ALGO
MÁS QUE PALABRAS
TIEMPO DE ENCUENTROS Y
PROMESAS
Tenemos
la oportunidad, en estos días de encuentros familiares, no exentos de
encontronazos sin querer, sobre todo en los grandes almacenes a la hora
de rebuscar cosas y pagar, de reencontrarse con los latidos del corazón
y de reconocerse más en la poesía que en el poder, en la luz que en la
sombra, en ese belén viviente que es la vida, a la que vestimos de
muerte con nuestros odios y venganzas. Necesitamos reavivarnos en el
amor, que todo lo purifica, enmendarnos a los valores y revalorizar al
ser humano por el hecho de serlo. Nos empobrecemos como una colilla
usada, cada vez que pisoteamos sus derechos y su libertad a pensar por
sí mismo. Pretender un pensamiento único es caminar contranatura. Cada
persona es un mundo y el mundo es un pañuelo no demasiado limpio, al que
habría que higienizar con el lenguaje del alma, que respeta a todas las
vidas, independientemente de la cultura, lengua y religión a la que
pertenezcan.
Ciertamente, es tiempo de reunirse y de
unirse a la vida. Esto fomenta integrarse y reintegrarse, lluvia que
viene al pelo para toda la humanidad, tan deshumanizada. Es momento
justo y necesario, ante tantas necedades, de recomponerse a vivir en
armonía y de oponerse a las guerras. En este surtidor de felicidades,
no tan felices para muchos, más de los debidos, porque la felicidad no
se compra ni se vende, lo más gozoso es donarse a todo ser vivo como un
niño, volverse el ángel que fuimos, seguir la estrella de la vida que
nos da vida. Para ello, el amor que hay que amar es el de la entrega, la
alegría que hay que compartir es la de la sencillez, el sacrificio que
hay que ofrecer es el de la luz; el alba en su albor que todo lo
apacigua, o lo que es lo mismo, el sosiego en la paz que, en la calma,
nada ni nadie se enfurece.
También es ocasión de sentirse y de
hallarse en el sentido de la vida. El exceso de consumismo en vez de
gozarnos, nos esclaviza. Las deudas nos atormentan. Los cargos son una
carga que nos impiden llegar a final de mes y hacer el mes sin
sobresaltos. Un libro de reciente publicación, «Trading Up: The New
American Luxury» (Gastar: el Nuevo Lujo Americano), observaba que la
gente está cada vez más dispuesta a pagar más dinero por lo que
consideran productos de marca. Ya no sólo queremos tener más, también
ser más en el status. ¡Qué torpeza!. Olvidamos que la clase y la
exclusividad es otra cosa que no casa con las cosas, es más una cuestión
de principios, de singularidades, de formas de ser y de actuar. Lo demás
es aborregarse, arruinarse y ser un títere al que le mueven los hilos.
Las diferencias las marcan, no las marcas, sino el sentido de ser uno
mismo en la decisión.
Bien es verdad, que cada día resulta más
difícil, ante tanto reclamo publicitario, no dejarse llevar por las
modas. Quizás si hubiese muchos jóvenes como el grupo musical Odres
Nuevos, comprometidos con los más pobres y desfavorecidos mediante la
oración, la música, el teatro, la solidaridad, la celebración y el
testimonio, otro gallo nos cantaría. Ellos pretenden vivir el
seguimiento de Jesús y su Evangelio cantando desde la fe, en diálogo con
la cultura actual, la realidad social y el pensamiento. Sus canciones
son pura reflexión. Lo refrendan su dos discos editados hasta el
momento; el primero de ellos se titula Líbrame de instalarme y el
segundo La urgencia de este tiempo. Aparte de que los beneficios
económicos, tanto del primer disco como del segundo, han sido para una
asociación de toxicómanos, merece la pena escuchar sus letras (más
baratas que las letras del banco), que son verdadera denuncia a los
falsos dioses y al crecimiento de la pobreza en el mundo.
Siempre es saludable juntarse, mejor
cogerse y acogerse, para que nadie se sienta solo entre tanta gente, ni
uno más en el montón de seres vivos. No sólo los responsables de los
pueblos, ciudades y países, son gentes importantes. El futuro se
construye entre todos. Nadie sobra en la mesa de la vida. El más humilde
entre los humildes puede contribuir a construir un porvenir de paz y de
confianza. Volvamos los ojos a la Navidad. Jesús no nació entre ricos,
sino en la pobreza de un pesebre. Tal vez hoy naciera debajo de un
puente, entre cartones y miradas de indiferencia. Sin duda, precisamos
creer en otro mundo y crear otras formas de vida más igualitarias y más
justas de justicia. Sería un buen propósito para la paz, por la que
tanto pedimos, pero que debemos hacer cada uno de nosotros, conciliando
acuerdos, reconciliando posturas e inventando vías, más de verdad y de
amor que de intereses.
Si fomentar los encuentros siempre nos
vivifica, cumplir las promesas que casi siempre nos hacemos por estas
fechas, es una buena manera de empezar el año. Tomando nota de lo que
dijo el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, de que hacen falta más
donantes para que la ayuda oficial al desarrollo llegue al 0.7% del
Producto Interno Bruto, se me ocurre pensar en que la Navidad del amor
fuese Navidad todo el año, que las noches fuesen todas noches
hermanadas, y que los días nos trajesen una luminaria de inversiones en
educación para la paz y en salud social para la sanación del mundo. Se
necesitan, pues, donantes más de amor que de señorío y más de alma que
de cuerpo. A pesar de tantas navidades vividas, el mundo tiene todavía
anhelo de ser cielo. Pienso en santa Teresa del Niño Jesús, ahora que
sus reliquias son misioneras del mundo, que con su “pequeño camino”
propuso el auténtico espíritu de la Navidad, la de la espera en la
esperanza, a la orgullosa conciencia moderna que todo lo mercantiliza,
hasta el amor. ¡Feliz Navidad!.
Víctor Corcoba Herrero
- Escritor -