ALGO
MÁS QUE PALABRAS
ANTE
LOS PODERES INCIERTOS, LOS CANTARES DEL PUEBLO
23-08-04
Soy de los que piensan que el poder tiende a corromper y
desenmascarar tipos, que de humanos suelen tener más bien poco. Estos
dominios inciertos divorcian más que unen. Se han puesto de moda por las
revistas, bajo titulares pomposos, enfáticos, rimbombantes. Se olvida
que quien todo lo puede también ha de temerlo todo. En el fondo nadie es
más que nadie, porque ningún ser humano es capaz de poderlo todo. Así de
claro. Alentar pasiones dominadoras me parece una estupidez y una
terrible enfermedad. De un tiempo a esta parte, han surgido tipejos que
se elevan por las bufonadas que dicen y por las sandeces que hacen. Se
creen con tanto poder que nada les inclina. Suelen ser más temidos que
amados. Se equivocan profundamente de vida. Al final, el tiempo todo lo
atempera, pero también pasa recibo.
Yo prefiero el poder del arte, el del creador que nos hace
visible lo invisible, aquel que se revela contra la prisión del mundo,
el artista que nos muestra la verdad y nos expone la belleza, la música
que nos conmueve. Desde hace algún tiempo acostumbro a caminar
contracorriente. El veraneo suelo utilizarlo para acudir a eventos
culturales. Linares es visita obligada en agosto. Para mí que es un
pueblo por descubrir. Está poblado de cultivos culturales con
denominación de origen. Comprenderán, pues, el deseo de fundirme con sus
vecinos en vecindad y con la historia viva de su fascinante memoria.
Allí todas las artes tienen cabida y uno se siente en el olimpo. Andrés
Segovia dejó en heredad la afición por la guitarra. Las profundas raíces
mineras, la poderosa y eterna voz del pueblo, dieron existencia a cantes
brotados del fondo de la mina, donde la soledad invita a escuchar los
poéticos latidos que se cuecen en las entrañas incorpóreas de la tierra.
Todo este clima autóctono de experiencias y cátedras, surgidas por amor
a la erudición, contribuye a que el flamenco en Linares tenga voz propia
y estilo único, como lo avalan las fervientes pasiones de las peñas
flamencas, dispuestas a dejarse la vida por el arte.
Reconozco que cada
día me atrae más la campiña andaluza, su atmósfera ensortijada por
Despeñaperros, las soledades de las viejas cabrias y las chimeneas
mineras, el silencio de sus caminos y rutas, las gentes del campo que
son más del cielo que de la tierra. Las noches flamencas de agosto,
respiradas desde la colina del Parque Municipal de Deportes San José en
Linares, a golpe de tarantas y cantes libres, se han adueñado de mí como
el amor primero. Prefiero buscar, como el minero de antaño, con el que
tuve la suerte de convivir la niñez en las montañas de Laciana, la
palabra justa para liberarse de tantas injusticias y por unos momentos
pensar que soy libre en la libertad de soñar. A veces, el perfume de
recuerdos, reconforta y renueva a cualquiera. Otras veces, el aroma de
los campos y el espectáculo de la naturaleza, te acallan las palabras y
nace la voz del cantaor.
Acudo, por
consiguiente, con verdadero entusiasmo al concurso nacional de tarantas
y a los cantes de libre elección, para vivir (y revivir), lo que comenzó
en el año 1964, bajo el objetivo de renacer y conservar, además del
viejo Cante Jondo o Grande (seguirillas, deblas, soleares, martinete,
caña o polo, tonás, malagueñas y serranas), la taranta minera como
homenaje y en honor a los mineros, rechazándose todo cante modernizado,
el floreo abusivo de la voz o las mezclas de tonos sin sentido, puesto
que todas estas innovaciones atentan contra el más puro estilo
tradicional. Premisa que año tras año, con gran acierto, se ha tenido
muy en cuenta por todos los jurados. Esto es de agradecer. Por eso, el
flamenco en Linares, tiene un grito de autenticidad sin igual, lucidez
en cuanto al sentimiento y un mar de poesía envolvente, capaz de
encandilar corazones y de entusiasmar vidas.
Nadie permanece indiferente a esas voces jóvenes de
cantaoras, todo un valor en alza, que vienen acrecentando el número,
cuestión que nos alegra, como al igual los jóvenes cantaores, porque con
ellos queda asegurado este arte andaluz, no siempre valorado en su
objetiva medida, tan nuestro y tan grande, tan linarense y tan del
pueblo. Hace bien el área de Cultura del Ayuntamiento de Linares,
potenciando y protegiendo las tarantas mineras y otros cantes libres,
que le dan, si cabe, más universalidad al universo inmaculado del
flamenco. Desde mi personal observación, el concurso ha crecido, hasta
convertirse en una oportunidad inmejorable para que todas las miradas se
posen en la ciudad, al darse cita las mejores voces y las más variadas
generaciones de cantaoras y cantaores, provenientes de toda España.
Sin duda, estas concurrencias artísticas auxilian exilios,
favorecen el culto a la cultura, asisten a crecer por dentro. Son tan
saludables al alma como las olivas al corazón. Por ello, apuesto porque
existan menos poderes y más alientos a la esperanza, menos influencias
adineradas y más confluencias hermanadas,
menos listas tontas y más sapiencia en el cultivo de hacer y dejar
hacer, de amar y dejar amar lo que uno es y ha sido. Quien suscribe,
desde luego, se queda con los flamencos a tragarse sus quejíos del alma,
antes que con el gozo de los vicios vacíos de los influyentes. Los
espíritus vulgares del glamour carecen de horizonte, por muy en el
pedestal que se suban.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -