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DIEZ DESEOS
Dicen
las estadísticas que la Navidad no es un momento placentero para muchos de
los habitantes del “occidente planetario”; que en vez de alegría provoca
tristeza en una gran parte de la población. Desconozco cuales pueden ser
las causas de este fenómeno; quizá la llegada del invierno o del verano
–dependiendo del hemisferio- y los consiguientes cambios atmosféricos;
quizá el recuerdo de los seres queridos que no están presentes o la
añoranza de la niñez perdida; o quizá un simple efecto de alteraciones
bioquímicas pasajeras en nuestros neurotransmisores y receptores de
serotonina, que la mayoría combate a expensas del “prozac” y otras drogas.
Probablemente un cóctel de todo lo anterior en los que sufrimos de
nostalgia entre la algarabía.
Así, que mientras unos disfrutan entre las luces de los árboles, belenes,
trineos voladores portadores de henchidos bonachones y Reyes Magos al
galope de camellos, otros padecemos cierto bloqueo afectivo durante estas
entrañables fiestas.
Como padre de una preciosidad de seis años no tengo opción: ella se lo
merece todo y no puedo más que intentar colmarla de felicidad aunque, a
veces, la sonrisa o la risa haya de ser una mueca forzada por las
circunstancias.
Los niños son tremendamente sabios. Ellos no saben mentir, ni herir a los
demás como nosotros. En su mirada se diluye todo lo negativo que vamos
aprendiendo en el transcurso de nuestra existencia y su sonrisa es la
mayor afrenta contra nuestra nesciencia. Ellos son los auténticos Reyes de
este festival anual y a ellos nos debemos, aunque tengamos que hacer de
tripas corazón.
Hay quien afirma que estos “renacuajos” son el proyecto de mujeres y de
hombres del mañana. Puede que estén en lo cierto, pero la niñez es el más
hermoso de nuestros estadios vitales y aquellos que dejan de ser niños del
todo mientras crecen, son tan sólo seres humanos mancados.
Como la Natividad es el recreo anual del nacimiento de un niño que cambió
el mundo hasta entonces conocido, tan sólo quiero dirigirle estas palabras
a todos los niños del mundo y, por ende, a los adultos que aún no han
dejado de serlo.
Diez deseos para mis niños:
1.- Que el rostro del hambre nunca palidezca vuestra vitalidad y que esta
lacra, organizada por los que os engendraron, muera con ellos.
2.- Que la salud os invada a todos, ahora y para siempre.
3.- Que vuestro llanto sea un reclamo de amor y nunca de desatención o
sufrimiento.
4.- Que vuestros juegos se conviertan en lo más importante de vuestra
existencia, porque con ellos aprenderéis a ser “grandotes” sanos.
5.- Que siempre tengáis a un Rey Mago que se acuerde de vosotros los 365
días del año. Él o ella no os traerán regalos, sino algo mucho más
importante, amor.
6.- Que podáis aprender a ser mayores sin dejar de ser niños.
7.- Que el primer verbo que aprendáis y padezcáis sea amor.
8.- Que nos regaléis con vuestra sonrisa, abrazos y besos, para que nunca
olvidemos que hace muy poquito éramos tan increíblemente perfectos como
vosotros.
9.- Que vuestra capacidad de amar sea siempre recompensada con creces.
10.- Que cuando seáis viejitos como nosotros y padres de otros seres
humanos, tengáis la fuerza y valentía de imitar a vuestros propios hijos y
de darle todo el amor del mundo, auque a vosotros no os lo dieran.
Artículo publicado
en:
Azahar (2003); núm.
2. Pp: 7
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