ALGO
MÁS QUE PALABRAS
CULTIVAR EL VERANO
04-07-04
Es
bueno emplear el verano en cambiar de aires. Al fin, ha llegado el
estío, con toda su lección de bondades y biblioteca de holganzas. Ya me
gustaría que esa necesaria cultura, la del descanso, fuese disfrute para
todos. Es un tiempo, el del verano, tan higiénico como curativo. Hacer
un alto en el camino, detenerse ante las frenéticas idas y venidas,
vueltas y revueltas, pararse y ampararse en uno mismo, verse y revivirse
por dentro, llenarse y colmarse de tiempo para sí, ayuda a vivir y
convivir. Para no aburrirse, una receta barata, es ocupar el ocio en
divertimentos literarios, en vez de emborracharnos de consumiciones
banales que nos destruyen el pensamiento. Además de enviciarnos en
vicios, encandilarnos los ojos con sueños imposibles, hasta adueñarse de
nosotros como amos. La conocida televasura es un vivo ejemplo. Sin
embargo, la literatura, esa musa olvidada para desgracia del mundo y del
hombre, se ha dicho, es el “arte bello” que utiliza como instrumento la
palabra, tan necesaria para tolerarse y crecerse, tanto en salud mental
como en cívica.
En cultura andamos peor que con el
euro, no llegamos a ningún sitio. A pesar de tantas ventanillas, de
inútiles zánganos, puesto que una cultura que no cultiva a todos los
ciudadanos, capaz de posibilitar sólo el acceso y disfrute a unos pocos,
para nada sirve. Considero una gran confusión potenciar este tipo de
festines, como esos “magnos acontecimientos”, donde se lucen unos pocos,
a veces los menos cultivados, a los que van distinguidos figurines que
se renombran intelectuales. Actos que nos valen un riñón y parte del
otro, y cuya relación entre inversión y rentabilidad social, es
sumamente escasa. Para mí que habrá que mirar de nuevo en la línea de
lo que fueron los cines de verano, los teatros de plaza, los circos de
barrio, los juglares de pueblo, las tertulias de terraza, las
universidades populares, los creadores a pie de calle y el pueblo
alrededor. También los medios de comunicación, a mi juicio, debieran
prestar más atención a este tipo de encuentros populares, que aunque
pocos algunos hay, antes que a inventos grandilocuentes, importados y
frívolos. Los actos hechos por el pueblo y para el pueblo, a los que
acuden todos los vecinos y convecinos, apenas cuentan con la difusión
debida.
Toda esta serie de factores provoca
un desinterés ciudadano y un regocijo de poderes, porque ya no hay
pensadores que ejerzan la conciencia crítica. Hay vividores que lo
tragan todo, a cambio de unos euros, una comilona, o un viaje.
Consecuencia de todo ello, es la pasividad total, ausencia de debates,
creciente insensibilidad por las raíces culturales, falta de ideas y de
valores. Pienso que, para que el flujo de ideas retorne al verdadero
cultivo de la autenticidad, de la belleza y del ingenio; se precisa
volver a la genialidad de las palabras que tan hondo cultivaron
creadores del lenguaje. Lo ha dicho el actor Héctor Alterio, “no estamos
librando una batalla con metralletas, ni estamos diciendo los malos al
paredón y los buenos a trabajar al campo, no, tenemos la palabra y lo
único que podemos hacer con ella es alertar”. Los avisos del teatro,
como otro arte cualquiera, cuando nace de la verdad, levantan la mente a
generosas aspiraciones, complace la mirada y el horizonte del verso se
empapa en el alma. La poesía siempre nos aviva como el amor siempre nos
resucita.
Ciertamente, la literatura, nos pone
en guardia y nos universaliza. Sólo nos damos cuenta del valor de las
palabras cuando bebemos un buen libro, escuchamos una verdadera voz o
nos adentramos en el abecedario del color. La lengua es lo más níveo
para entenderse. Somos expresión pura. Que se lo digan al beso. La vida,
vivida así, en el ocio y no en la ociosidad, en el trabajo y no en la
esclavitud, es un viaje de pensamientos, una peregrinación con sentido,
un caminar gozoso. De lo contrario, consumir el tiempo sin libertades,
sin percatarnos del entorno en el que vivimos, es un absurdo que no vale
la pena perder un minuto bajo su sombra.
Si la lectura es a la razón lo que
el verano a las acampadas, tiempo de encuentros y alivios, propongo un
suma y sigue. Tomarse una ración de libros (antorcha del pensamiento/ y
manantial de amor), beberse un racimo de paseos, (los andares en la
juventud son una parte de la educación y en la vejez una parte de la
experiencia) y embobarse de miradas al cielo. Será un cultivo
inolvidable. Ganaremos capital moral, que es lo que hace a una persona
buena como ser humano, y perderemos caudal de intereses individualistas,
centrado en la adquisición de cosas, sobre todo en ladrillo que es donde
más se puede especular. Hoy por hoy, nada importa la zancadilla al
contrario, ni subyugarnos al yugo del servilismo, con tal de aumentar
activos mercantiles antes que activos de corazón. Qué gran torpeza.
Con este panorama de negocios,
cautivarse de la belleza suena a rancio, es agua pasada que no mueve
molino. Y así, las nuevas generaciones, por más que nos vendan que les
entusiasma el arte y las letras, les importa un rábano. Claro, siguiendo
los gustos y los gestos de sus clientes, tampoco las agencias de turismo
ofertan viajes culturales, sino placenteros, aunque sean de lo más
cansinos por la aglomeración de físicos, llevados de acá para allá como
borregos. Es cierto que, a veces el cuerpo, o el alma más que el cuerpo,
nos piden otras soledades y otros silencios, pero fieles al refranero
español, hacemos lo de Vicente, vamos donde va toda la gente.
Seguramente, si prestásemos más atención en oírnos por dentro, acaso
buscaríamos cielos más claros, donde cargar pilas. La imposición de
costumbres, como de leyes, más que ponernos a salvo, nos meten en la
selva del codo con codo, sombrilla con sombrilla, enjambre con enjambre.
En cualquier caso, siempre hay una salve que cantar: mientras vivas,
vive; pero respeta, para que te respeten.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -