ALGO
MÁS QUE PALABRAS
MI PANCARTA: CONSERVA
LA PAZ
Y LA PAZ TE CONSERVARÁ
A TI
Siempre
bajo el deseo de la paz y la armonía que no llega al mundo.
Persistentemente escribimos sobre la concordia, cuando antes del último
renglón, el desacuerdo nos alcanza, la conciliación que no responde. La
cuestión es que viven por nosotros. Estamos hipotecados de por vida a no
vivir en el silencio. Nos falta pureza de savia y sabiduría de alma.
Sobran impurezas de religiones y cultos. Andamos escasos de justicias y
rectitudes. Descuidados en el aseo de las manos limpias, de labios
honestos y conciencia recta, nos visita la intranquilidad. Por ello,
creo necesario persistir en la búsqueda del sosiego, sosegar las
fronteras con nuestras salves de amor, sin condiciones, y acondicionar
la tierra con una buena dosis de afecto. Lo sabemos, es la eterna
lección de historia a través de nuestra historia humana, la suprema
aspiración de toda persona, la de encontrar la paz y sentirse bien,
atmósfera que no puede darse si no se acata un mínimo de sentido común y
orden natural.
La paz no llega porque andamos contrarios
a su lenguaje. La hemos bautizado de sucedáneos, hasta prostituir su
auténtico sabor a integridad. Es cierto, todos hablamos de la paz, la
tenemos en la boca, pero no pasa por el corazón. Somos voceros de la
paz. Pero no crean que la paz es un amor imposible, es viable, hay que
poseerla y gustarse con ella, consigo mismo, para luego sembrarla en los
demás. Nadie puede dar lo que no tiene. El abecedario de las armas, y
todos los países están armados hasta los dientes, no debería ser una
forma de solucionar los problemas. Hoy más que nunca, siento la urgencia
de ponerle remedio a tanta brutalidad que recibo a cada paso que camino.
Lo han dicho, desde deportistas, (Raúl-capitán del Real Madrid: “la
mejor victoria sería vivir en un mundo sin violencia”), a millones de
personas que han pedido la derrota del terrorismo.
Promover la verdad como fuerza de la paz,
es un buen trabajo para encontrar el horizonte de la tranquilidad. Jamás
puede calmarnos la mentira. Cuidado, a veces llega solapadamente, y nos
acecha. Hemos de estar alerta, con los pies en la tierra y el corazón en
el cielo, ésta es mi convicción, porque la verdad fortalece la avenencia
desde dentro, y un clima de sinceridad más auténtico. No se puede
impulsar cultura contra la guerra –como leo en un periódico- convocando
marchas violentas. Si se debe suscitar personas libres en una sociedad
que propugna la libertad como una de sus valores superiores. Una
libertad que es herida, cuando las relaciones entre las personas se
abonan de odios y venganzas, sobre el derecho del más fuerte, sobre la
actitud de poderes dominantes y sobre improperios navajeros. La paz no
puede llegar, cuando el diálogo entre caminantes no es posible, y se
pretende rubricar alianzas a golpe de talón. Resulta asombroso que todo
se compre y se venda, cuando para ser más libre, lo único que hace falta
es ser consciente –de verdad- de las exigencias del bien común.
La paz del mundo depende, en cierto modo y
manera, del mejor conocimiento que tengamos los unos de los otros.
Pienso que necesitamos promotores de paz, que vivan en esa quietud del
verso más níveo, en un clima de respeto a los demás, sin distancia y con
acogida, a través de un espíritu desprendido, de acercarse a los valores
de las diferentes culturas. Se han perdido tantos diálogos y se han
ganado tantas guerras inútiles, por falta de intercambio de ideas, que
continua siendo un absurdo cerrarse en banda, no aceptar las diferencias
y especificidades de cada cual. El lenguaje del corazón es lo único que
puede curarnos de egoísmos y soberbias. Mediante sus latidos, poesía
pura, la persona se torna sensible a los valores eternos del bien, que
tanto nos enternecen; a la justicia, que tanto nos asegura en seguridad
jurídica; a la fraternidad, que tanto nos hermana en hermandad; a la
paz, que tanto nos engrandece como seres humanos.
El desconcierto y barahúnda que vive el
mundo actual, en parte, se debe a los desórdenes del corazón, que nos lo
han robado, cuando no maltratado e injuriado, violado por violencias
que nos matan la persona que llevamos dentro, la identidad de ser
ciudadanos de vida. Las vicisitudes históricas nos enseñan que la
cimentación de la unión en favor de la paz, no puede prescindir, pues,
del arquitecto de un orden, el nativo, paraíso que nos pacifica y
purifica. Propongo el cimiento del verso, con permiso del lector:
¡Bienhallados a la paz! ¡Bienhallados en la paz! ¡A la paz... y en la
paz... del mundo!
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -