ALGO
MÁS QUE PALABRAS
SE
PRECISAN CULTIVADORES DE BELLEZA EN LA NUEVA NACIÓN EUROPEA
01-05-04
A la nueva territorialidad Europea que ahora nace, le falta
esa alma que transmite el auténtico cultivador de belleza. A mi juicio,
faltan jardineros capaces de comunicar la fascinación de unir pueblos,
vidas y costumbres. La ovación de brindis por el hermanamiento ha de
llevar consigo una renovación, más del corazón que de mercado. Es
preciso suscitar otras trascendencias y otros tronos, que nos tornen más
humanos. El continuo torno de intereses mercantiles, que tanto diluvia
actualmente, donde todo se compra y se vende, nos deja sin aliento para
respirar la vida en libertad. Está verificado, por la viva realidad, que
las riquezas de la tierra nos enriquecen de odio y nos empobrecen el
amor, porque amar para poder, es amar para sí mismo, no para los demás.
Una libertad que no consiste en ser una gran potencia
mercantil, sino en otra fuerza, más mística que física, aquella loada
por labradores de universos que nos abren sus horizontes de esperanza.
Es necesario forjar la nueva unidad, para que sea perenne,
en los valores
escritos en la naturaleza misma, en el corazón de esas gentes que,
aunque distintas, nos entronca idéntica existencia. En esa casa común
europea se requiere sembrar perdones y asombrar con incondicionales
entregas, cooperar a ser una familia de puertas abiertas y de cerrojos
quitados. Sólo así se ensanchan los territorios, desde la solidaridad,
que no se define, se demuestra.
A veces los hilos
del poder, nos dejan helados. Se apoderan a su antojo del ser humano.
Nos dejan sin los pétalos de la verdad y de la justicia. Todavía el bien
del individuo no se hace extensivo a todos. Eso nos comprime la
universalidad, nos exprime la paciencia, y nos imprime la furia. A los
marginados, se les margina y no se les emerge. Nada producen, nada
rentan, nada importan. A lo sumo, se hace negocio con su pobreza, para
quedar bien y ganar votos. Se les dona unas migajas de sobrantes del
capítulo social, siempre inferior al gasto de vida social, comilonas y
demás aditamentos inconfesables, que suelen hacer, con gran caradura,
los que ostentan influencias. Pienso que, aún existen demasiadas
opresiones y represiones, las de capital y las de interés, sombras que
nos ensombrecen los jardines del gozo en la Europa mejorada.
Por ello, a pesar de la alegría que nos transmite que
seamos más en la Unión Europa, sería saludable para una consolidación
más sólida, afianzar el cumplimiento de
los derechos
humanos, de los que tanto se parlotea en todos los foros. Por desgracia,
en ocasiones, sólo queda en palabras, en buenas intenciones. Ofrecer la
mano de la amistad, la ciencia de los hombres justos y la conciencia de
los hombres libres, el alma de las almas que dijo Lope de Vega, es una
buena manera de empezar a caminar juntos, –no lo niego, y de poder
pensar en voz alta, porque si el afecto es sincero, como debe serlo,
habrá estima y comprensión.
Crezca, pues,
Europa. Pero, sobre todo, ascienda como alma. Que los poetas canten al
amor de los amores, que los pintores pinten el color de los colores, que
los sabios limpien las rivalidades históricas, que los escultores y
arquitectos levanten firmamentos siderales, que los hombres dejen de
tener hambre, y que el viejo continente sea un solo corazón bajo el
reinado de la belleza, que lo es todo, el poema de la verdad, la pintura
de la honradez, la cátedra de la paz y el lenguaje de la tolerancia.
Así, lengua y habla, se funden en deseos luminosos. Iluminados en el
amor, emanan el verso de una Europa, tan fraterna como eterna. Lo que sí
debemos de atajar, son los ripios que nos repelen, el indiferentismo
ético o el individualismo, provenga de donde provenga, un arte cruel que
practican aquellos voceros sin entraña, que sólo ven a través del
bolsillo. Con sus acciones, nos parten y apartan de la beldad, del
deleite de la armonía, estética necesaria para vivir sin complejos, ni
acomplejados.
Se ha aplaudido
por todos, que la Unión Europea se acreciente, sin que suponga ninguna
amenaza a su singularidad, celebrando con todos los honores, la
diversidad multicultural. Lo de unidad en la diversidad, suena a poesía.
Ahora esas palabras hay que laborarlas, practicarlas, producirlas, para
que la elegancia que ha brotado de pensamientos, germine en paralelo a
la sensación de Kavafis, cuando dijo: “contemplé tanto la belleza, / que
mi vista le pertenece”. Es cierto. Nos place y nos complace la
hermosura. Ser una familia en familias, donde todos valen por lo que
son, no por lo que tienen. Lo malo es que la sociedad prosiga mirando
hacia el lado del egoísmo y de la prepotencia. En vista de lo visto,
demando maestros que transmitan la belleza de la alianza, que eduquen
abriendo mentalidades comprensivas, quitando fronteras que nos
enfrentan.
La Europa
rejuvenecida de su envejecimiento, demanda, por muchos refrendos de
alegría que ahora se nos transmitan, una unidad más poética que
política, más servidora que servil, más de la persona que de la
mercadería, donde resplandezca el rostro de la bondad y el rastro de la
virtud. Ya se sabe, un tipo hermoso puede metérsenos por los ojos en un
momento determinado, pero un buen corazón nos da la vida para siempre. Y
eso, sí que es una verdadera gozada de regocijos.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -