ALGO
MÁS QUE PALABRAS
MAESTROS
DE NADA, DOCTORES DE TODO
08-05-05
Reiterativamente confunde la sociedad el modo de valorar a
ciertas personas, más por lo que son, que por lo que ofrecen; por su
influencia, status social o profesión que desarrollan. Olvidan las
buenas maneras de ser maestro, como es la de ser oyente de sí mismo. Los
hemos sobrevalorado tanto que son un auténtico peligro. Se creen dioses,
con derecho a todo y contra todos. Nos pierden y se pierden. Los
talentos del buen estilo, para que germinen en buen fondo y coherentes
formas de vida, no nacen, ni maduran de la visita a éste u otro centro
educativo o universidad reputada, entre otras cosas, porque faltan
maestros vocacionales y sobran funcionarios de educación, tampoco por la
práctica de unos preceptos más o menos determinados, sino del encuentro
consigo mismo. Es ese trato íntimo del ser humano con la vida, una
continua educación, donde cualquiera puede ser maestro del otro. No hace
falta titulación alguna, ni poder alguno, para enseñar a vivir desde el
amor. En parte, la mediocridad nos desborda, por los muchos doctores que
tenemos, maestros de nada.
Faltan ilustradores que eduquen, con su manera de actuar y
ser, para la vida. Decía Albert Guinon, que gracias a la instrucción hay
menos analfabetos y más imbéciles. Ciertamente, lo de saber más para
servir mejor, es como buscar una aguja en un pajar. Los tiempos, mucho
me temo, no van a mejorar, si seguimos denigrando a los verdaderos
mentores de la vida. Europa se afana en la unión política y económica, y
lo celebra por todo lo alto, pero nada parece decirle el sentido de lo
trascendente del ser humano, del individuo como tal. Para colmo de
males, lo educativo también divide a España, según el político de turno.
¡Qué bajo hemos caído! Porque si es bueno desarrollar profesionales para
ese mundo de los especialistas, antes de todo debe ser, lo de formar
ciudadanos para convivir y personas para amar.
Hemos relegado la verdadera instrucción, la del alma. A mi
juicio hay un culpable en todo esto, los maestros de la falsa
publicidad, que han priorizado el tener mucho para consumir más (el gran
negocio para las multinacionales), sin importarle el ser, con el que
juegan como si fuese un muñeco sin corazón, al que se le trata como un
producto más, como un símbolo sexual o una cosa a la que no se le
respeta en absoluto. Realmente, los publicistas, son hoy los grandes
maestros, con sus dotes de
persuasión,
modelan actitudes y comportamientos, a su antojo, haciendo ver que
cuanto más cosas tengamos en nuestro poder, mayor será nuestra felicidad
y satisfacción, lo cual es tan erróneo como frustrante, al ser una
víctima más, un incapacitado, el cual podrá tener todos los
conocimientos del mundo, pero que no supera la ética de los instintos,
que ya es decir.
Dice un proverbio
escocés, con el que me quedé prendado al verlo en la pared de una
escuela, que por buena que sea la cuna, mejor es la buena crianza. Tan
sólo desde la educación transmitida por los auténticos maestros, se
puede mejorar el clima de un vivir más en la alegría, con los valores de
siempre, los que no caducan, aquellos de los que hoy todos hablamos,
pero que no valen nada, porque los enseñantes (educadores, familia,
calle, televisión, Internet...), han perdido la visión
armónica del mundo y
de la vida humana, centrados en su aldea egoísta de ser el rey de la
selva, antes que constructores de vida en convivencia.
Por todo ello, es muy importante saber discernir los
maestros verdaderos de aquellos que no lo son, aunque así mismo se
nombren (o los nombren) como tales. Se distinguen los unos de los otros,
por el respeto a la capacidad de razonar de cada cual y la consideración
a su conciencia moral. Como refrendó Arturo Graf: Excelente maestro es
aquel que, enseñando poco, hace nacer en el alumno el gran deseo de
aprender. No es fácil alcanzar la sabiduría de la felicidad y sabiamente
repartirla, en un mundo tan competidor como plasta que aplasta a los más
débiles.
Y en este sentido, tenemos que cultivarnos en la nueva vida
de la globalización. Ahí está la manifestada preocupación de los obispos
españoles ante la libertad religiosa, el respeto a la vida humana, la
familia, y el derecho a la educación. En verdad, comparto al cien por
cien, su desvelo. Más que nunca, hace falta buscar maestros que nos
retornen a la esperanza de deleitarnos al ver un árbol en flor, a ser
señores de nuestro señorío compartido con los demás, y a ser libres, o
lo que es lo mismo, a no desear lo indeseable. Considero, pues, un buen
maestro –pongamos por caso- a Henri Lacordiare, cuando acotó tres cosas
que necesita el hombre para ser feliz: la bendición de Dios, libros y un
amigo. Buen comienzo para doctorarse y mejor para instruirse.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -