ALGO
MÁS QUE PALABRAS
LENGUAS RELEGADAS
07-08-04
Se
dice que el habla es lo mejor y también lo peor que poseemos. Nuestro
refranero así lo sentencia: La lengua no tiene hueso, pero corta lo más
grueso. Lo que viene a decir, que las palabras pueden ser tan hirientes
como el mejor cuchillo. Ciertamente, una vez sembradas, tanto por el mar
del aire como por el cielo del papel, a través de sus variados canales,
toman vida propia al igual que una planta. Una existencia que
radiografía nuestra manera de pensar y decir, de ser y actuar. Son
latidos que forman parte de nosotros. Por eso, estimo vital, proteger y
cuidar el aroma de los distintos lenguajes, sus tonos y timbres, las
locuciones y jergas, los idiomas y semblantes, el habla y los
dialectos, los dejes y los dichos. Es una forma de comprender otros
abecedarios, otras formas de sentir, para en el fondo entenderse.
Ya se sabe que la palabra nos distingue y diferencia. La
idioma de cada cual nos revela estilos variados, estremecimientos
diversos y sensaciones distintas. Por desgracia, estudios recientes nos
alertan sobre el ocaso de algunos lenguajes. Dicen que más del sesenta
por ciento de los idiomas hablados en todo el mundo corren peligro de
desaparecer. Ante la funesta situación, pienso que al igual que se
salvaguarda el patrimonio histórico, también debiéramos amparar las
tradicionales formas de comunicación humana. Somos pura expresión. A
sabiendas de que toda lengua es un mar, en la cual viven olas y alas,
horizontes y universos, los labios del que habla, convendría poner a
salvo las sílabas del pensamiento injertadas en las lenguas maternas.
Habría que impulsar sistemas de educación multilingües,
sobre todo la de aquellos lenguajes que tienden a desaparecer, para no
perder identidades que nos enraízan. A partir del momento en que se
cultiva la palabra, brota el temple humano, en un mundo que es de todos.
Ninguna voz debe excluirse. Cada día es más creciente el cauce
migratorio, lo que conlleva el germen de una sociedad plural, que nos
exige poner el acento en las semejanzas, sin negar las diferencias,
entre las que suele estar el idioma. Quizás no sea tan saludable para la
vida en convivencia, adaptarse a todo, a la lengua predominante en la
que uno vive, perdiendo así importancia las jergas en la que uno fue
creciendo. Abrir el árbol genealógico de los lenguajes, lenguas y
hablas, nos enriquece. Estoy convencido de ello. Por el contrario, poner
límites al mundo, acotando lenguajes, es como achicarse y empobrecerse.
Téngase presente –diría el poeta- que todas las voces son como la
lluvia, que a fuerza de empapar, acaban haciendo germinar a la rosa.
Coincido con los lingüistas que sostienen la idea de que
hay que hablar tres lenguas: una materna, otra de vecindad y una
internacional. Cuántas más mejor. Todos los signos y señales contribuyen
a la edificación de un mundo mejor cultivado, y por ende, más humano.
Todas las semánticas, fonologías, morfologías y sintaxis ayudan a
conocerse. Si orador es aquel que dice lo que piensa y siente lo que
dice, hace falta una legión de ellos para que la comprensión nos
alcance. Muchas guerras surgen por desavenencias absurdas y desatinos en
la conjugación de verbos y adjetivos sustantivados. A los hechos me
remito. Cada día se hace más extensivo el dicho de que para algunas
personas, hablar y ofender es lo mismo. Sus palabras levantan muros que
matan tanto como las bombas.
Volvamos a esas lenguas maternas, aquellas que como el
sol iluminan sin cesar, por muy minoritarias que sean, deben fomentarse
y tenerse en cuenta, para que la transición entre los distintos medios
(el educativo y el natural, por ejemplo) deje de ser algo traumático, y
confluya al acceso de todos los saberes. Sin duda, se debería propiciar
el uso de las lenguas madre en la educación desde la edad más temprana,
esa que nace con el primer sollozo del corazón humano. En este sentido,
también las últimas investigaciones demuestran claramente que la
enseñanza simultánea en la lengua oficial del país y la lengua materna
de los niños, contribuye a la obtención de mejores resultados escolares
y estimula su desarrollo cognitivo y su capacidad de aprendizaje.
Las otras lenguas, las de vecindad y mundología, son
igualmente necesarias para hermanarse. Todo ciudadano, que se precie de
serlo del mundo, ha de profundizar en las máximas posibles. Integrarse
en las lenguas, humaniza. Los que laboran lenguajes en los distintos
géneros literarios o artísticos, o el pueblo mismo que crece en
diálogos, harán bien en avivar expresiones que nos renazcan y nos
renueven. El mundo ha de recoger, integrar todas las esencias íntimas de
la comunicación, los jugos y sabores de todos los tiempos y mundos, las
virtudes y bondades de las gentes con sus gestos, para que nadie se
encuentre en el destierro. Si del corazón a la vida van las palabras,
que ninguna quede en el camino, sin camino. La hospitalidad nos impulsa
a salir al encuentro del otro para acogerle y respetarle, incluida su
cultura y forma de vida. Por nuestra parte, hemos de ofrecerle lo que
somos y tenemos. Lo importante de todos los lenguajes, al fin y al cabo,
radica en la coherencia entre lo que sienten los labios del alma y lo
que escribe la mirada.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -