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NO
ES FÁCIL
No
es fácil acomodarse al devenir y ver las horas pasar, una tras otra,
aunque sea contemplando el más bello de los atardeceres mediterráneos. No
es fácil asumir el paso del tiempo, nuestro vano afán por reconciliarnos
con el mismo y sacarle tantísimos segundos, minutos y horas que ya
perdimos y que jamás reencontraremos.
No es fácil cumplir años mientras que el
Planeta Azul sigue girando sin que apenas nos percatemos. Durante ese
proceso cósmico vemos nacer entre nuestras sienes filamentos de plata y
las marcas de la sonrisa y de nuestro llanto ahora se fijan en el
rostro, como los surcos cuando se labora el campo para sembrarlo y recoger
después sus frutos, aunque la tierra siga encogida o dilatada ante las
inclemencias del tiempo.
No es fácil encontrarte con que ya no son
tus mayores los que te llaman la atención, sino que eres tú mismo el que
advierte de los propios errores cometidos; quien con uñas y dientes
defiende a su “camada”, como lo más preciado con lo que nos regaló el
cosmos; quien se convierte en padre sin dejar de ser hijo, aunque éstos,
en ocasiones, te decepcionen, como nosotros decepcionamos a nuestros
propios ancestros.
No es fácil crecer y ser compromisario de
todo aquello que realizas; protagonista de tu propia película donde
cometes los mismos errores y los mismos aciertos heredados, donde eres
cómplice de la experiencia adquirida, donde concluyes con la afirmación
soberbia de que otros tiempos fueron mejores, cuando todos los tiempos son
iguales y sólo nosotros los hacemos diferentes y distintos.
No es fácil ver crecer las canas sin
revolucionarte contra ellas, en el afán incongruente de retroceder en el
tiempo y el espacio, de retomar los caminos y sendas casi olvidadas en
nuestro recuerdo, de claudicar con honor a nuestra propia historia como
seres humanos en esta “bola de cristal” que nunca se anda quieta; de
retomar tanto tiempo perdido y tantas experiencias aprendidas ahora, que
nos hubieran sido tan útiles en otros tiempos.
No es fácil decirlo, pero nos vamos haciendo
“viejitos” en un espacio-tiempo que adora a la juventud y a todo aquello
que les sea fácil vender. Donde las ideologías suenan como quimeras
esperpénticas de los “carrozas” y eso de la “transmisión de experiencias”
parece casi una obscenidad manifiesta, precisamente en mundo donde nacimos
todos y que adolece más que nunca de esos valores universales por los que
hemos y seguimos luchando.
No es fácil, asumir que los más jóvenes te
critiquen, que aludan a nuestro periodo igualmente vitalista y henchido de
energía y que nos digan incapaces. Puede que tengan algo de razón, aunque
no me cabe duda que no toda, porque todos hemos partido de esos mismos
principios de solidaridad, fraternidad e igualdad. Lo más importante es
que somos muchísimos los que aún creemos en ellos y que en nuestra madurez
sigamos adoptándolos como una norma de conducta.
No es fácil, asumir que te llamen de “usted”
en vez de “tu”, que nos hallamos hecho mayores y que nuestros menores sean
más altos, más grandes y más hermosos que nosotros. Que nuestros hijos nos
superen en mucho, pero siempre existirá ese grado de experiencia que nos
hace diferentes, aunque próximos, ese privilegio que nace de lo
aprehendido y que tan sólo queremos comunicar.
No es fácil entender que la felicidad se
halla en encontrarnos con nuestros propios hijos, aquello con lo que nos
regaló el universo, en sus problemas diarios, en sus sonrisas y también en
sus llantos. En todo el tiempo que no les dedicamos abstraídos por el
quehacer diario, por el trabajo, por prioridades asumidas donde ellos, tan
sólo, son una parte y no un todo.
No es fácil asumir que esa felicidad precisa
de renunciar a un deseo casi patológico en nuestros días; tener, poseer,
acumular, liderar..., donde consumir, gastar y adquirir parecen algo
imprescindible, sin darnos cuenta que ya tenemos lo esencial sin ser
capaces de entenderlo, ni de disfrutarlo.
No es fácil continuar seguir siendo niños
cuando vemos a los nuestros crecer; jamás renunciar a la inocencia, a la
mirada siempre ávida de deseos por aprender y encontrar respuestas, a
entender de una vez por todas que los Reyes Magos existen y que tenemos
entre todos que ayudarles a cargar sus camellos con más ilusión, más
alegría y a quitarles el lastre de la decepción, las preocupaciones y la
arrogancia.
No es fácil ser padres, porque es el libro
que escribimos día a día, donde las desorientaciones y el desconcierto son
comunes; éstas son nuestras tareas de mayores, por las que tenemos que
luchar y las que nos han de animar a vivir. En este mundo de prioridades
contrapuestas que sean ellos, nuestros hijos, los que siempre ocupen por
encima de todo nuestra apuesta cotidiana por la vida y que su felicidad
sea reflejo de la nuestra, de ser capaces de dar lo mejor de nosotros
mismos a quienes más se lo merecen.
José Javier Matamala García
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