiera ser una preocupación (y ocupación) de las
fuerzas portadoras del apellido: en defensa del obrero. Todavía hoy se
sigue practicando la discriminación del otro, del distinto, y se da
marcha atrás en tolerancia e igualdad. Eso sí que es la gran reforma
pendiente.
Por estas fechas,
ya suenan los aires del diálogo social, piropeados como si fuesen una
madre protectora. Claro que nos gustaría contar con una legión de
defensores de causas justas, dispuestos a dejarse la vida por los que
nada tienen, pero mucho me temo que es la misma cantinela de siempre,
aunque los centinelas sean otros. El soniquete repiquetea como agua
pasada que no mueve molino. Lo de contar mentirás, ¡tranlará!, parece
que es un modo que está de moda. Aquí nadie se fía de nadie. Pasemos
revista a la fonética. Esto es la bamba del bombo: Las próximas cuentas,
¡tranlará!, los pobres serán ricos y los ricos pobres, ¡tranlará!; a los
jóvenes les pondremos un nido, ¡tranlará!, y a los mayores entierro
gratis, ¡tranlará!; el trabajo dejará de ser un deber, ¡tranlará!,
porque los derechos son un amor imposible ¡tranlará! ¡laráaa... lirón!
Después de rumiar el romance de los buenos deseos, pienso que la nariz
de Pinocho se va a quedar corta.
Hace tiempo que el
trabajo ha dejado de humanizarse y la inseguridad del derecho campea a
sus anchas. Ahí tienen el aumento del paro después de tantos años de
crecimiento que no se han aprovechado, debido a la informalización de
las actividades económicas, contrataciones piratas y reglamentaciones
absurdas. Podremos tener las mejores universidades, pero todavía no
preparan para la actividad laboral. Un gran número de personas poseen
conocimientos que no emplean en su trabajo. Trabajan con la
insatisfacción a cuestas. Estadísticas recientes nos dicen que la
mayoría de los empleados acuden a los trabajos resignados y dispuestos a
soportarlo todo.
Esta sociedad
explota más que redime. Concepción Arenal, sentó unas bases que debieran
conocer los apóstoles del diálogo social. He aquí su voz: “Proteger el
trabajo es enjugar lágrimas, consolar dolores, arrancar víctimas al
vicio, al crimen y a la muerte”. Por desgracia, son muchos los obreros a
los que el trabajo no les endulza la vida, ni les aleja de males como el
aburrimiento, el desenfreno y la miseria. A pesar de tantos voceros de
dignidades, el trabajo continúa siendo, un poema triste, el pataleo del
débil contra el fuerte que lo machaca con todos los parabienes
insolidarios por montera.
Las inseguridades
de una gran mayoría de los trabajadores contribuyen a que tengamos una
atmósfera plagada de personas inmersas en la ansiedad y la ira. Urge
construir sociedades más equitativas, que valoren el trabajo por lo que
es, esto requiere también una asidua vigilancia y las convenientes
medidas legislativas de obligado cumplimiento para acabar con fenómenos
vergonzosos de fraudes laborales, sobre todo en perjuicio de los
trabajadores inmigrados o marginales, que hoy por hoy, muy pocos logran
alcanzar seguridad económica para sus familias y un trabajo decente. Sin
duda, este clima de desigualdades e inestabilidades fomenta la
intolerancia y el estrés, aspectos ambos que contribuyen a delirios y
violencias sociales difíciles de contener.
En consecuencia,
creo que se debieran avivar modelos que afiancen aquello de que el
trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. También
proporcionar a las familias españolas, endeudadas hasta los dientes, una
seguridad económica básica, en lugar de recurrir a modelos selectivos
condicionados por los logros económicos, donde la persona no cuenta
nada. Ciertamente, gran cosa es el trabajo, pero sólo si nos promueve el
bienestar personal y el gozo de sentirse realizado, puesto que el ser
humano es lo más importante, todo debe subordinarse a doquier corazón,
por muy ínfimo que sea en la escala profesional.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -