ALGO
MÁS QUE PALABRAS
EL INTERÉS, POR EL INTERÉS
ECONÓMICO, NOS MATA
23-05-04
Las atmósferas de intereses económicos,
que nos rondan y ruedan como guindas salvavidas por las plazas de los
corazones, nos tapan hasta volvernos ciegos, con su tapia de goces a la
carta, incluso nos vuelven sordos, sin tacto alguno ante el contacto del
gusto por los latidos del verso que todos llevamos dentro, aquellos que
brotan del níveo horizonte del interés por lo humano, verdadero
atractivo de vida, del que somos pasotas declarados, como si la
existencia se pudiera comprar con dinero. ¡Qué difícil es ser humano en
un mundo que nos entierra de cosas! Sin embargo, las cosas del corazón
están de capa caída.
Se ha olvidado que el ser humano es un
niño en continuo, y como tal, necesita crecer hacia dentro. Hace días me
contaba José Montero Vives que llevaba algún tiempo leyendo y releyendo
el libro “Hojas paterno-escolares del Ave María, escrito por don Andrés
Manjón, en 1916. Esta obra, que ahora él ha reeditado, es el fruto
maduro de una larga experiencia –veintisiete años de brega en los
suburbios granadinos- en un ambiente, con frecuencia refractario a la
educación: analfabetismo muy extendido, falta de vivienda digna, malas
costumbres, fuerte inmoralidad, machismo arraigado, alcoholismo
frecuente, paro endémico y un largo etcétera. A pesar de todo eso, el
fundador de las Escuelas del Ave María, no se desanimó y escribió lo que
podemos llamar un tratado de educación familiar, con el deseo de ayudar
a los padres en la difícil tarea de llevar a buen término la educación
de los hijos.
Pienso que vale la pena –le decía a José
Montero Vives- recuperar las ideas allí expuestas por ser valiosas – los
pensamientos grandes, no se achican, se engrandecen con el tiempo- en un
mundo mercantilista, donde las personas en continuas situaciones, son
consideradas pura mercancía, puro negocio, endoso de compra y venta. Más
que nunca necesitamos criterios rectos para organizar debidamente la
familia, el universo de las relaciones humanas, la vida misma.
Desdeñamos a los grandes maestros, que no es otro que don ejemplo,
olvidamos que la educación se acuna desde la cuna y que hay que ejercer
la autoridad de padres con discreción, oportunidad y moderación; mandar
poco y bien, y lo bien mandado hacerlo cumplir con decisión y eficacia,
sin dejarse vencer por antojos, ni lágrimas.
Frente al volcán de disgregaciones
sufridas y demás violencias domésticas, donde ya no se rompen vajillas
-las cosas-, sino que se matan seres humanos, casi siempre la persona
más débil, la madre; todo ello, sumado al diluvio consumista, potenciado
por las grandes multinacionales, se me ocurre reivindicar saberes
perdidos, los que en otro tiempo ejemplarizó don Andrés Manjón, y que
por su hondura espiritual y humana, son medicina sana para toda la
eternidad. El fundador de las Escuelas del Ave María enjuicia duramente
a los padres que descuidan la educación de sus hijos, aquellos que el
matrimonio fue una aventura; la procreación, una conquista; el estado
conyugal, un negocio; el nacimiento de un hijo, un accidente de la vida;
la cría del mismo, una carga de quien le parió; la recría y educación,
función de ayos y maestros; la permanencia en el hogar, sólo a la hora
de comer y dormir... En esto, como en tantos valores de vida, hace
tiempo que hemos perdido el tren de la coherencia. Para desgracia, lo
educativo también lo hemos convertido, en interés por parte del político
de turno, y así España, se ha convertido en un laberinto educativo a
merced de intereses mercanti-partidistas.
Quizás alguien pueda pensar que me invade
el pesimismo. Si partimos de que la vida es lo que hacemos y lo que nos
pasa, las situaciones tan interesadas que soportamos, con más paciencia
que el santo Job, sobre todo las económicas, reconozco que me causan
pánico. Lo que nos sucede, bajo un clima de mercado sin corazón, clama
al cielo y nos reclama actuaciones aquí en la tierra. Es mi opinión,
claro está. Pero sumado a lo anterior, añada la pasión científica que se
ha puesto de moda, sin importarle para nada el alma de la persona, donde
investigar con células madre embrionarias significa apostar por un
criterio económico en vez de ético, por un juicio sin juicio, en el que
los fetos, ancianos y discapacitados, no cuentan para nada; porque su
coste de producción es nulo en una sociedad endemoniada por la
compraventa, que pretende anularnos como seres vivos pensantes.
Después de la lección que me dio este grupo de solidarios, ansiosos por
proveer de felicidad a un ser humano, sin pedir nada a cambio,
recapacitaba sobre el valor de su valor. Quizás todos nosotros,
debiéramos valorar más las múltiples formas de voluntariado, que
representan un factor de crecimiento y civilización. A posteriori me
enteré, lo frecuente que son estas intervenciones, de suplir o
anticiparse a las instituciones públicas. Con ellos, no hace falta
papeleo alguno. Les mueve una fuerza innata del corazón, el de ayudar a
todas las personas. Son como un sol de vida en la noche.
Motivado por la curiosidad de la entrega del tiempo, que tanto nos
escasea a todos hoy en día, perplejo por tanta donación sin recompensa
alguna, le sonsaqué al interlocutor sobre el ejercicio de su
voluntariado. Al tiempo, que no cesaba de preguntarme: ¿Les habré dado
tanta pena y compasión, que no han podido decirme que no? La duda quedó
salvada con su respuesta: “Aquí todos hemos decidido de forma libre,
por principios altruistas y solidarios, con motivaciones diversas,
actuar de forma organizada, sin recompensa externa, en situaciones de
interés general, con el objetivo de beneficiar, efectivamente, a otros,
directa o indirectamente. En este caso, a tu amigo, que le presentaremos
a nuestros amigos, y así pasaremos un día redondo en la playa”.
Desde ahora, y para siempre, pensaré que los voluntarios son los mejores
médicos del mundo, tienen la docta virtud de asistir y el docto encanto
de ayudar. No encuentro mejor nombramiento, que nombrarles titulados del
Doctor Alegría. Mi amigo ha rejuvenecido, vive de otra manera al saber
que podrá besar el mar con los ojos del corazón, abrazar sus olas,
respirar sus perfumes y acariciar sus melenas de aire. El mar es su
nueva vida, gracias al amor que ponen estos voluntarios; un amor
desconocido que, al conocerlo, es invencible.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -