ALGO
MÁS QUE PALABRAS
EL IDEAL QUIJOTESCO
COMO IDENTIDAD
13-06-04
El
soñador don Quijote siempre estuvo entre nosotros, acompañado de su
práctico escudero Sancho; ambos caballeros andantes enraizados a nuestra
cultura más honda. Tanto es así, que son parte nuestra, los llevamos
consigo, como si fuesen de la familia. Todos estamos representados en
sus almas, en el pensamiento célebre que nos ha donado, para pensar
profundo y soñar alto. Bienvenidos, pues, los cultos de aniversario. Un
tipo universalista y errante como él, después de su IV Centenario de
vida, merece bautismo de recuerdos, confirmación de memorias, penitencia
de impenitente, mesa de brindis, y hasta unción devota, por saber
retirarse a tiempo de batallas inútiles, confesando al confesor: “No
huye el que se retira; por que has de saber, amigo Sancho, que me he
retirado, no huido; y en esto he imitado a muchos valientes, que se han
guardado para tiempos mejores, y de esto están las historias llenas”.
Nuestro don Quijote de la Mancha es
patrimonio universal y hacienda de valores, referente y referencia, de
todo tiempo y para todas las edades; obra emblemática de la literatura y
uno de los textos más traducidos en el mundo. A su lado, se descubre la
verdad, el valor en su medida, la esperanza trascendente, porque
el hombre es el único ser que posee
historia y que la hace con sus lances y deslices. El famoso hidalgo,
de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo
corredor, se lanzó en busca de nuevos mundos y se armó de caballero,
para digerir todo tipo de sensaciones, tanto las mieles de las aventuras
como las hieles de las desventuras. Su vida es una creación continua y
una recreación de libertades. No se resigna a soportar una realidad
negativa, levanta vuelo a cada caída y prosigue el camino.
Hora es de decir, porque la justicia lo
pide, que don Quijote no se resigna a sufrir la historia. Se sabe
llamado a realizarla, a darle vida, injertando en ella la fuerza de su
corazón, que le hace capaz de dominar horizontes de españolidad. Esta actitud
del caballero de la triste figura, siempre activa ante la vida, demanda
todo tipo de resistencias estéticas, también la espiritual, a través de
sus trascendentes mensajes éticos. Sus movimientos fraternizan y sus
corrientes, lejos de atizar desaires, armonizan. Nadie queda excluido en
la obra cervantina. Tal insigne padre de la criatura, Cervantes, fusiona
lo culto y lo popular, desde una visión de encuentros y reencuentros, a
lomos de Rocinante, siempre dispuesto a “desfacer
agravios, enderezar entuertos y proteger doncellas”.
En todos
los ámbitos, suelen citarse a menudo frases lapidarias de Miguel de
Cervantes. Siempre ha estado vivo. Su ingenio, educa para toda la
eternidad, y su agudeza reeduca en perpetuidad. Don Quijote es una
persona agradecida, considera que “la ingratitud es hija de la
soberbia”. La enseñanza no puede venir más a dedo para los tiempos
presentes. Hacen falta un batallón de personas honradas y rectas,
capaces de reconocer humildemente todo el patrimonio de bien que ha
recibido cada cual, poniéndolo a disposición de los demás. Ciertamente,
los tiempos que vivimos no favorecen a darse sin letra de cambio. La
atmósfera del capitalismo que nos domina, con su viento de esclavitud,
es tan ancha como la Castilla que vio el justo don Quijote. Su laberinto
de injusticias ha aportado grandes beneficios a unos y pobreza a otros.
Nos ha endemoniado el ansia del dinero cual víboras rastreras. El hombre
postmoderno necesita de un idealista para retornar a la verdad y a los
valores, a la esperanza y a la lucha por ser persona.
La
doctrina del Quijote, más que adoctrinar, adiestra para la vida. Tampoco
ha perdido actualidad su instrucción. Necesitamos luchar por ideales
quijotescos, salvar al mundo de nuestras caídas, lejos de
nuestras cuitas, transformarlo en una rueda de gozos, goces de
libertades; y en un monte, manto de bondades. Quizás precisemos también
la furia del caballero, revolverse frente a los obstáculos, aunque nos
engañen las barreras y nos desengañen los hombres. El sentimiento de
rectitud de don Quijote en defensa de los débiles y contra los
poderosos, insta a un diálogo compartido para salir adelante, respetando
y valorando la pluralidad y la diferencia de culturas, pero tendiendo
siempre a unir, no a dividir; que el dividendo de la paz, es igual al
divisor del amor, por el cociente de la entrega, sin dejar resto alguno
para sí.
Donarse todo en todos, quita penas y no
parte. Por ello, aunar la dimensión cultural del evento con el
desarrollo sostenible de distintas regiones, de toda España, porque él
españolizaba, es como seguir los pasos del ingenioso trotador de
espacios. Desde luego, todos
llevamos algo de este ilustre tan querido, dispuesto a encauzar desde la
ecuanimidad el cauce de las sinrazones. Si ayer eran molinos de viento
los trepas en pie de guerra, hoy son potentes aspas de egoísmo,
imponentes torturadores e impertinentes charlatanes de feria, los que
nos acosan y acusan. Es menester, por consiguiente, que todas las
autoridades de todos los gobiernos, posean autoridad moral creíble, que
digan basta al hambre, a la guerra, a las mafias, a las grandes
corrupciones. Lo demás son pamplinas en vinagre.
Es cierto que don Quijote camina por la
piel de toro, está hecho de la misma epidermis, pero faltaríamos a la
verdad sino dijésemos que marcha más sólo que la una. Lee mucho y anda
más, muy pocos secundan sus ideales, alzan su valor, realzan su antorcha
de ideas, enaltecen su voz neutral, tan fuerte como un rompeolas y tan
amorosa como una ola. El IV Centenario -¡albricias!- invita a
acompañarle y a dejarnos acompañar.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -