ALGO
MÁS QUE PALABRAS
LOS DIOSES DEL ÉXITO
10-07-04
De
un tiempo a esta parte, me preocupa la ordinariez de los dioses del
éxito. Nos creemos el ombligo del mundo, las personas más maravillosas y
el árbol más frondoso, en una arboleda más desacertada que acertada.
Considero que es uno de los grandes absurdos actuales, intentar hacer de
la vida una victoria, con los espolones de un gallo de pelea, sin
importar el brote de víctimas que se crucen en el camino. Hacer de las
victorias un trajín de superioridades, empequeñece y atrofia. Queremos
triunfar, algunas veces sin merecerlo, para escalar posesiones. La selva
de trepas es para temerle. El afán posesivo es su enfermedad. Les afana
el logro de alcanzar muchas cosas, aunque para ello tengan que tragar
con ruedas de molino, sapos como castillos. Les puede la hambruna de
bienes, epidemia que acrecienta el mercado de vidas humanas, siendo la
nueva esclavitud que nos ronda y rueda. Bajo este panorama desolador, la
tortura llega antes que la felicidad, porque en realidad el goce no está
en tenerlo todo o en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer
siempre lo que se hace o en tener lo necesario.
Los éxitos
actuales encierran pocos aciertos, más bien un montón de desaciertos,
calvarios, salidas de tono y entradas de soberbios y violentos al campo
de los días, que prosperan sin importarles los que fracasan por causa de
sus formas, de su manera de jugar sucio, sin escrúpulo alguno, con una
cara impresionante y un corazón de cemento. Sus atropellos y tropelías,
están a la orden de día, instigan batallas con tal de llevarse loncha.
Las moñas de dominios son malos hábitos. Ahí tienen esas mayorías
absolutas en política, donde prolifera la notoriedad para el personal
del partido de turno, en vez del interés por el bien social de toda la
ciudadanía, sea del bando que sea. En ocasiones, los dimes y diretes son
de una rudeza tan animal que roza lo irracional. Más de un político es
tan burro que merecería volver a la escuela y doctorarse en ser más
humano y caballero. Lo de señor ha perdido su verdadero significado.
Por contra,
se han olvidado otros éxitos, como el de la honradez, la laboriosidad,
la prudencia o la entrega incondicional de servicio a los demás. Tanto
las universidades como las instituciones culturales, o los propios
servidores de lo público, creo que tienen más que nunca la gran
responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de la
llamada incesante a la búsqueda de lo verdadero. Ya me dirán el ejemplo
que dan esos políticos que se acusan de mentirosos unos y otros, que
hablan por hablar o que por llevar la contraria dicen que los asnos
vuelan. Desde luego, para tener éxito hoy sobra el talento, sólo hace
falta echarle cinismo, descaro, desvergüenza, desfachatez, y tantos
otros aditamentos de frescura, clima que resulta desgarradamente
bochornoso. Los enganchados a la aureola del cuento como forma de vida,
reavivan como cucarachas, un ciento hace mil a la noche siguiente. Por
ello, pienso que ha llegado el tiempo de la acción, del entusiasmo, para
hacer que la verdad impregne el mayor de los éxitos que está por
conseguir, el de la autenticidad perdida, el de la belleza olvidada o el
del ingenio relegado.
A pesar de
tantos lavados triunfales, o conquistas ganadas, la sociedad se ha
vuelto más irrespirable que nunca. Aquí, entre tanto vividor cuyo éxito
se supedita a poseer a don dinero como compañero de viaje, la
zancadilla se comete con más frecuencia que en un campo de fútbol. En
consecuencia, sólo hay que mirar para ver, que al paso que la legión de
fracasados aumenta, el peso de torpezas diluvia. Lo que no entiendo es
que los éxitos verdaderos, los ganados a pulso, con tesón y sin trampas,
pasen desapercibidos. Es el caso de esos héroes anónimos que gastan su
tiempo en ayudar a los que nada tienen. O la de aquellos, que hacen de
sus vacaciones, un tiempo de solidaridad hacia los que nadie les tiende
una mano. Esos si que han ganado, para sí y para todos, el mayor de los
laureles, la satisfacción de arrimar el hombro, para que el mundo cambie
a mejor.
El afán de
superación, tanto en humanidad como en tolerancia, es lo que debiera
potenciarse. Aprovechando la ocasión que nos depara el turismo, bien
pudiéramos reparar entuertos, para entenderse y comprenderse en la
diferencia. Por desgracia, tampoco podemos hablar de una sociedad de
conquistas, porque realmente la pobreza sigue presente en cualquier
esquina. Esos dioses del éxito, que tanto nos deslumbran, apenas valen
nada. Prefiero la compañía de los marginados que se concentran en
núcleos urbanos principalmente, aunque tengan mala prensa. Suelen tener
mejor corazón que los triunfadores, salvo aquellos enganchados a vicios
y drogas, que ya no son ellos, para dolor de todos.
Desde
luego, nos hacen falta otros éxitos, que nos dejen ver los horizontes
claros. Ahora confundimos la uniformidad con la diversidad y bautizamos
el éxito con el símil del dinero. Lo refrenda el dicho: todo lo que no
produce, nada interesa. Cautiva ser un dios que todo lo sabe y maneja,
cuando la duda lleva al examen y el examen a la verdad. Claro, luego
pasa lo que pasa, que raramente el éxito tiene correspondencia con el
mérito. Así el ambiente, tan creído como cretino y tan altanero como
borrego, descontrola a cualquiera. Se hace necesario, pues, que cada
servidor pueda medir sus propias energías, que no se las midan, porque
ha de hallarse en su identidad. Olvidamos que el equilibrio interior es
la mayor de las ganancias, que lo gana cada cual con sus cada cuales, y
que es un éxito de amor seguro, porque quererse uno mismo es lo primero,
para querer a los demás.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -