ALGO
MÁS QUE PALABRAS
LIBROS PARA CURAR
06-06-04
Días
pasados acudí a la presentación de un libro que alivia y emociona,
alentador de espíritu y renovador de esperanza. Su autor, Ramón Ruiz
Conde, persona joven, con toda una historia por delante, nos descubre y
nos describe en “El paréntesis” (ediciones Osuna), sus vivencias íntimas
y sus pensamientos más profundos en un periodo de su vida en el que
irrumpe de forma inesperada un cáncer linfático (estadio IV). Casado y
con tres hijas (de cortas edades), se mostró agradecido a la vida, por
haberle dado la oportunidad de hacer un alto en el camino, encontrar un
sentido nuevo a la existencia, observarlo todo y reconciliarse consigo,
vivir sanamente la salud, la enfermedad, la curación y la misma muerte.
Si
la literatura le ha salvado, la familia ha sido esa compañía
insustituible, de la que tanto dice y cuenta en su diario de una
enfermedad horrenda. Al tiempo que el autor exponía la razón de ser del
libro, por cierto bellamente narrado, me fijaba en los gestos de su
esposa y en la inocencia de sus hijas. Todo lo decían sus ojos. Había
enfermado toda la estirpe. El padecimiento cambió planes (su hija en ese
año no pudo hacer la primera comunión, que tanto había deseado),
trastornó el ritmo de su vida, fue para todos una fuente de inquietud y
de dolor, de preocupación y de conflictos, de desajustes emocionales,
auténticamente plasmados en el libro. Sin embargo, la solidez de sus
lazos y la solidaridad en la casa, contribuyeron a madurar todavía más,
si cabe, la alianza entre todos ellos.
De
manera breve y concisa, Ramón Ruiz Conde, ha escrito un verdadero
manifiesto de lucha por la vida, lo hizo a golpe de corazón, bajo la
experiencia dura del dolor. “Con cada bolsa de tratamiento (yo lo
llamaba veneno) aparte de machacarme, me inyectaba ilusión, sentimiento
y amor por muchas cosas, que me sirvieron para hacer más llevadera toda
la historia, enriquecerme en valores y poner a prueba mi fortaleza,
tanto física como psíquica”. Desde el primer momento, cuenta el
autor del libro, que ha tenido una fe ciega en su total recuperación, se
ha sentido seguro y le ha plantado cara a la muerte. Ahí están sus
testimonios: “La vida es maravillosa y es cierto que no existe un
patrón de conducta que califique el grado de felicidad de cada
individuo, ni los acontecimientos universales que a cada ser humano
puedan hacerle feliz o desdichado. Yo creo que radica en tu interior y
que eres tú, y sólo tú, el que eliges cómo sentirte ante acontecimientos
exteriores. Pues bien, yo he encontrado una medicina paliativa del
sufrimiento y me atrevería a decir que, incluso, del dolor, se llama
ilusión”.
En
medio de una cultura, más de la muerte que de la vida, incapaz de
valorar la salud por encima de todo, que oculta y rechaza el dolor como
algo inútil y absurdo, no es fácil afrontar los sufrimientos que
ocasiona la enfermedad y vivirlos de manera sana y constructiva, como es
el caso de Ramón Ruiz Conde. Con periodicidad, más de la debida, el
mortal de este tiempo, más de ciencia que de conciencia, olvida lo que
es, piensa que es inmortal, y como consecuencia, no busca, ni admite
explicaciones alguna al sufrimiento. Se apoya ciegamente en las
posibilidades científicas, y pide: curación o eliminación. Resulta que,
a pesar de tantos planes educativos, todavía no hemos sido educados para
vivir y, menos aún, para asumir el sufrimiento. Pienso que se precisa
renovar ciertas actitudes y purificar lenguajes ante la angustia propia
o ajena. Actualmente, la resignación y la ofrenda del sufrimiento están,
cuando menos, de capa caída.
El
libro de Ramón Ruiz Conde nos invita a tomar el timón de la vida, a
escuchar más a los enfermos, pues ellos saben lo que es sufrir a la
desesperada y esperar a que un nuevo alba avive la fuerza del alma. El
que sufre tiene necesidad de modelos y ejemplos, de claves que le
reanimen. El autor del libro se ha sentido en buenas manos. Muestra
gratitud. Aunque, en ciertas ocasiones, dice: “me hubiese sido de
gran ayuda contar con un profesional al lado de mi cama para que
aliviara mi sufrimiento –o con una cama de hospital más íntima y algunas
cosas más-, pero no es menos cierto que lo que hubiese necesitado
realmente era no ponerme enfermo. Las cosas no son como uno quiere, sino
como se presentan”.
Por
desgracia, la deshumanización de nuestra sociedad se refleja también en
el campo sanitario: hay enfermos que se sienten tratados con frialdad,
de forma impersonal, como si fueran sólo un objeto o caso clínico
interesante; por otra parte, los que les asisten, sea cual fuere su
profesión, se sienten con frecuencia poco valorados, reconocidos y
estimulados en su quehacer. La medicina moderna, a veces deja de lado la
dimensión humana. Tratar humanamente al enfermo, en ese paréntesis de
luchas como es el caso del autor del libro, significa considerarle una
persona que sufre, en su cuerpo y en su espíritu, y ha de ser atendida
en su totalidad, es decir, en todas sus dimensiones y necesidades. El
que está enfermo necesita ser amado y reconocido, escuchado y
comprendido, acompañado siempre, abandonado nunca, ayudado en todo
momento, respetado y protegido. Bajo este paraguas salva sentimientos,
la Quimioterapia para Ramón Ruiz Conde, se convirtió por sí sola en un
rayo de esperanza disfrazada de oscuro sufrimiento. Su lección ha sido
grandiosa. Ahí está su libro para la eternidad. Nos cura y encara la
enfermedad. Nos ofrece la más nívea medicina para la fortaleza, su
donación misma; la que él nos hace a toda la humanidad.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -