ALGO
MÁS QUE PALABRAS
DIGNIDADES PERDIDAS EN
EL MUNDO OBRERO
Hace
unos días tuve la dicha de asistir a una conferencia preconizada por un
amplio colectivo de jóvenes graduados universitarios, dispuestos a
mostrar (y a demostrar) la urgente necesidad de recuperar la dignidad y
el sentido del trabajo y del trabajador. Entre la utopía, la mentira y
el bien posible, debatieron sobre tan importante derecho y deber, un
licenciado en Ciencias Políticas (Jesús García Alcántara), una directora
de servicios del Instituto de la Mujer (Carmen Olivares Olivares), un
Médico (José Eduardo Muñoz Negro) y un Ingeniero de Caminos Canales y
Puertos (Juan Carlos Rodríguez Vázquez). Todos ellos coincidían que el
trabajo se ha tornado en nuestras sociedades un bien escaso y precario,
una servidumbre más que un elemento de transformación social. Apostaban
por impulsar verdaderos y justos modelos políticos, sociales, económicos
y culturales, para que la democracia no se detenga a la entrada del
puesto de trabajo.
Realmente existe una
ruptura entre el trabajador y el trabajo que avanza vertiginosamente,
una realidad insegura y de futuro incierto, capaz de volvernos (y
envolvernos) como una máquina de producción y consumo. Con más coraza
que corazón. La situación, a veces, es de tan alto desespero que no hay
pastilla que nos suba el ánimo. Olvidamos que el trabajo humano ha de
ser tratado como humano (y hermano). El ser individuo, por el hecho de
ser persona, se nos impone como un ser que no tiene precio, sino
dignidad, cuestión que obvia el feroz capitalismo moderno, que camina a
sus anchas, como si nada, puesto que ha conseguido también aplanar la
conciencia organizativa, debilitando los sindicatos (la escasa
credibilidad del sindicalismo entre los trabajadores ha generado una
baja afiliación como nunca hemos tenido) y fortaleciendo la
insolidaridad.
Por desgracia para
todos, el capitalismo leonífero e inhumano que soportamos actualmente,
tan consumista que consume personas y las sume en la esclavitud más
tremebunda, ha convertido el trabajo en una pesada carga, más de
desencuentro que de encuentros, más de producción que de acción humana,
de competitividad que de desarrollo humano integral. La selva del
mercado de trabajo es un mercado de intereses, de autoritarismos y de
dedocracias. Desde la lógica (ilógica) capitalista el paro no tiene fin.
Sus raíces insolidarias no entienden de reparto de trabajo. Interesa que
existan pobres a los que callan con unas migajas de subvenciones. Es
aquí, cuando brota en mi interior, un significativo pensamiento: luchar
por una nueva forma de entender el trabajo y por un nuevo fondo de
valerse en la vida, que sitúe en el centro su valor humano, no su valor
monetario, sino su valía de ejercitarse en algo útil para los demás.
Todo lo contrario a lo que se hace.
El
colectivo de jóvenes graduados universitarios denunciaba que son uno de
los que con mayor crudeza sufre esta pérdida de dignidad del trabajo
humano, aunque también lo hacían extensivo a otros sectores, como los
inmigrantes o las mujeres. Podemos tener todas las legislaciones del
mundo, si después se incumplen con el ordeno y mando. Precisamente, las
bolsas de pobreza se acrecientan también como resultado de la violación
del trabajo humano; bien sea porque se limitan las posibilidades del
trabajo (regulaciones de empleo arbitrarias) o por el desprecio a
ciertas actividades laborales mediante salarios injustos. A pesar de que
se diga o se comente, de que todo va bien, cuando buceamos por los
extrarradios de las ciudades nos damos cuenta de la necesidad de adoptar
políticas en favor de los pobres, a los que se debería formar mejor y
ofrecer trabajos decentes, justamente remunerado, bajo las condiciones
de libertad, seguridad y dignidad humana.
Cuesta creer que más
de la mitad de la población del mundo no tiene protección social de
ningún género, por lo que la OIT ha lanzado una campaña para poner
remedio al problema. En España, que hoy por hoy sí la tenemos, en cuanto
a seguro de enfermedad, pensiones contributivas y prestaciones sociales,
precisamos potenciar nuevos tipos de relaciones laborales, donde se
comparta más el trabajo y se asegure el tiempo libre y la dedicación a
la familia. No es fácil para los trabajadores denunciar los muchos
abusos de sus patronos que se dan actualmente. Más pronto que tarde, les
dice: Esto es lo que hay, o lo tomas o lo dejas. Y uno se acuerda de las
muchas hipotecas que tiene que pagar al mes, de lo difícil que es
encontrar un nuevo trabajo, de las incomprensiones y del papeleo que
tiene que llevar a cabo para conseguir denunciar lo injusto, que opta
por oír, ver y callar, igual que en otro tiempo.
Esas fuerzas sociales
de trabajadores, más aletargadas que vivas, debieran considerar lo de
promover la solidaridad que educa en el compartir y crecer en conciencia
de fraternidad, para contrarrestar los humos de la indiferencia actual,
de la falta de compañerismo en el trabajo, hablando claro y hondo. No es
mejor calidad de vida el que tiene más para conseguir consumir más, sino
el que hace un mejor uso de lo que tiene. Está bien el propósito de
fomentar las oportunidades para que los hombres y las mujeres puedan
conseguir un trabajo decente y productivo, pero también es primordial
animar la conciencia social del mundo obrero, que a pesar de tantos
avances, continúa siendo la realidad más importante social. El mundo
obrero, que ya no es lo que era, puesto que está formado por quienes
trabajan legalmente o por los que tienen que hacerlo en la economía
ilegal o sumergida, ha perdido muchas dignidades. Fruto de esas
incomprensiones surge la generación de frustrados que han de ser guiados
durante toda su vida por psicólogos. Cada día son más los trabajadores
con una alta cualificación profesional que, o no tienen trabajo, o lo
tienen inestable y mal pagado. Todos estos desajustes, nos indican, la
carencia de valores que han de ser sometidos a un profundo y revulsivo
análisis tanto ético como moral.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -