ALGO
MÁS QUE PALABRAS
UN CENTRO QUE NOS
CONCENTRE
Si
para comprender la vida es necesario ascender al abecedario de la cruz y
descender a los versos del albor, también para alcanzar la paz se
precisa un centro que nos concentre y nos armonice el mundo. La
situación de avalanchas de terror que vive en estos momentos la
humanidad, la recrudescencia de los actos terroristas, el diluvio de
amenazas y chantajes, hace necesario una institución solvente que nos
alivie de tantos desórdenes mundiales, capaz de instaurar la armonía
bajo la cátedra del diálogo más respetuoso. Para retornar a ese orden
natural que es la vida, se requiere abrigarse de comprensión y
comprender, antes que de represión y reprender. Se predica con el
ejemplo y se ejemplariza con el perdón. También las resoluciones de paz
se alcanzarán antes, si en vez de emplear la fuerza de las armas, se
utiliza la del corazón, aquella de donarnos a convivir y a vivir con el
enemigo, hasta volverlo amigo y devolverlo hermano.
Todas las naciones unidas han de unirse en
que la vida y el valor de la persona humana, es lo más grande que
poseemos; porque las vidas en la vida valen lo mismo, lo valen todo,
forman y conforman esa parte del universo que nos universaliza y
engrandece. Las incertidumbres que soportan algunos seres humanos,
desestabilizan nuestra existencia, que no se concreta en la
singularidad, sino en el pluralismo. Los aires de presión y de poder,
aprisionan y quitan libertades que el ser humano necesita para ser él
mismo. El flagelo de las dos guerras mundiales debiera hacernos
recapacitar y reafirmarnos en lo nefasto que son las acciones bélicas.
Una institución reformadora y aglutinadora de todas las naciones del
mundo, sería un buen refuerzo para que los derechos fundamentales se
salvaguardaran por encima de doquier controversia. Debieran ser como
latidos de verso que versan nuestros nombres, los del alma. Nadie tiene
derecho a sesgar vidas humanas como si fueran nada. Nos producen
inquietud y alarma, dejándonos sin palabras, helados por dentro y
acalorados por fuera.
En ese gran centro universalista, que
debiéramos plantar e implantar con urgencia a mi manera de ver, capaz de
concentrar los pensamientos y culturas de todos los humanos, como si
fuese una casa común para poner en orden el sentido de dignidades,
igualdades y justicias, todas las naciones, vinculadas al igual que una
familia al bien de todos sus miembros, deben tender hacia una conciencia
de respeto a toda vida. Los sucesos recientes nos refrendan que hay
personas fanáticas dispuestas a inmolarse con una cincha de explosivo
sus vidas y, otras vidas, a sus muertes. En vista de lo cual, resulta
perentorio y preciso, apiñarse, formar la gran familia de naciones bajo
el fondo sabio de la savia. Lo peor sería caer en el desánimo de la
sequedad y no sembrarle poesía al jugoso poema de la fortaleza
existencial. La mejor forma de mantenerse firme ante fundamentalistas y
guerreros, que han perdido su conciencia en batallas inútiles, es con el
testimonio de la alianza, que no es otra que la del enaltecimiento a ser
caminantes, con paso libre en la libre vida.
Está visto que, cuando un pueblo se
levanta fusionado en favor de una paz auténtica y la cooperación
internacional actúa cohesionada, se debilita el fuego y se enciende la
luz de la esperanza. Por desgracia, hoy por hoy, a pesar de tantos
gabinetes y organismos internacionales, nadie está a salvo en el mundo.
Esto es una ferocidad de tan alto calibre, que pone en bajura la misma
existencia del hombre; una vida que es comprada por dinero como antaño
la esclavitud. Resulta bochornoso que, a pesar de tantos avances y
descubrimientos, todavía nos pueda el caudal de la riqueza monetaria, el
que tantos males ha generado en todos los siglos. Está comprobado que
los grupos terroristas operan en el mismo mercado negro que el crimen
organizado y que una forma de enervarles sería persiguiendo aquellas
actividades que les generan ingresos.
De igual manera, quede claro que el clima
de terror desbordante sólo se le puede combatir desde el reconocimiento
del derecho de cada cual, bajo el denominador común, de la tolerancia a
todo ser humano. Reanudar los lazos de la paz, pues, desde un centro que
nos concentre a todos, es tan vital como reanimar tantos labios partidos
por el odio y la venganza, efecto de la escasez de amor y verdad en el
mundo. Por ello, necesitamos un inmaculado poder que marchite a don
dinero, un caudal de riqueza interior para una nueva tierra, más en el
amor de los unos para los otros, bajo el techo de un impoluto cielo,
celeste de latidos. ¡Cuánta frialdad inflamada nos inunda! ¡Cuánta
amargura nos amarga! ¡Cuántos crucificados en el camino! En todo caso,
velaremos por la vida mientras la vida nos avive.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -