ALGO
MÁS QUE PALABRAS
ENTRE DOS ORILLAS
El
mundo se mueve entre dos orillas, aquellos que lo tienen todo frente a
los que no tienen nada. O como escribe (y nos describe), nos canta y nos
cuenta, Julia Guerra, en su reciente libro de poesía, (“Dos orillas”-con
CD incluido-, en árabe y castellano) que tuve el honor de presentar en
la Fundación Euroárabe de Granada, en esa memoria fotográfica del verso
que tanto le conmueve (y le mueve), porque su obra es un testimonio
vital: “...La raza humana/siglo tras siglo/ ha trazado sus líneas
diferentes./ Dos orillas: Ricos y pobres. / Unos viven. / Los otros
sobreviven. / En medio/ tú y yo/ frente al Telediario”. Así es imposible
que seamos una sola familia de puertas abiertas, sin fronteras, ni
frentes, y que favorezcamos la unidad del ser humano.
Está visto que las orillas nos dividen. El
mundo no puede caminar a distintas velocidades, ni a distantes cauces.
Es preciso que los servicios sociales, socialicen; funcionen para los
pobres también, puesto que resulta imposible que la humanidad mejore su
bienestar si los más pobres no cuentan con acceso a servicios más
económicos (tienen menos poder adquisitivo) y de mejor calidad en las
áreas de salud, educación, agua, saneamiento y electricidad. Cuesta
entender que, en los países ricos, sigan existiendo esos polígonos
humillantes, donde todavía hay personas que viven en chabolas y niños
que no van a la escuela. Sin estas mejoras para todos los ciudadanos,
especialmente los más indigentes, que hay muchos entre nosotros, capaz
de garantizar la asistencia y prestaciones sociales suficientes ante
situaciones de necesidad, y sin una distribución de la renta, sí
hablamos de España, entre todas las Comunidades, tampoco se puede hablar
de progreso.
A
pesar de tantas ventanillas sociales, en ocasiones más políticas que
solidarias, las orillas existen más que nunca. Si nuestros dirigentes se
dedicaran más a trabajar y menos a subirse sus emolumentos, más a
cumplir las promesas y menos a tomar el pelo a la ciudadanía, seguro que
la riqueza sería más equitativa. El panorama actual no es muy halagüeño.
Son cada día más las familias que no llegan a final de mes, a pesar de
tantos eslóganes de protección social. También son más los que cada día
trabajan en precario, sin seguridad, ni promoción alguna. Tampoco se
fomenta educación del saber ser y estar, ni la sanitaria, ni la del
ocio, ni la del deporte, por dejar constancia de algunas. Con estos
nefastos poderes públicos que incumplen los más mínimos principios
rectores de la política social y económica, vamos para atrás, como la
tortuga. No así el político de turno, que casi siempre aumenta su
capital del uno por mil, con las excepciones debidas que son más bien
pocas. Nuestros políticos, y sálvese el que pueda, por lo general, son
caros y carotas, nada les dice esa muchedumbre de desconsolados, que
llenan las consultas de los psicólogos porque están hambrientos de que
no se les respete su dignidad y los más básicos derechos.
Ya han comenzado las ofertas
electoralistas. Son tantas como las rebajas. Pero, ¡ojo!, no le den gato
por liebre, prometiéndole el oro y el moro. Las apariencias engañan. Los
saldos de mercadería tienen un saldo más fiable que los panfletos
políticos. No se crean ni la mitad de lo que dicen. Ni de una parte, ni
de otra. Pasadas las elecciones, la decepción puede ser mayúscula,
cuando llame al mandatario de turno, al que ayer le comía a besos y hoy
ni se pone al teléfono. Se puede morir del susto al comprobar que todo
ha sido una farsa, y su prometido en solventarle los problemas, un
farsante. Otro gallo nos cantaría, si pidiéramos responsabilidad por
tanto engaño. Desde luego, sería saludable exigir lo que se promete.
Antaño teníamos el “puedo prometer y prometo”, y hoy tenemos el “puedo
decir y digo”.
Si la credibilidad de nuestros políticos
está bajo mínimos, no menos farragoso se encuentra nuestro desarrollo
constitucional. Para empezar, todavía no tenemos ni listas abiertas, que
rompan los caprichos antidemocráticos que utilizan, en su estructura
interna y funcionamientos, algunos partidos políticos. A nuestras
sagaces chicharras (y chicharros) les sobra altanería y les falta
generosidad. Son más charlatanes que personas de palabra. La voluntad de
consenso, imprescindible en política, brilla por su ausencia. El poder
es lo que más le puede. Todos proponen pero muy pocos disponen, sobre
todo en favor de los últimos. Olvidan proyectos globales y bien
definidos, por una orquesta de dimes y diretes, sin música posible, como
gallos torpes en corral. Seguimos con orillas de un lado y del otro. Se
precisa, para que las dos orillas se acerquen cada día más, volviendo al
verso de Julia Guerra, (una poeta con garra), un nuevo impulso que
genere ideas capaces de servir de aproximación entre todas las
culturas, las que existen y las que se nos vienen encima, y así,
recuperar la ilusión y la esperanza que hoy no tenemos.
Para la poeta, las olas se mueren de
tristeza de ver tantos cadáveres sin nombre que bailan al compás de la
sal, en húmedo silencio, y le desvela que el mundo viva en agudo ataque
de intransigencia y racismo. El drama de la inmigración está ahí. Llaman
a nuestra puerta y hemos de abrirla. De lo contrario, perderemos
humanidad y sosiego. Mi abuela tenía un consejo para calmar a los muchos
nietos que tenía, cuando apiñados queríamos ser los primeros a su lado.
Siempre decía: ¡haya paz! Y lo conseguía, obviando privilegios
injustos, sin quitarnos libertad alguna. Lograba que sus nietos lo
pasásemos todos bomba, sin ningún grito, tan solo favoreciendo y creando
una atmósfera adecuada. No es suficiente impedir la guerra y los
conflictos; es necesario también promover y generar condiciones que
garanticen plenamente los derechos fundamentales de todo ser humano.
Necesitamos, como agua de mayo, que las
dos orillas sean una unidad unida. Proponemos que los excluidos pasen a
ser incluidos. Disponemos que los hogares en precario, preconicen sus
miembros, el derecho a ser persona por derecho. Pedimos más conexión (en
amor) para la cohesión social. El amor es lo imparable. Porque hablar
de exclusión social, no es ya solamente el de desigualdades entre la
parte alta y baja de la escala social; sino también el de la distancia
entre márgenes, el desafecto al cuerpo social, al cual no se le permite
participar e implicarse como un ciudadano más. Los marginales no tienen
derecho a opinar. Les faltan siempre los papeles. No están censados en
casa alguna porque no tienen casa. Ante paisaje tan desigual, seguimos
bajo la misma letanía de las dos orillas: los ricos con los ricos y los
pobres con los pobres. ¡Qué pena de piña humana!
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -